Si llegaste hasta aquí es porque, al igual que miles de personas, sentiste ese nudo en el estómago al ver la injusticia que estaba sufriendo Elena. Quédate, porque lo que sucedió después de que se cerrara la puerta de esa habitación te dejará sin palabras y te devolverá la fe en la justicia.
Elena sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. El frío mármol del pasillo de la mansión de los Alcázar parecía congelar sus huesos, pero nada comparado con la mirada de hielo de doña Beatriz. La mujer, impecablemente vestida con un traje sastre que costaba más que el sueldo de un año de Elena, sostenía el collar de plata entre sus dedos con un asco evidente.
—Es una lástima, Elena —dijo Beatriz, su voz arrastrando cada sílaba con una elegancia cruel—. Realmente pensé que eras diferente a las demás. Te abrí las puertas de mi hogar, te confié mis espacios más íntimos, ¿y así es como me pagas? ¿Robando una reliquia que ha estado en mi familia por generaciones?
Elena intentó hablar, pero el llanto le ahogaba las palabras. Sus manos, agrietadas por el uso constante de detergentes y el trabajo duro, temblaban sin control. Ella no era una ladrona. Ella era una joven que se levantaba a las cinco de la mañana para enviar cada centavo a su madre enferma en el pueblo. Ella era la que se quedaba hasta tarde abrillantando los cubiertos para que todo estuviera perfecto.
—Señora, por favor… se lo juro por lo más sagrado —logró articular Elena, con la voz quebrada—. Yo no puse eso ahí. Yo ni siquiera entré a su joyero ayer. Estuve toda la tarde limpiando los ventanales de la biblioteca, usted misma me dio la orden.
Beatriz soltó una risa seca, un sonido carente de cualquier rastro de humanidad. Se acercó a la joven, invadiendo su espacio personal con ese perfume caro que ahora a Elena le resultaba nauseabundo.
—¿Y pretendes que crea que el collar caminó solo hasta tu cuarto? ¿Que se metió debajo de tu almohada por arte de magia? —Beatriz levantó la joya, dejando que la luz de las lámparas de cristal hiciera brillar la plata—. Solo tú y yo tenemos acceso a mi habitación principal durante la limpieza. Yo no lo puse ahí. Por descarte, la culpable eres tú.
En ese momento, Marta, la ama de llaves y mano derecha de doña Beatriz, asomó la cabeza desde la cocina con una sonrisa de satisfacción que no se molestó en ocultar. Siempre había envidiado la juventud de Elena y la extraña amabilidad con la que el hijo de la casa, el joven Julián, la trataba.
—Es lo que pasa cuando uno mete gente muerta de hambre a casas decentes, señora —intervino Marta, atizando el fuego—. Yo siempre le dije que esta niña tenía la mirada larga. Se le veía en los ojos que quería lo que no era suyo.
Elena miró a Marta, sintiendo una puñalada de traición. Ella había ayudado a Marta con sus tareas pesadas cuando le dolía la espalda, le había compartido de su comida y la escuchaba quejarse durante horas. Ahora, la mujer se deleitaba con su caída.
—¡Miente! —gritó Elena, recuperando un poco de fuerza ante la indignación—. ¡Usted sabe que yo no hice esto! ¡Dígale a la señora que ayer estuvimos juntas en la lavandería!
Pero Marta simplemente se encogió de hombros y volvió a mirar a su jefa. Doña Beatriz suspiró, fingiendo una fatiga que no sentía. Estaba disfrutando el momento. Para ella, Elena no era un ser humano, sino un estorbo que debía ser eliminado de su vista, especialmente después de notar cómo su hijo Julián la miraba durante las cenas.
—No quiero más escándalos en mi casa —sentenció Beatriz con frialdad—. Recoge tus trapos y lárgate ahora mismo. Y da gracias a Dios que no llamo a la policía en este instante. Considera el collar como tu liquidación, porque no pienso darte ni un peso más.
—¡Pero señora, no puedo irme así! ¡Si me voy sin una recomendación y con esta mancha, nadie más me dará trabajo! —suplicó Elena, cayendo de rodillas. El pensamiento de su madre esperando el dinero para sus medicinas la desesperaba—. Por favor, revise las cámaras, haga algo, ¡yo soy inocente!
—En esta casa las cámaras del pasillo están en mantenimiento desde el lunes, qué conveniente que lo supieras, ¿verdad? —respondió Beatriz con un tono triunfal—. Ahora, vete. Antes de que pierda la poca paciencia que me queda y decida que la cárcel es un mejor lugar para ti.
Elena se cubrió el rostro con las manos, sollozando con una fuerza que le sacudía los hombros. Estaba sola. Estaba humillada. Y lo peor de todo, estaba siendo castigada por un crimen que no cometió. En ese pasillo de techos altos y lujos obscenos, la justicia parecía ser un concepto que solo aplicaba para los que tenían el apellido Alcázar.
Sin embargo, justo cuando Elena se disponía a levantarse para ir a recoger sus pocas pertenencias en una bolsa de basura, un sonido de pasos firmes resonó desde la gran escalera de caracol.
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