Historias conmovedoras que Tocan el Alma
Historias Millonarias

El contrato de las sombras: lo que Elena firmó no era su libertad, era su propia vida

Estás en la parte 2: la historia continúa con el momento de mayor peligro…

Elena se mantuvo inmóvil tras la cortina, sintiendo el roce del terciopelo contra su rostro sudoroso.

A través del estrecho espacio entre la tela y la pared, vio pasar a dos hombres de seguridad. Iban armados, pero sus movimientos eran discretos, casi elegantes, como todo en esa casa de horrores.

—El jefe dice que la quiere intacta —comentó uno de ellos en voz baja—. Si se resiste, usen el sedante. No podemos permitir que el estrés afecte el corazón. Es la pieza más valiosa.

El corazón de Elena dio un vuelco. No solo querían sus órganos, querían su corazón.

Aquel «hermano» del que hablaba Don Ricardo debía estar en las últimas, y ella era el sacrificio humano elegido para devolverle la vida.

Cuando los guardias doblaron la esquina, Elena salió de su escondite.

Sabía que no podía salir por la puerta principal. Su única opción era bajar al sótano, donde recordaba haber visto unas pequeñas ventanas de ventilación que daban al nivel del suelo en el jardín exterior.

Corrió descalza, para no hacer ruido con sus tacones, sintiendo el frío del mármol como un presagio de la mesa de operaciones.

Al llegar a las escaleras de servicio, se cruzó con una de las empleadas domésticas, una mujer mayor de ojos tristes llamada Martha.

Elena se detuvo en seco, lista para suplicar o para luchar.

Pero Martha no gritó. La miró con una mezcla de lástima y horror, y con un gesto rápido, le señaló una puerta pequeña debajo de la escalera.

—Vete por ahí, niña —susurró Martha con la voz quebrada—. Ese hombre ha hecho esto antes. No dejes que te atrapen.

—¿Antes? —Elena no podía creerlo.

—Han desaparecido otras. Chicas sin familia, chicas con deudas… —Martha se santiguó—. Corre, que Dios te proteja, porque en esta casa el diablo es el que manda.

Elena no necesitó que se lo dijera dos veces. Se escabulló por el pasadizo que Martha le indicó, un túnel de mantenimiento que conectaba con el área de lavandería en el sótano.

El olor a cloro y humedad inundó sus fosas nasales. Era un contraste violento con el lujo de las plantas superiores.

Allí abajo, la realidad de la familia de Don Ricardo se mostraba tal cual era: una maquinaria fría y eficiente.

De repente, escuchó el sonido de una sirena de ambulancia. Pero no era una sirena de emergencia pública. Era el sonido sordo y rítmico de un vehículo privado entrando en el garaje subterráneo.

Se asomó por una ventana interna y lo vio. Una furgoneta blanca, sin placas, de la que bajaban dos camilleros y un hombre vestido con bata de cirujano.

Don Ricardo bajó por el ascensor privado y se reunió con ellos.

—¿Todo listo, doctor Mendoza? —preguntó Ricardo, encendiendo un puro.

—Solo falta la paciente, señor —respondió el médico con una indiferencia que helaba la sangre—. El trasplante debe ser inmediato una vez que se realice la extracción. El receptor ya está en la sala contigua.

Elena sintió que el mundo le daba vueltas. El «receptor» estaba allí mismo.

Por una puerta lateral, vio cómo empujaban una camilla. Sobre ella, un hombre joven, pálido y conectado a varios monitores de vida.

Era el hijo de Don Ricardo, no su hermano. El hombre le había mentido incluso en eso.

Ricardo se acercó al joven en la camilla y le acarició la frente con una ternura retorcida.

—Ya casi, Julián. Mañana despertarás con un corazón nuevo, fuerte. Podrás hacer todo lo que siempre soñaste.

—Papá… —la voz del joven era apenas un susurro—. ¿Quién es el donante? ¿Es voluntario?

Ricardo sonrió de esa manera cínica que Elena nunca olvidaría.

—Es alguien que no valoraba su vida tanto como nosotros valoramos la tuya, hijo. Es un contrato legal. No te preocupes por los detalles.

Elena, escondida entre las sábanas blancas de la lavandería, sintió una rabia que superó a su miedo.

Aquel joven parecía inocente, pero su vida iba a ser comprada con el asesinato de otra persona.

En ese momento, el radio de uno de los camilleros chilló.

—¡La encontramos! Está en el área de lavandería. Cerquen las salidas.

Elena se dio cuenta de que no tenía salida. Los guardias estaban bajando por las escaleras y los hombres en el garaje estaban a solo unos metros de ella.

Miró a su alrededor. Solo había una opción. No era escapar, era confrontar.

Si iba a morir, no lo haría como una víctima silenciosa en una mesa de operaciones.

Agarró un pesado frasco de detergente industrial, de esos que contienen químicos corrosivos, y una pequeña navaja que había visto en una mesa de costura de Martha.

Cuando la puerta de la lavandería se abrió de golpe, Elena no retrocedió.

—¡Atrás! —gritó con una fuerza que no sabía que poseía—. ¡Si me tocan, juro que me clavo esto en el pecho y no les servirá de nada mi corazón!

Los guardias se detuvieron en seco. Don Ricardo y el doctor Mendoza se acercaron, atraídos por el escándalo.

Ricardo miró la navaja que Elena sostenía cerca de su propio esternón. Su rostro se transformó en una máscara de furia.

—No seas estúpida, Elena. Si te matas ahora, tu familia no recibirá ni un centavo y perderán todo. Firma o no, ese corazón me pertenece. Lo pagué con cada deuda que le perdoné a tu padre.

—¡Mi padre nunca aceptaría esto! —chilló Elena, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. ¡Usted es un monstruo!

—Soy un padre que salva a su hijo —rugió Ricardo—. ¡Atrapadla! Pero no dejen que se dañe el pecho.

Los guardias avanzaron. Elena apretó la navaja contra su piel. Estaba dispuesta a hacerlo. Estaba lista para terminar con todo antes de permitir que ese hombre se saliera con la suya.

Pero entonces, algo inesperado sucedió.

El joven en la camilla, Julián, que había estado observando la escena con ojos desorbitados, comenzó a toser violentamente. Los monitores empezaron a pitar con un ritmo errático.

—¡Se está descompensando! —gritó el doctor Mendoza—. ¡El estrés de la situación lo está matando! ¡Necesitamos sedar a la donante y empezar AHORA!

El caos se apoderó de la sala. Ricardo gritaba órdenes, el médico intentaba estabilizar a su hijo y los guardias se lanzaron sobre Elena.

Ella luchó, pateó y gritó, pero la superioridad física era evidente. Un golpe en la nuca la dejó aturdida.

Sintió cómo la levantaban y la colocaban en una superficie fría. El techo del sótano empezó a girar.

Lo último que vio antes de que una máscara de anestesia cubriera su rostro fue la mirada de Don Ricardo, cargada de un odio ancestral.

—Duérmete, mercancía —le susurró al oído—. Mañana serás solo un recuerdo y mi hijo será eterno.

Elena sintió el frío del gas entrando en sus pulmones. Su mente se hundió en una oscuridad total, mientras el sonido de los bisturís siendo preparados resonaba como un réquiem en el aire viciado del sótano.

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