El restaurante «La Cúspide» era el lugar donde la élite de la ciudad iba a ver y ser vista. Julián entró pavoneándose, con el pecho inflado y esa sonrisa de suficiencia que lo caracterizaba. Lucas ya lo esperaba en una mesa retirada, en una zona de media luz ideal para negocios que no soportarían la luz del día.

—¡Míralo nada más! —exclamó Lucas, levantándose para chocar las manos con Julián—. Por tu cara, asumo que el «abuelo» no te dio problemas.

—Problemas es poco, Lucas —respondió Julián, dejándose caer en la silla de cuero—. Fue como quitarle un dulce a un niño de cien años. El tipo estaba tan agradecido que casi me pide una bendición. Le di el fajo «especial», el que imprimimos el martes, y hasta me sobró aire para darle un discurso sobre el éxito.

Lucas soltó una carcajada que atrajo las miradas de un par de mesas cercanas. Julián sacó el Patek Philippe y lo deslizó sobre el mantel blanco. El reloj brilló bajo las luces dicroicas. Era una obra de arte.

—Es magnífico —susurró Lucas, examinando la pieza—. Solo este reloj nos va a sacar del agujero con el prestamista. ¿Y el viejo de verdad no sospechó nada?

—Por favor, Lucas. El hombre apenas puede mantenerse en pie. Me dijo algo sobre que «el tiempo revela la verdad», ya sabes, esas tonterías filosóficas que dicen los viejos cuando no tienen nada más que hacer. Si supiera que lo que tiene en la caja fuerte ahora mismo es papel higiénico glorificado…

Mientras tanto, a pocos kilómetros de allí, la atmósfera en la relojería era muy distinta. Don Mateo no estaba solo. Un hombre de unos cincuenta años, con uniforme de policía y una mirada de cansancio acumulado, revisaba la pantalla del monitor. Era el oficial Ramírez, un viejo amigo de la familia.

—Es él, Mateo —dijo el oficial, señalando la imagen nítida de Julián en la pantalla—. Es el tipo que hemos estado rastreando por tres estados. Se llama Julián Valdés. Es escurridizo, nunca deja huellas y siempre elige víctimas que no tienen cámaras o que son demasiado mayores para recordarlo con claridad.

Don Mateo asintió, limpiando sus anteojos con un paño de microfibra.

—El problema, Ramírez, es que este joven cree que la vejez es sinónimo de estupidez. Cree que porque mis manos tiemblan un poco, mi mente también lo hace.

—Lo que él no sabe es que tú fuiste el que instaló los sistemas de seguridad de la joyería central hace años —dijo Ramírez con una media sonrisa—. ¿Tocó el dinero?

—Solo lo dejé ahí. No quería contaminar las huellas, aunque con el video es más que suficiente. Pero hay algo más, oficial. Algo que Julián no sabe sobre ese reloj que se llevó.

Ramírez arqueó una ceja, intrigado. Don Mateo se acercó a su mesa de trabajo y tomó un pequeño dispositivo que parecía un mando a distancia, pero con una serie de interruptores complejos.

—Ese reloj no era una venta normal. Era una pieza que estaba restaurando para un cliente muy especial, un coleccionista que quería medidas de seguridad adicionales. Dentro de la caja del reloj, oculto en el espacio del escape, instalé un micro-transmisor GPS. Se activa solo si el reloj se aleja más de quinientos metros de esta tienda sin que yo desactive el sistema.

El oficial Ramírez soltó una carcajada de asombro.

—Mateo, eres increíble. O sea que lo tenemos ubicado.

—Exactamente —respondió el relojero, mirando un pequeño punto rojo que parpadeaba en su tableta—. Ahora mismo está en «La Cúspide». Parece que decidió celebrar su gran hazaña con una cena costosa.

En el restaurante, la celebración estaba en su punto máximo. Julián y Lucas habían pedido el vino más caro de la carta y se burlaban de todos los que pasaban. Julián sacó uno de los billetes auténticos que guardaba para sus propios gastos y lo agitó frente al mesero.

—Tráenos la cuenta, amigo. Y no te preocupes por el cambio, hoy estamos de suerte —dijo Julián, repitiendo la misma frase que le había dicho a Don Mateo, como si fuera un mantra de su supuesta superioridad.

De repente, el ambiente en el restaurante cambió. El murmullo de las conversaciones bajó de volumen. Tres hombres con chaquetas oscuras entraron por la puerta principal, mientras que otros dos cubrían la salida de servicio. No eran guardias de seguridad del local. Eran agentes de la unidad de delitos económicos.

Julián sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Su instinto de estafador le gritó que algo andaba mal, pero su arrogancia intentó convencerlo de que era imposible que lo hubieran encontrado tan rápido.

—Tranquilo, Lucas —susurró Julián, aunque su voz temblaba ligeramente—. No tienen nada contra nosotros. Mantén la calma.

El oficial Ramírez caminó directamente hacia la mesa de Julián. Se detuvo frente a él y lo miró fijamente. Julián trató de poner su mejor cara de «joven empresario exitoso».

—¿Hay algún problema, oficial? Estamos terminando de cenar. Si es por el auto mal estacionado, puedo moverlo ahora mismo.

Ramírez no sonrió. Sacó una bolsa de plástico transparente para evidencia y la puso sobre la mesa.

—Julián Valdés, queda usted arrestado por estafa, falsificación de moneda y robo agravado. Y antes de que digas que no sabes de qué hablo, tenemos un video en alta definición de tu visita a la relojería de Don Mateo.

Julián palideció. El sudor empezó a perlar su frente, arruinando su imagen de perfección.

—Ese viejo… ese viejo no tiene cámaras. Lo revisé todo. Solo tiene relojes viejos y polvo —alcanzó a decir Julián, su voz ahora era un hilo quebradizo.

—Ese «viejo», como tú lo llamas —dijo Ramírez mientras le ponía las esposas—, es el mejor técnico en sistemas de precisión de la ciudad. Y cometiste el error de creer que porque tiene canas, no tiene ojos.

En ese momento, el oficial Ramírez sacó su teléfono y marcó un número. Puso el altavoz y lo colocó sobre la mesa.

—¿Mateo? Lo tenemos. Justo donde dijiste.

La voz de Don Mateo llenó el espacio entre los platos caros y las copas de cristal. Sonaba tranquila, casi paternal, lo cual resultaba aún más hiriente para el ego destrozado de Julián.

—Joven Julián —dijo el anciano—, espero que la cena haya valido la pena. Le dije que el tiempo revela la verdad. Usted intentó robarme tiempo y dinero, pero solo logró regalarnos la oportunidad de sacarlo de las calles. Por cierto, espero que no haya intentado abrir el reloj. El GPS es muy delicado.

Julián golpeó la mesa con las manos esposadas, un gesto de rabia impotente que solo sirvió para que los comensales del restaurante lo miraran con desprecio. La máscara se había caído por completo. Ya no era el galán exitoso; era solo un criminal común atrapado por su propia soberbia.

Pero lo que Julián estaba por descubrir en la comisaría era algo que ni siquiera él, en su mente retorcida, pudo prever. El juego de Don Mateo tenía una última capa que estaba a punto de ser revelada.

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