“Recoge tus trapos y lárgate de una vez, que aquí la única que manda ahora soy yo, y te estoy haciendo el favor de no lanzarte a la calle con la policía,” soltó Valeria con una sonrisa que destilaba un veneno destilado en ambición pura.
Doña Elena, sentada tras el pesado escritorio de roble que había pertenecido a su padre y al padre de su padre, no movió ni un solo músculo de su rostro, aunque por dentro un fuego antiguo comenzaba a arder en sus venas.
Valeria se paseaba por la oficina con el contoneo de quien se cree dueña del mundo, tocando las figuras de cristal y los libros antiguos con un desprecio que hacía que el aire en la habitación se sintiera pesado, casi irrespirable.
La joven, que no pasaba de los veinticinco años, vestía un conjunto de seda roja que contrastaba violentamente con la sobriedad del despacho y con la elegancia austera de la mujer que tenía enfrente.
“¿No me has oído, anciana? Tu tiempo en Los Olivos se terminó,” insistió Valeria, acercándose al escritorio y apoyando sus manos de uñas perfectamente pintadas sobre la madera noble. “Alberto ya no te quiere aquí; él necesita una mujer de verdad a su lado, alguien que sepa disfrutar de la fortuna y no una sombra que huele a tierra y a encierro.”
Doña Elena levantó la vista lentamente, sus ojos grises, profundos como pozos de sabiduría, se clavaron en los de la joven intrusa con una frialdad que habría hecho retroceder a cualquiera que tuviera un poco de sentido común.
Pero Valeria estaba cegada por el triunfo, convencida de que su belleza y la debilidad de Alberto por las faldas cortas le habían dado el trono que tanto había anhelado desde que llegó al pueblo.
“Dices que te has quedado con el dueño de la finca,” dijo Elena por fin, su voz era un susurro firme, sin un ápice de temblor, “y que por eso estas tierras ahora te pertenecen.”
Valeria soltó una carcajada estridente que resonó en las paredes de la oficina, una risa que pretendía humillar pero que solo resaltaba su ignorancia sobre la historia de aquellas paredes.
“¡Exacto! Alberto es el heredero, el gran patrón, y como yo soy su mujer, lo que es de él es mío,” exclamó la joven, inclinándose hacia delante para quedar cara a cara con la matriarca. “Así que deja de hacer esto difícil y vete a un asilo o a donde sea que las mujeres como tú terminan cuando ya no sirven para nada.”
En ese preciso instante, el silencio se apoderó de la habitación, un silencio cargado de electricidad, de décadas de sacrificio y de un respeto que Valeria no alcanzaba a comprender.
Sin decir una palabra más, Doña Elena se puso de pie con una parsimonia aterradora; su figura, aunque marcada por los años, emanaba una autoridad que parecía llenar cada rincón de la hacienda.
Valeria no tuvo tiempo ni de parpadear cuando la mano de la patrona, una mano que había trabajado la tierra y que conocía el peso de la responsabilidad, cruzó el aire con la fuerza de un rayo.
El impacto fue seco y contundente, un sonido que marcó el fin de la insolencia; Valeria cayó de rodillas contra el lateral del escritorio, llevándose la mano a la mejilla que ya empezaba a arder y a hincharse.
“Te falta mucho para entender lo que significa ser la dueña de algo, muchachita,” sentenció Elena, mientras abría un cajón secreto del escritorio con una llave que llevaba colgada al cuello.
La joven intrusa, con los ojos llenos de lágrimas de rabia y desconcierto, intentó levantarse, pero la mirada de la veterana la mantuvo anclada al suelo, presa de un miedo que nunca antes había sentido.
Doña Elena sacó un fajo de documentos amarillentos pero impecablemente cuidados y los azotó sobre la mesa, justo frente a los ojos de la mujer que pretendía destronarla.
“Mira bien estos papeles, si es que sabes leer algo más que las etiquetas de los vestidos que Alberto te compra con mi dinero,” dijo la patrona con un desprecio soberano.
Valeria, temblando, estiró la mano para tocar los documentos, sintiendo que el suelo bajo sus pies empezaba a desmoronarse antes de siquiera comprender la magnitud de su error.
Afuera, los peones y las empleadas de servicio se habían congregado cerca de la ventana abierta, escuchando con el corazón en un hilo el enfrentamiento que decidiría el destino de Los Olivos.
Todos sabían que Alberto era un hombre débil, un títere en manos de la joven, pero nadie se atrevía a imaginar que Doña Elena guardaba un as bajo la manga que cambiaría el juego para siempre.
La tensión en la oficina era tal que el tic-tac del reloj de pared parecía un martilleo constante, anunciando el juicio final para una ambición que no conocía límites.
Doña Elena se cruzó de brazos, esperando que la joven procesara lo que tenía ante sus ojos, mientras en su mente repasaba cada noche de insomnio y cada gota de sudor invertida en salvar esas tierras de la ruina.
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