¿Hasta qué punto puede una persona mentirse a sí misma antes de que la verdad le estalle en la cara frente a todo el mundo?
Esa era la pregunta que retumbaba en la cabeza de Elena mientras sentía la presión firme, pero desesperada, de la mano de Iván sobre su brazo.
El pasillo de mármol de la mansión parecía haberse vuelto infinito, y el eco de la orquesta que tocaba en el gran salón se sentía como un ruido blanco, lejano y carente de sentido.
Ella intentó zafarse con una elegancia fingida, ajustándose el brazalete de diamantes que le pesaba más que su propia conciencia.
—Iván, suéltame ahora mismo —susurró ella, con la voz cargada de una frialdad que no sentía—. Hay cámaras, hay socios, hay gente que espera que salgamos a brindar por el éxito de la fusión.
Pero Iván no se movió; al contrario, dio un paso más, invadiendo ese espacio personal que ella había jurado proteger con muros de concreto y cláusulas legales.
El aroma de su perfume, una mezcla de madera y algo que olía a seguridad, la golpeó con la fuerza de un recuerdo que intentaba enterrar.
—Me importa un bledo la fusión, Elena —respondió él, con los ojos encendidos por una mezcla de rabia y algo mucho más profundo—. Me importa un bledo lo que piensen esos buitres que están ahí afuera bebiendo champaña a nuestra salud.
Elena miró hacia el salón, viendo las siluetas de la alta sociedad moviéndose como sombras chinas tras las puertas de cristal.
Ella siempre había sido la reina de la compostura, la mujer de hierro que negociaba millones sin pestañear.
Pero en ese rincón oscuro de la mansión, lejos de los flashes de los fotógrafos, su armadura estaba empezando a agrietarse.
—Tenemos un acuerdo, Iván —dijo ella, tratando de recuperar el control de su respiración—. Un acuerdo de negocios muy claro que firmamos hace seis meses ante notario.
—¿Un acuerdo? —Iván soltó una risa amarga que le dolió a Elena en el pecho—. ¿Eso es lo que vas a decirme ahora?
Él soltó su brazo, pero solo para colocar ambas manos en la pared, a cada lado de su cabeza, dejándola atrapada entre el frío mármol y el calor de su cuerpo.
Elena podía ver el pulso acelerado en el cuello de Iván, un detalle que delataba que él estaba tan afectado como ella.
—Tú sabes perfectamente que lo nuestro fue una estrategia para salvar la empresa de tu padre y mi reputación —continuó ella, aunque su voz ya no sonaba tan firme—. No confundas las cosas. No seas infantil.
Iván se acercó un poco más, tanto que Elena pudo sentir el calor de su aliento en la mejilla.
—¿Infantil? —preguntó él en un susurro—. ¿Es infantil darme cuenta de que me tiemblan las manos cada vez que entras a una habitación?
Elena desvió la mirada, buscando cualquier punto de fuga, pero solo encontró el reflejo de ambos en un espejo antiguo de marco dorado.
Se veían como la pareja perfecta: ella con su vestido de seda esmeralda y él con su esmoquin hecho a medida. Una imagen de poder y éxito.
Pero ella sabía que, detrás de esa imagen, había una mujer que se moría de miedo de admitir que ya no sabía dónde terminaba el contrato y dónde empezaba su vida real.
—Mírame, Elena —le exigió él con suavidad, pero con una autoridad que no admitía réplicas.
Ella se negó, apretando los labios y cerrando los ojos con fuerza, como si al hacerlo pudiera borrar la realidad.
—No voy a caer en esto —dijo ella, casi para sí misma—. No hoy, no en esta gala. Tenemos demasiado que perder.
Iván soltó un suspiro pesado, una mezcla de frustración y cansancio acumulado de meses de fingir frente al mundo.
—Ya lo hemos perdido todo si seguimos viviendo esta farsa —dijo él, bajando la voz—. ¿No te das cuenta de que este «teatro» nos está matando a los dos?
Elena sintió un nudo en la garganta que le impedía hablar, una presión que la asfixiaba más que el corsé de su vestido.
Recordó todas las veces que habían cenado juntos en silencio, fingiendo complicidad para los empleados, mientras en sus mentes gritaban cosas que no se atrevían a decir.
Recordó las miradas que se intercambiaban en las reuniones de junta directiva, donde sus ojos decían mucho más que los informes financieros que presentaban.
—Es solo un negocio, Iván —repitió ella, como si fuera un mantra que pudiera salvarla del abismo—. Es solo un maldito negocio.
Pero sus manos, que ahora buscaban apoyo en el pecho de él para empujarlo, la traicionaron al sentir el latido errático del corazón de Iván bajo la tela fina de su camisa.
Él no se movió ni un milímetro, y la tensión entre ellos se volvió tan espesa que el aire parecía faltar en aquel pasillo.
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