Historias conmovedoras que Tocan el Alma
Justicia y Karma

El amargo sabor de la injusticia y la promesa del ángel de acero

«No se mueva, abuelo, déjeme ayudarlo que esos infelices no saben con quién se metieron», soltó el hombre de la motocicleta mientras apagaba el motor de su pesada fiera de acero.

Don Samuel no podía responder. Tenía el pecho apretado por un nudo de angustia que no lo dejaba respirar.

Sus manos, nudosas y marcadas por los años de trabajo duro en el campo, temblaban violentamente mientras intentaba recoger los restos de lo que, hacía apenas unos segundos, era un hermoso pastel de fresas y crema.

Era el pastel para el cumpleaños número siete de su nieta, Sarita.

Había ahorrado peso sobre peso, privándose de sus medicinas para la presión y de sus pequeños gustos, solo para ver la cara de felicidad de la niña.

Ahora, ese sueño estaba esparcido sobre el asfalto sucio, mezclado con el agua estancada de un charco que el lujoso Mercedes plateado había levantado con saña.

—Mire mi ropa, joven… mire el regalo de mi niña —sollozó el anciano, con la voz quebrada por la impotencia.

El agua sucia le empapaba la guayabera blanca que con tanto esmero había planchado esa mañana.

Pero lo que más le dolía no era la ropa, ni el golpe en la rodilla al caer, sino la risa.

Esa risa estridente y burlona que había escapado por la ventana del auto mientras aceleraban, dejándolo allí tirado como si fuera un estorbo en el camino.

El motociclista, un hombre de hombros anchos, barba espesa y brazos tatuados que respondía al nombre de Carlos, sintió que la sangre le hervía en las venas.

Él lo había visto todo.

Vio cómo el conductor del auto de lujo se percató de la presencia del anciano y, en lugar de frenar, intercambió una mirada cómplice con la mujer que lo acompañaba.

Vio cómo aceleraron a propósito, buscando el charco más profundo para impactar al abuelo.

—Tranquilo, Don Samuel, así me dijo que se llama, ¿verdad? —dijo Carlos, ayudándolo a ponerse de pie con una delicadeza que contrastaba con su apariencia ruda.

—Sí, joven… Samuel. No sé por qué hicieron eso. Yo solo quería cruzar la calle —respondió el anciano, limpiándose las lágrimas con el dorso de su mano sucia.

Carlos miró hacia la dirección en la que el Mercedes se había perdido. Sabía exactamente a dónde iban.

En este pueblo pequeño, un coche de ese calibre solo podía dirigirse a un lugar un sábado por la tarde: el Club Campestre de la zona alta.

—Don Samuel, escúcheme bien —dijo Carlos, mirándolo fijamente a los ojos—. Usted no se va a quedar así. Se lo juro por mi madre que está en el cielo.

El motociclista sacó un pañuelo de su chaqueta de cuero y comenzó a limpiar, lo mejor que pudo, el rostro del abuelo.

—Suba a mi moto. No me diga que no, por favor. Vamos a hacer una parada rápida y luego iremos a buscar lo que es suyo.

—Pero joven, ¿a dónde vamos? Yo tengo que ir con Sarita, ella me está esperando para soplar las velas… aunque ya no haya pastel —dijo Samuel con una tristeza que partía el alma.

—Usted confíe en mí. Vamos a conseguir un pastel mejor que ese. Y vamos a enseñarle a esos «niños ricos» que el respeto no se compra con una billetera gorda.

Carlos ayudó a Don Samuel a subir al asiento trasero de su Harley. El anciano, con miedo pero sintiendo una extraña seguridad al lado de ese gigante, se aferró a la cintura del motociclista.

El motor rugió de nuevo, pero esta vez no era un rugido de arrogancia, sino un grito de guerra silencioso.

Carlos sacó su teléfono y envió un mensaje rápido a un grupo de chat. El mensaje decía: «Código Rojo en el Campestre. Los espero en la entrada en 15 minutos. Traigan el orgullo y preparen las cámaras».

Mientras avanzaban por la carretera, el viento le secaba las lágrimas a Don Samuel, pero el dolor en su corazón seguía intacto.

Él no entendía de venganzas, solo entendía de amor. Pero Carlos… Carlos entendía de justicia.

El motociclista sabía que personas como las del Mercedes creían que el mundo les pertenecía y que los demás eran simplemente decorado para sus vidas perfectas.

«Hoy no», pensó Carlos mientras aceleraba. «Hoy van a aprender que la dignidad de un abuelo vale más que todo su oro».

Llegaron a una de las pastelerías más exclusivas del centro. Carlos entró con Don Samuel, quien se sentía fuera de lugar con su ropa manchada.

—Deme el pastel más grande y hermoso que tenga. El que sea digno de una princesa —ordenó Carlos al encargado.

—Pero señor, ya estamos cerrando y esos pasteles son por encargo… —empezó a decir el empleado.

Carlos no dijo una palabra. Simplemente se quitó las gafas de sol y lo miró. El empleado tragó saliva y fue a la parte trasera.

Minutos después, salía con una caja enorme, blanca y con lazos dorados.

—Aquí tiene, Don Samuel. Este es para Sarita. Pero ahora, tenemos una cita pendiente.

El anciano miraba la caja con asombro. Nunca en su vida había visto algo tan fino.

—Hijo, esto debe costar una fortuna, yo no puedo…

—Usted no va a pagar ni un centavo, abuelo. Lo van a pagar otros. Y créame, les va a salir muy caro.

Carlos acomodó el pastel con cuidado en el compartimento de la moto y emprendieron el viaje hacia la zona alta, donde las mansiones y el lujo escondían a menudo la falta de humanidad.

Al llegar a las cercanías del Club Campestre, Don Samuel vio algo que lo dejó boquiabierto.

A ambos lados del camino, estacionadas perfectamente, había al menos veinte motocicletas similares a la de Carlos.

Hombres y mujeres vestidos de cuero, con rostros serios pero decididos, esperaban en silencio.

—¿Son tus amigos, joven? —preguntó Samuel, con un hilo de voz.

—Somos una familia, Don Samuel. Y hoy, usted es parte de ella.

Carlos se detuvo frente al grupo. Los motociclistas se acercaron, saludando al abuelo con un respeto casi sagrado.

—¿Es él? —preguntó uno de ellos, un hombre con una cicatriz en la mejilla que sin embargo sonreía con ternura al ver al anciano.

—Es él. Y el auto es el Mercedes plateado, placas JX-400. Lorenzo Valenzuela va al volante.

—Sabemos quién es —dijo una mujer del grupo—. Su padre es el dueño de medio pueblo, pero el hijo es una basura humana. Está celebrando su compromiso hoy mismo en el salón principal.

Carlos sonrió con una frialdad que asustaría a cualquiera, pero a Don Samuel le dio esperanza.

—Perfecto. Entonces la fiesta apenas va a comenzar.

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