El sonido del metal chirriando contra el metal fue como un grito en medio del silencio sepulcral de la catedral. El Rey Valerius recuperó la compostura y rugió una orden a sus guardias, pero estos dudaron. Había algo sagrado en el altar que los detenía, una regla no escrita que impedía derramar sangre en ese suelo de mármol durante una ceremonia.
—¡Detente, estúpido! —gritó el Rey—. ¡No sabes lo que estás desatando! ¡Hay secretos que deben permanecer enterrados por el bien de la corona!
Julian ignoró las amenazas. Sus dedos sangraban por el esfuerzo, pero finalmente, se escuchó un clic seco. El candado de bronce cedió y cayó al suelo, produciendo un eco que pareció durar una eternidad.
Con manos temblorosas, Julian tomó los bordes de la pesada jaula de hierro. Estaba caliente, como si el odio del rey la hubiera infundido de una temperatura antinatural. La levantó lentamente, centímetro a centímetro.
Primero, apareció el cuello pálido de la princesa, marcado por las rozaduras del metal. Luego, una cascada de cabello rubio, tan brillante y suave que parecía tejido con rayos de sol, cayó libremente sobre sus hombros, extendiéndose como un manto de oro. Los invitados contuvieron el aliento. Hasta ese momento, todo parecía indicar que el secreto sería una belleza oculta.
Pero cuando la máscara finalmente se deslizó por completo y Julian pudo ver el rostro de su esposa, el horror que sintió fue tan abrumador que sus piernas fallaron. Dio tres pasos hacia atrás, tropezando con los escalones del altar.
Un grito unánime surgió de la multitud. Las mujeres se cubrieron los ojos y los hombres retrocedieron, algunos incluso desenvainando sus espadas por puro instinto de defensa. El Obispo, que había estado presidiendo la boda, dejó caer el libro de oraciones y se persignó con manos frenéticas.
El rostro de Elara no era el de una joven princesa.
Donde deberían haber estado sus ojos, solo había dos cuencas vacías, perfectamente cicatrizadas, pero adornadas con pequeñas piedras preciosas incrustadas directamente en el hueso. Su boca estaba cosida con finos hilos de oro que perforaban su piel, impidiéndole abrir los labios más de unos milímetros. Pero lo más pavoroso no era la mutilación en sí, sino lo que la piel revelaba.
Su piel no era humana. Era translúcida, casi como el cristal, y a través de ella se podían ver las venas negras latiendo con un ritmo antinatural. No era una enfermedad, era una marca. Una maldición física que parecía estar consumiéndola desde adentro hacia afuera.
—¿Qué has hecho? —susurró Julian, mirando al Rey Valerius con una mezcla de asco y terror—. ¡¿Qué clase de monstruo le hace esto a su propia hija?!
El Rey Valerius no bajó la mirada. Al contrario, se irguió con una soberbia que helaba la sangre.
—Yo no se lo hice, Julian. El destino se lo hizo. Ella es el precio de la ambición de nuestra familia. Cada generación de nuestra estirpe debe entregar a una hija para que cargue con los pecados del reino. Ella es el receptáculo de nuestra oscuridad. Sus ojos fueron entregados para que yo pudiera ver el futuro de mis enemigos. Sus palabras fueron selladas para que los secretos de mis crímenes nunca salieran de este palacio.
Elara se quedó allí, de pie, sin ver, sin hablar, con las lágrimas de sangre corriendo por sus mejillas translúcidas. No intentó cubrirse. Simplemente aceptaba su humillación con la resignación de quien ha sido quebrantado mil veces antes de desayunar.
—La jaula no era para proteger al mundo de ella —continuó el Rey, acercándose a Julian—, era para protegerte a ti de la verdad. Pero ahora que lo sabes, ya no hay vuelta atrás. Estás ligado a ella. Si la rechazas, mi ejército marchará sobre tus tierras antes del amanecer. Si la aceptas, vivirás el resto de tus días al lado de una criatura que es el recordatorio viviente de que el poder tiene un precio de sangre.
Julian miró a Elara. La luz de las velas de la catedral se reflejaba en los diamantes que ocupaban el lugar de sus ojos, creando destellos macabros en las paredes. El silencio era tan espeso que se podía escuchar el latido del corazón de la joven, un latido rápido, asustado, como el de un pájaro atrapado.
En ese momento de caos, el príncipe recordó las palabras de su madre: «La verdadera belleza no es lo que el ojo percibe, sino lo que el corazón reconoce como propio».
Julian miró sus propias manos, aún manchadas con el óxido de la jaula. Miró a los nobles que se burlaban o sentían asco. Miró al Rey, que representaba todo lo que él odiaba en este mundo. Y luego, volvió a mirar a Elara.
No vio a un monstruo. No vio una maldición. Vio a una niña a la que le habían robado la infancia, la voz y la luz. Vio a un ser humano que había sido utilizado como un basurero para las culpas de un hombre malvado.
Con una determinación que nació desde lo más profundo de su alma, Julian se puso de pie. Caminó lentamente hacia la princesa. El Rey Valerius frunció el ceño, esperando un ataque o un rechazo violento.
Pero Julian hizo algo que nadie esperaba.
Se quitó sus propios guantes blancos y, con una ternura infinita, tomó el rostro de Elara entre sus manos. Sus pulgares acariciaron con cuidado la piel translúcida y fría. Elara se estremeció al contacto, como si no estuviera acostumbrada a que alguien la tocara sin la intención de causarle dolor.
—Perdóname —susurró Julian al oído de la princesa, lo suficientemente alto para que el Rey lo escuchara—. Perdóname por haber tardado tanto en liberarte de ese peso.
Julian sacó una pequeña navaja de su bolsillo, una herramienta que usaba para cortar los sellos de las cartas. Con una precisión de cirujano y una delicadeza absoluta, comenzó a cortar uno por uno los hilos de oro que sellaban los labios de Elara.
—¡Detente! —rugió el Rey Valerius, desenvainando su espada—. ¡Si rompes el sello, la maldición caerá sobre todos nosotros!
—La única maldición aquí es usted, Majestad —respondió Julian sin quitar la vista de su tarea.
El último hilo cayó. La boca de Elara estaba libre por primera vez en años. Ella abrió los labios, dejando escapar un suspiro que sonó como el viento entre los pinos. Intentó hablar, pero solo salió un quejido ronco.
Sin embargo, el horror apenas estaba por alcanzar su punto máximo. Porque en el momento en que sus labios se abrieron, una luz negra comenzó a emanar de su boca, y las piedras preciosas en sus ojos empezaron a brillar con una intensidad cegadora.
La catedral comenzó a temblar. Las vidrieras estallaron en mil pedazos, dejando entrar el viento gélido de la noche. El Rey Valerius cayó de rodillas, gritando de dolor mientras se sujetaba la cabeza.
—¡El secreto! —gritaba el Rey—. ¡El secreto está saliendo!
Julian no soltó a Elara. La abrazó con fuerza, protegiéndola mientras el mundo parecía desmoronarse a su alrededor. Fue entonces cuando Elara, con una voz que parecía venir de otra dimensión, pronunció su primera palabra en una década.
Y esa palabra hizo que el corazón de Julian se detuviera por un instante.
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En lo triste de la historia