El tiempo tiene una forma muy curiosa de cobrarse las facturas que dejamos pendientes con el corazón, especialmente cuando la sangre se olvida de su origen.
Ricardo no sentía ni un ápice de remordimiento mientras ajustaba el nudo de su corbata de seda italiana frente al espejo retrovisor de su camioneta de lujo. A su lado, en el asiento del copiloto, Don Aurelio permanecía en silencio, con la mirada perdida en un punto inexistente del tablero. El anciano, cuya piel parecía un mapa de mil batallas libradas y ganadas, apretaba con sus dedos temblorosos una pequeña bolsa de tela que contenía lo único que Ricardo le había permitido conservar: un par de fotos viejas y su medicina para la presión.
—Ya deja de poner esa cara de mártir, papá —espetó Ricardo con una voz cargada de un veneno que solo la ambición puede destilar—. Sabes perfectamente que esto es lo mejor para todos. En esa casa solo estorbas, te olvidas de apagar la estufa, caminas lento y mis hijos no tienen por qué estar viendo a un viejo decrépito todo el día. Necesitamos nuestro espacio.
Don Aurelio no respondió. Sus labios, apretados por la dignidad más que por el miedo, solo se movieron para soltar un suspiro casi imperceptible. Ricardo estacionó el vehículo frente a un edificio que parecía haberse detenido en el tiempo, pero de la peor manera posible. La fachada del asilo «San Judas Tadeo» mostraba grietas profundas, la pintura se descascaraba como piel quemada por el sol y un olor a humedad y olvido flotaba en el aire estancado de la tarde.
Era, sin duda, un lugar donde la esperanza iba a morir.
—Bájate —ordenó Ricardo, abriendo la puerta del copiloto con una brusquedad que hizo que el anciano se tambaleara.
Con una torpeza dolorosa de observar, Don Aurelio intentó mover sus piernas, pero la debilidad de sus ochenta años se lo impedía. Ricardo, perdiendo la paciencia, lo tomó del brazo y lo jaló hacia afuera, obligándolo a sentarse en una silla de ruedas oxidada que un enfermero con cara de pocos amigos acababa de traer desde el vestíbulo.
—Aquí tienes tus cosas. No me llames, yo te avisaré cuando pueda venir a visitarte, que con lo ocupado que estoy con la constructora, dudo que sea pronto —dijo el hijo, arrojando la bolsa de tela sobre el regazo de su padre.
Varios transeúntes se detuvieron a observar la escena. Una mujer mayor, que llevaba una bolsa de pan, miró a Ricardo con una expresión de horror absoluto. El desprecio con el que el hombre trataba a su progenitor era algo que erizaba la piel. Ricardo, al sentirse observado, les lanzó una mirada desafiante, como si su traje caro y su reloj de oro le dieran el derecho divino de pisotear a quien le dio la vida.
—Mírate, papá —continuó Ricardo, bajando la voz para que solo el anciano lo escuchara—. Mírate ahora. ¿Dónde quedó el gran empresario? ¿Dónde está el hombre que decía que el honor lo era todo? Ahora no eres más que un mueble viejo que ya no combina con mi mansión. Disfruta tu nueva vida, si es que a esto se le puede llamar vida.
Don Aurelio levantó la cabeza lentamente. Sus ojos, que hasta hace un momento parecían nublados por la tristeza, se clavaron en los de su hijo con una intensidad extraña. No había odio en ellos, sino una especie de piedad profunda, casi aterradora.
—Hijo —dijo el anciano con voz firme, rompiendo su silencio por primera vez—, recuerda que la rueda de la fortuna nunca deja de girar. Lo que hoy dejas caer, mañana podrías necesitar recogerlo.
Ricardo soltó una carcajada estridente que resonó en la calle desolada.
—¡Por favor! Deja de decir tonterías. Lo único que voy a recoger hoy es el contrato de mi vida gracias a la herencia anticipada que me firmaste. ¡Adiós, viejo!
El hijo cerró la puerta de su camioneta con un estruendo metálico y arrancó a toda velocidad, dejando tras de sí una nube de humo negro que envolvió la figura solitaria de Don Aurelio. El anciano se quedó allí, viendo cómo el vehículo desaparecía en la esquina, mientras el enfermero comenzaba a empujar la silla de ruedas hacia el interior de aquel edificio lúgubre.
Pero lo que Ricardo no sabía, mientras aceleraba por la avenida principal soñando con los millones que ahora le pertenecían legalmente, era que el destino no espera a la otra vida para hacer justicia. A veces, el karma tiene prisa, y esa tarde, el karma conducía justo detrás de él.
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