El corazón de Elena dio un vuelco violento. Por un segundo, pensó que era su imaginación, o quizás el efecto del vino que había bebido tan rápido. Pero no. Lo que estaba viendo desafiaba toda la lógica de los últimos tres años de su vida.
Ricardo apoyó sus manos con una fuerza inaudita en los descansabrazos. Sus nudillos se pusieron blancos, pero no por debilidad, sino por la tensión de un músculo que estaba listo para entrar en acción. Elena dio un paso atrás, tropezando ligeramente con la alfombra persa.
—¿Qué… qué estás haciendo? —tartamudeó ella, su voz perdiendo toda la seguridad de hace un momento.
Ricardo no contestó. En lugar de eso, ejerció presión. Sus piernas, aquellas que supuestamente estaban atrofiadas y sin vida tras aquel fatídico accidente en la montaña, comenzaron a moverse. Con una lentitud calculada, con una elegancia que resultaba aterradora bajo la luz tenue de las lámparas de cristal, Ricardo se puso de pie.
Elena soltó la copa de vino. El cristal estalló contra el suelo, manchando el mármol de un rojo intenso que parecía sangre, pero ella no apartó la vista de su esposo. Él se estiró, alcanzando su altura completa, una estatura que ella parecía haber olvidado. Ricardo era mucho más alto que ella, y ahora, de pie, su presencia llenaba toda la habitación, volviéndola a ella pequeña, insignificante.
Él dio el primer paso. El sonido de su zapato contra el suelo fue el ruido más fuerte que Elena había escuchado en su vida. Luego dio otro. Y otro más. Caminaba con una firmeza absoluta, sin rastro de cojera, sin rastro de dolor.
—No… no es posible —susurró Elena, pegándose contra la pared, buscando un escape que no existía—. Los médicos… los informes… yo misma vi los rayos X… ¡tú no podías caminar!
Ricardo se detuvo a solo un metro de ella. Su rostro, generalmente amable, ahora era una máscara de desprecio absoluto.
—Los médicos que contrataste, Elena, eran tan corruptos como tú —dijo Ricardo, su voz resonando en las paredes como un trueno—. Pero los médicos que yo busqué en secreto, los que realmente me operaron en aquel viaje a Suiza que pensaste que era «negocios», esos sí sabían lo que hacían. Hace un año que camino, Elena. Un año entero en el que he tenido que actuar cada minuto del día frente a ti.
Elena sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. Un año de farsa. Un año en el que ella se había burlado de él en su cara, en el que había traído a sus amantes a la casa pensando que él no podía subir las escaleras, en el que había planeado su muerte civil mientras él la observaba desde su silla, tomando nota de cada traición.
—¿Por qué? —alcanzó a decir ella, con las lágrimas de terror empezando a brotar—. ¿Por qué hacerme esto?
—¿Por qué? —Ricardo soltó una carcajada seca, carente de alegría—. Porque necesitaba saber hasta dónde llegaba tu maldad. Porque cuando el accidente ocurrió, yo te amaba de verdad. Estaba dispuesto a darte el mundo. Pero empecé a notar cómo cambiaban tus ojos cuando los doctores daban malas noticias. Noté cómo te brillaba la mirada cuando hablábamos de mi testamento.
Él dio un paso más, acorralándola completamente contra la pared fría.
—Me dabas las medicinas con una sonrisa, Elena, pero yo sabía que eran sedantes para mantenerme dócil. Los escupía cada noche en el baño mientras tú dormías soñando con mi dinero. He escuchado cada una de tus llamadas con Marco. Sé que planeaban vaciar las cuentas del holding este fin de semana.
Elena se llevó las manos a la boca. Marco. Su amante, su cómplice, el hombre con el que pensaba escapar.
—Ricardo, mi amor, por favor… —intentó decir, cambiando su tono a uno de súplica desesperada, tratando de usar esa belleza que siempre había sido su arma—. Estaba confundida, el estrés de cuidarte me volvió loca, yo no quería decir esas cosas…
—Cállate —la cortó él con una frialdad que la dejó muda—. Ya no tienes que actuar más. La función terminó. Y déjame decirte algo sobre tu querido Marco… él fue el primero en caer. Verás, a los hombres como él no les interesa el amor, les interesa el dinero. Y cuando le ofrecí una salida legal a cambio de todas las grabaciones de sus conversaciones contigo… bueno, no dudó ni un segundo en venderte.
Elena sintió que se desmayaba. Estaba sola. Atrapada en una red que ella misma había tejido, pero que Ricardo había transformado en su propia celda.
—Toda esta habitación —continuó Ricardo, señalando a su alrededor—, ha estado siendo grabada en vivo. Cada palabra que dijiste sobre mi «inutilidad», cada confesión sobre tu interés por mi fortuna y cada detalle de tu plan para enviarme a esa clínica… todo está guardado. En este momento, mis abogados y la policía están revisando el material.
Ricardo se alejó de ella, regresando al centro de la sala. Se giró lentamente, pero esta vez no miró a Elena. Sus ojos se dirigieron hacia una pequeña cámara oculta entre los libros de la biblioteca, y por un momento, fue como si estuviera mirando directamente a través de ella, rompiendo el espacio entre la realidad y quienes observaban su victoria.
—Porque ahora —sentenció Ricardo con una sonrisa gélida—, me toca a mí jugar. Y te aseguro, Elena, que no vas a disfrutar ni un segundo de lo que viene ahora.
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