El forcejeo fue breve pero violento. Los hombres de Julián le arrebataron el bolso a Elena y lo vaciaron en el suelo mugriento. Maquillaje, llaves y su teléfono celular cayeron entre la suciedad. Julián recogió el teléfono y lo estrelló contra el suelo con una furia ciega.

—¡Busquen en su coche! ¡Revisen cada rincón de su departamento! —gritó Julián a sus subordinados—. Si hay copias, las quiero todas quemadas antes del amanecer.

Elena fue arrastrada hacia una silla metálica en el centro del lugar. La ataron con brusquedad, las cuerdas quemando su piel. Julián se paseaba frente a ella como un depredador acechando a su presa.

—Me duele hacerte esto, Elena. De verdad me duele —dijo él, aunque su rostro no mostraba ni una pizca de remordimiento—. Pero papá nos enseñó que el legado es sagrado. No permitiré que lo destruyas con tus delirios de justicia.

—¡Es tráfico de personas, Julián! —gritó Elena, su voz resonando en las vigas del techo—. ¡No eran solo negocios! Vi los nombres, vi las edades… ¡Había niños en esas listas! ¿Cómo puedes dormir por las noches?

Julián se detuvo y la miró fijamente. Por un segundo, Elena creyó ver una chispa de duda en sus ojos, un rastro del hermano que solía protegerla de los monstruos debajo de la cama. Pero la chispa se apagó tan rápido como apareció.

—El mundo es un lugar cruel, Elena. Si no eres el que pisa, eres al que pisan. Papá eligió ser el que pisaba, y gracias a eso nunca te faltó nada.

—Hubiera preferido ser pobre a saber que mi ropa está manchada de sangre —escupió ella con asco.

En ese momento, el sonido de un motor acercándose interrumpió la confrontación. Un coche negro de alta gama se detuvo justo en la entrada de la bodega. De él descendió una figura que Elena reconoció de inmediato por su porte elegante y su caminar decidido.

Era doña Beatriz, su madre.

La mujer entró en la bodega como si estuviera entrando a una gala benéfica. Su abrigo de piel de zorro arrastraba un poco por el suelo polvoriento, pero ella no parecía notar la suciedad. Se detuvo frente a sus dos hijos, mirando a Elena con una mezcla de lástima y decepción.

—Hija mía… qué decepción tan grande —dijo Beatriz, su voz suave y melódica, la misma voz que le cantaba canciones de cuna años atrás.

—¡Mamá, dile que me suelte! —suplicó Elena—. Dile a Julián que esto es una locura. Podemos ir a la policía, podemos arreglar esto…

Beatriz se acercó a Elena y le acarició el cabello con una ternura aterradora.

—Oh, Elena. La policía trabaja para nosotros. ¿Crees que tu padre fue tan descuidado como para no comprar el silencio de quienes importan? El problema no es la ley, el problema eres tú y esa conciencia tan molesta que heredaste de tu abuela.

Beatriz se giró hacia Julián, quien parecía transformarse en un niño pequeño buscando aprobación ante la presencia de su madre.

—¿Ya te encargaste de las copias que dice tener? —preguntó la mujer.

—Estamos en eso, mamá. Mis hombres están registrando todo —respondió Julián rápidamente.

—Bien. Porque no podemos permitir que el nombre de los Valenzuela se arrastre por el fango. Elena, te daremos una oportunidad. Dinos dónde están los documentos originales y las copias, firma un acuerdo de confidencialidad y te enviaremos a Suiza. Vivirás como una reina, pero no volverás a pisar este país jamás.

Elena miró a su madre, dándose cuenta de que la mujer que ella creía conocer nunca existió. Beatriz no era una víctima de las circunstancias; era la arquitecta del horror.

—No hay copias —susurró Elena, con la cabeza baja.

Julián y Beatriz se quedaron en silencio.

—¿Qué dijiste? —preguntó Julián, acercándose.

—Que no hay copias —repitió Elena, levantando la vista con un brillo de determinación en los ojos—. No tuve tiempo de hacerlas. Pero envié un correo electrónico programado. Si no ingreso una clave cada doce horas, todos esos archivos se enviarán automáticamente a tres de los periódicos más importantes del país y a la Interpol.

El rostro de Beatriz se puso pálido. La seguridad que emanaba se desvaneció en un instante. Julián, por su parte, soltó un insulto y comenzó a caminar de un lado a otro, desesperado.

—¿Cuál es la clave? —preguntó Beatriz, su voz ahora afilada como un cuchillo.

—No se las voy a decir —respondió Elena con firmeza—. Si me matan, el correo se envía. Si me mantienen aquí, el correo se envía. La única forma de detenerlo es que me dejen ir y me permitan entregar esto a las autoridades de forma controlada para que ustedes puedan entregarse.

Julián sacó su arma de nuevo, fuera de sí.

—¡Dime la maldita clave o te juro que te saco las uñas una por una! —rugió él, poniendo el cañón de la pistola en la frente de su hermana.

Elena no parpadeó. Sabía que su vida pendía de un hilo, pero también sabía que era la única forma de detener la monstruosidad que su familia había creado. El clímax de la tensión llegó cuando Julián puso el dedo en el gatillo, sus nudillos blancos por la presión.

—¡Hazlo, Julián! —gritó Elena—. ¡Mátame y destruye todo lo que tanto quieres proteger! ¡Sé el hombre que papá quería que fueras!

El silencio volvió a reinar, cargado de una electricidad que amenazaba con explotar en cualquier segundo. Beatriz miraba a su hijo, Julián miraba a su hermana, y Elena miraba directamente a la muerte, sin saber si ese sería su último suspiro.

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