El silencio que siguió al descubrimiento fue más ensordecedor que cualquier explosión. Ricardo se quedó allí, en cuclillas, mirando ese pequeño destello verde que simbolizaba el fin de su mundo tal como lo conocía. Elena se había puesto de pie y retrocedido unos pasos, tapándose la boca con ambas manos, como si temiera que el simple hecho de hablar pudiera activar el mecanismo.
—Señor… llame a la policía —susurró Elena, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
Ricardo no respondió de inmediato. Su mente, acostumbrada a resolver crisis financieras en cuestión de segundos, estaba procesando algo mucho más complejo. Si Beatriz había hecho esto, ¿por qué? Tenían cuentas compartidas, una vida de lujos, viajes por el mundo. No había peleas recientes, o al menos nada que justificara un asesinato.
De pronto, un pensamiento le golpeó la sien: el seguro de vida. Recientemente, por insistencia de ella, habían renovado sus pólizas. Si él moría hoy, en un «trágico accidente» camino a su reunión, Beatriz se convertiría en una de las viudas más ricas del país.
—No —dijo Ricardo finalmente, poniéndose de pie con una calma que a Elena le pareció aterradora—. Todavía no llamaremos a la policía desde aquí. Si ella se da cuenta de que lo sabemos, podría intentar algo más.
—¿Qué va a hacer, señor? —preguntó Elena, temblando.
—Entra a la casa, Elena. Actúa normal. Prepara el café, haz el ruido que haces siempre en la cocina. Yo voy a… voy a hacer una llamada.
Ricardo se alejó unos metros del coche, buscando la sombra de un gran roble en el jardín. Sacó su teléfono personal, pero no llamó al 911. Marcó el número de su jefe de seguridad privada, un exmilitar llamado Marcos que llevaba años cuidando de sus empresas, pero nunca de su casa, porque Ricardo siempre había creído que su hogar era el lugar más seguro del mundo.
—Marcos, necesito que vengas a mi casa ahora mismo. No entres por la puerta principal. Usa la entrada de servicio de la calle trasera. Trae a un experto en explosivos. Y Marcos… no le digas a nadie. Ni siquiera a mi secretaria.
Mientras esperaba, Ricardo vio cómo la puerta principal de la mansión se abría. Su corazón dio un vuelco. Era Beatriz. Llevaba una bata de seda color crema y sostenía una taza de café humeante. Se veía hermosa, con el cabello ligeramente despeinado, esa imagen de esposa perfecta que él tanto había amado.
—¿Cariño? ¿Todavía aquí? —preguntó ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Pensé que ya te habías ido a la gran reunión. ¿Pasó algo con el coche?
Ricardo sintió un nudo en la garganta. Verla actuar con tanta naturalidad, sabiendo que lo estaba enviando a una muerte segura, le produjo una náusea violenta.
—Solo un problema con la batería, creo —respondió él, forzando una sonrisa que le dolió en la cara—. Elena me ayudó a revisar algo, pero parece que tendré que llamar a un técnico.
Beatriz bajó los escalones del porche con una gracia felina. Se acercó a él y le puso una mano en el hombro. Ricardo tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no apartarse de su toque.
—Vaya, qué mala suerte. ¿Por qué no te vas en el coche de repuesto? No puedes perder esa firma, Ricardo. Es por lo que has trabajado todo el año.
«Es por lo que has trabajado tú también, maldita», pensó Ricardo. Ella quería que él se fuera, no importaba en qué coche, pero preferiblemente en el que tenía la «sorpresa» debajo.
—Tienes razón —dijo él, mirándola fijamente a los ojos—. Pero creo que el contrato puede esperar unos minutos. Elena me dijo que escuchó ruidos extraños en el garaje anoche. ¿Tú escuchaste algo, Beatriz?
La expresión de la mujer no cambió ni un milímetro. Era una actriz consumada.
—¿Ruidos? No, mi amor. Dormí como un tronco. Ya sabes que Elena a veces imagina cosas, pobre mujer, la edad ya le está pesando.
En ese momento, Elena salió de la cocina con una bandeja, cumpliendo las órdenes de Ricardo. Sus manos seguían temblando un poco, pero mantenía la cabeza baja. Beatriz le lanzó una mirada de desprecio puro que no pasó desapercibida para el empresario.
—Elena, ve a descansar un poco después de esto —dijo Beatriz con un tono falsamente maternal—. Creo que el estrés te está haciendo ver fantasmas.
Quince minutos después, Marcos y el experto en explosivos llegaron discretamente por la parte trasera. Ricardo les hizo señas para que rodearan la casa. Mientras tanto, él mantenía a Beatriz distraída en la terraza, hablando de planes para las próximas vacaciones, planes que ahora sabía que nunca sucederían.
El experto, un hombre de pocas palabras con un maletín técnico, se deslizó bajo el coche mientras Marcos vigilaba. Ricardo observaba desde la distancia, con el alma en un hilo. Tras unos minutos que parecieron siglos, el experto salió y le hizo una señal imperceptible a Marcos: pulgar abajo. El peligro era real y era letal.
Marcos se acercó a Ricardo y le susurró al oído: —Es un dispositivo de activación remota por GPS, señor. En cuanto el coche alcanzara los 60 kilómetros por hora, el circuito se cerraría. No habría quedado nada del vehículo.
Ricardo cerró los ojos por un segundo. Sintió una mezcla de furia y alivio. Estaba vivo gracias a la mujer que Beatriz acababa de llamar «vieja loca».
—¿Pasa algo, Ricardo? —preguntó Beatriz, acercándose a ellos, notando la presencia de los hombres—. ¿Quiénes son ellos? ¿Por qué están aquí?
Ricardo se dio la vuelta. Ya no había rastro de la sonrisa fingida. Su rostro era una máscara de hierro.
—Son personas que acaban de salvarme la vida, Beatriz. Y personas que van a cambiar la tuya para siempre.
—No entiendo de qué hablas… —dijo ella, empezando a retroceder, su rostro perdiendo el color poco a poco.
—Elena me lo contó todo. Te vio anoche. Vimos el dispositivo, Beatriz. ¿Realmente valgo más muerto para ti que vivo? —la voz de Ricardo se quebró al final.
Beatriz intentó dar una excusa, intentó llorar, pero cuando vio que Marcos sacaba su teléfono para llamar a la policía real, su fachada se desmoronó. No hubo gritos de perdón, solo una mirada de odio gélido que Ricardo nunca olvidaría.
—Nunca estuviste a mi altura, Ricardo —escupió ella, revelando por fin su verdadero ser—. Todo este imperio lo construimos juntos, pero tú te llevas los aplausos. Merecía mi parte sin tener que aguantar tus horarios y tu aburrimiento un día más.
Pero la historia no terminó con una simple confesión. Lo que Beatriz no sabía era que Elena no solo la había visto a ella, sino que había grabado algo con su viejo teléfono móvil. Algo que cambiaría el destino de todos en esa mansión.
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