La multitud contuvo el aliento. Los fotógrafos, que usualmente no dejaban de moverse, se quedaron petrificados con sus cámaras en alto, temiendo perderse el más mínimo gesto de este duelo de titanes.
Valeria se puso roja, pero no por la seda de su vestido, sino por una furia ciega que empezó a subirle por el cuello.
—¡No seas ridícula! —escupió Valeria—. Tienes envidia porque él está aquí conmigo, dándome el lugar que tú ya no tienes. Míranos, somos la pareja de la noche. Tú eres solo un recuerdo amargo que él quiere borrar.
Elena dio un paso al frente. No fue un paso agresivo, sino uno dominante.
La distancia entre ellas se redujo a escasos centímetros.
—Fíjate bien en lo que estás diciendo —dijo Elena, bajando un tono la voz, obligando a Valeria a inclinarse para escucharla—. Crees que me has quitado un tesoro, cuando en realidad solo has actuado como un servicio de recolección.
Valeria abrió la boca para protestar, pero Elena no le dio espacio.
—Llevas puesto un vestido que él pagó con la cuenta que aún es mancomunada conmigo. Usas el perfume que yo le enseñé a apreciar. Y te aferras al brazo de un hombre que no sabe ser fiel ni a sus propios principios.
Ricardo, finalmente, habló con voz quebrada: —Elena, por favor, no es el lugar…
—Tienes razón, Ricardo —lo interrumpió ella sin siquiera mirarlo—. No es el lugar para que tú hables. Este es el lugar donde yo decido quién soy frente al mundo, y tú ya no formas parte de esa definición.
Valeria, sintiéndose humillada ante las cámaras que grababan cada palabra, intentó un último ataque personal.
—¡Al menos yo no tengo que mendigar amor! Él me busca cada noche con una pasión que tú ya no podías darle. Eres solo una mujer despechada intentando salvar su ego. ¡Él me eligió a mí sobre ti!
Elena soltó una risa suave, casi melancólica.
—Ay, pequeña… —dijo con una compasión que dolió más que cualquier insulto—. Ese es el error más común de las mujeres que aceptan ser «la otra».
Elena se giró levemente hacia la cámara principal de la transmisión en vivo, como si supiera que miles de personas estaban viendo ese momento desde sus casas, incluyendo a muchas mujeres que habían pasado por lo mismo.
—Crees que fuiste elegida —continuó Elena, volviendo su mirada a Valeria—. Pero un hombre que traiciona no elige a una nueva pareja por sus virtudes. Elige una nueva distracción para no tener que enfrentar sus propias carencias.
Valeria temblaba de rabia. Sus manos, con uñas perfectamente pintadas de rojo, se cerraban con fuerza sobre su bolso de diseñador.
—Tú no sabes nada de nosotros —siseó Valeria.
—Sé más de lo que te imaginas —respondió Elena con frialdad—. Sé que en unos meses, cuando la novedad de tu juventud se desgaste y él se dé cuenta de que no tienes la profundidad para sostener una conversación o la fuerza para apoyarlo en una crisis, empezará a mirar de nuevo hacia los lados.
Elena hizo una pausa dramática, dejando que sus palabras se asentaran en el aire.
—Y ese día, querida, tú estarás en mi lugar. Vestida de negro o del color que prefieras, dándote cuenta de que no te quedaste con el premio, sino con el problema.
La cara de Valeria era un poema de confusión y odio. Intentó buscar apoyo en Ricardo, pero él estaba mirando hacia el suelo, como si deseara que la alfombra roja se abriera y se lo tragara vivo.
—Él me ama —susurró Valeria, aunque ya no sonaba tan convencida.
—Él se ama a sí mismo —corrigió Elena—. Y tú eres solo el espejo donde él intenta verse más joven y menos culpable. Pero los espejos se rompen, y las verdades salen a la luz.
En ese momento, uno de los organizadores del evento se acercó, nervioso, intentando disolver la escena antes de que se volviera un escándalo mayor.
—Señoras, por favor, debemos avanzar a la sala principal —murmuró el hombre.
Elena asintió con una elegancia suprema.
—Por supuesto. Yo ya terminé aquí.
Pero antes de retirarse, Elena hizo algo que nadie esperaba.
Se acercó al oído de Valeria, lo suficiente para que solo ella escuchara, aunque su lenguaje corporal decía mil palabras a los que observaban de lejos.
—Disfruta las sobras, mi vida. Yo ya me serví lo mejor de ese plato hace mucho tiempo, y créeme, el postre te va a dejar un sabor muy amargo.
Elena se enderezó, ajustó un poco su hombro y miró fijamente a la cámara que la seguía de cerca.
Sus ojos brillaban con una mezcla de triunfo y una sabiduría dolorosa.
Estaba a punto de lanzar el mensaje final, ese que cambiaría la perspectiva de todos los que se burlaban de su soledad.
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