Quince minutos después, el ascensor privado del Director General se abrió con un elegante tintineo. Alejandro Valderrama salió al lobby con paso firme, ajustándose el reloj de pulsera. Estaba ansioso. Rara vez se encontraba con alguien que tuviera esa chispa de dignidad que vio en los ojos de Elena en aquel semáforo.

Él sabía lo que era el hambre. Sabía lo que era que la gente te mirara a través de ti como si fueras invisible. Por eso, ver a Elena, vendiendo sus dulces con una sonrisa a pesar del calor sofocante, lo había conmovido profundamente. Quería darle la oportunidad que a él alguien le dio hace veinte años.

Al llegar a la recepción, Alejandro notó una atmósfera extrañamente festiva entre sus empleadas. Lorena y Sandra estaban cuchicheando y riendo, pero se enderezaron de inmediato al ver la imponente figura de su jefe.

—Buenos días, señor Valderrama —dijo Lorena, transformando su rostro en una máscara de profesionalismo y amabilidad fingida—. ¿Necesita algo?

—Buenos días. Estoy esperando a una joven. Le di mi tarjeta ayer y quedamos en que vendría a las ocho para una entrevista inicial. ¿Ha llegado alguien preguntando por mí?

Lorena y Sandra intercambiaron una mirada rápida, un código de silencio cargado de complicidad malvada. Lorena no parpadeó siquiera al soltar la mentira.

—No, señor Director. Por aquí no ha pasado absolutamente nadie en toda la mañana. Solo los proveedores de siempre.

Alejandro frunció el ceño. Consultó su reloj. Eran las ocho y veinte.

—¿Estás segura, Lorena? Es una muchacha joven, vestida formalmente… bueno, quizás con ropa sencilla, pero muy pulcra. Es imposible no verla.

—Le aseguro que no, jefe —intervino Sandra con una sonrisa cínica—. Hemos estado aquí pegadas al mostrador. Tal vez la chica se arrepintió. Usted sabe cómo es esa gente… a veces prefieren la vida fácil de la calle antes que la responsabilidad de un empleo serio. Seguramente solo quería sacarle un billete ayer y hoy le dio pereza venir.

Alejandro sintió una punzada de decepción en el pecho. ¿Se habría equivocado tanto con ella? No, había algo en su intuición que le decía que Elena no era así. Recordó cómo ella rechazó un billete de cien dólares que él intentó darle como limosna, diciéndole: «Prefiero ganármelo trabajando, señor».

—Es extraño —murmuró Alejandro para sí mismo—. Muy extraño.

Se dio la vuelta para regresar a su oficina, pero algo en el suelo llamó su atención. Cerca del cesto de basura lateral del mostrador, había un pequeño objeto blanco. Se agachó y lo recogió. Era su propia tarjeta personal. Estaba doblada en una esquina y tenía una huella digital marcada en polvo, como si alguien la hubiera apretado con fuerza antes de ser desechada.

El rostro de Alejandro se volvió de piedra. El aire en el lobby pareció enfriarse diez grados de golpe.

—Lorena… —dijo él, con una voz tan baja y peligrosa que las dos mujeres sintieron un escalofrío—. ¿Me dijiste que nadie vino?

—E-este… no, señor. Como le dije… —Lorena empezó a tartamudear, viendo cómo el jefe sostenía la tarjeta.

—¿Entonces por qué mi tarjeta personal, la que solo le doy a gente muy específica, está tirada aquí como si fuera basura? —Alejandro se acercó al mostrador, apoyando sus manos sobre el mármol y fijando su mirada en los ojos de la recepcionista.

—Ah… eso… —Sandra intentó intervenir—, debe ser que se le cayó a algún cliente ayer…

—¡Basta de mentiras! —rugió Alejandro, haciendo que varios empleados que pasaban por ahí se detuvieran en seco—. ¡Quiero ver las grabaciones de seguridad de los últimos treinta minutos ahora mismo!

El pánico se apoderó de Lorena. Sus manos empezaron a sudar.

—Señor, no es necesario, yo… yo puedo explicarlo… Verá, vino una mujer, pero se veía tan… fuera de lugar. Olía mal, señor. Sus zapatos daban vergüenza. Solo protegíamos la imagen de la empresa. Ella no encajaba aquí. La echamos para que no incomodara a los inversionistas que están por llegar.

Alejandro la miró con una mezcla de asco y tristeza.

—¿La echaron? ¿Llamaron a seguridad para sacar a una mujer a la que YO invité personalmente?

Sin decir una palabra más, Alejandro salió corriendo del edificio. Ignoró a su asistente que intentaba recordarle una reunión de junta directiva. Salió a la calle, desesperado, mirando en todas direcciones. El sol ya estaba en lo alto y el flujo de gente era intenso.

«No puede estar lejos», pensaba con el corazón latiendo a mil por hora. «Por favor, que no se haya ido».

Caminó media cuadra y, de repente, la vio. Estaba sentada en un banco de piedra, con los hombros caídos y la mirada perdida en el tráfico. Elena sostenía su pequeño bolso contra su pecho, como si fuera lo único que le quedaba en el mundo. Se veía tan pequeña, tan derrotada, que a Alejandro se le partió el alma.

Se acercó lentamente y se sentó a su lado. Elena no se dio cuenta al principio, sumida en su propio dolor.

—El azul te queda muy bien —dijo él con suavidad.

Elena dio un salto, asustada. Al ver que era él, sus ojos se llenaron de lágrimas nuevamente, pero esta vez de vergüenza.

—Señor Valderrama… lo siento mucho. Yo… yo intenté entrar, de verdad. Pero las señoras me dijeron que… que no era mi lugar. Tienen razón. Fui una tonta al creer que podía…

—Escúchame bien, Elena —la interrumpió Alejandro, tomándola de las manos con firmeza—. El único error aquí fue mío por permitir que personas con el alma podrida trabajen en mi empresa. Tú no hiciste nada malo. Viniste, cumpliste tu palabra y te enfrentaste a la peor cara de la humanidad con dignidad.

Elena lo miró, confundida. Alejandro se puso de pie y le ofreció la mano.

—Levántate. Vamos a volver a entrar. Y esta vez, el mundo entero sabrá quién eres.

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