El joven tatuado intentó enderezarse, pero el peso de la mirada de los cuatro guardias era como tener una tonelada de cemento sobre los hombros. Miró a su alrededor buscando a sus amigos, a esos que le habían jurado lealtad eterna apenas una hora antes en el patio. Pero sus «hermanos» estaban ahora muy ocupados mirando sus propios platos de comida, fingiendo que no existían.
Don Genaro se permitió una pequeña sonrisa, una mueca casi imperceptible que no llegó a sus ojos.
—¿Sabes qué pasa, muchacho? —preguntó el viejo, mientras se recostaba en el banco de metal, cruzando los brazos con una calma que resultaba insultante—. En este lugar, todos creen que las reglas las escriben los directores en sus oficinas con aire acondicionado. Pero la verdad es que las reglas las mantenemos nosotros, los que llevamos aquí más tiempo del que tú llevas vivo.
Uno de los guardias, el sargento Morales, un hombre con una cicatriz que le cruzaba el ojo izquierdo, puso una mano enguantada sobre el hombro del Alacrán. No apretó, pero el joven sintió que el mundo se le venía encima.
—El señor Genaro te hizo una pregunta indirecta —dijo Morales con una voz gélida—. Y tú le faltaste al respeto. En mi sector, la falta de respeto se paga con intereses.
—Yo… yo no sabía —balbuceó el Alacrán, su voz ahora aguda y temblorosa, muy lejos del tono amenazante de hace un minuto—. Solo quería un lugar para comer… pensé que…
—Ese es tu error —interrumpió Genaro, levantándose lentamente. A pesar de su edad, se puso de pie con una rectitud militar que delataba un pasado que el joven no había alcanzado a imaginar—. Tú no piensas. Tú solo reaccionas. Crees que esos dibujos en tu piel te hacen un hombre, pero aquí adentro, el hombre se mide por el peso de su palabra y la profundidad de su silencio.
Genaro se acercó al joven. El Alacrán intentó retroceder, pero los guardias eran una muralla infranqueable. El viejo se acercó tanto que el joven pudo oler el aroma a tabaco viejo y jabón neutro que emanaba de él.
—¿Quieres esta mesa? —preguntó Genaro en un susurro que llegó a todos los rincones del comedor—. Tómala. Pero debes saber que esta mesa tiene un precio. Quien se sienta aquí, se sienta conmigo. Y quien se sienta conmigo, debe estar dispuesto a cargar con mis pecados y con mis enemigos.
El Alacrán estaba a punto de llorar. La humillación era total. Ante los ojos de toda la población penal, el «bravo» que acababa de llegar había sido reducido a un niño asustado por un anciano y sus protectores.
Pero lo que nadie sabía, lo que el Alacrán estaba a punto de descubrir, era la verdadera identidad de Don Genaro. No era solo un recluso antiguo. Era el hombre que, veinte años atrás, había salvado la vida del actual director del sistema penitenciario durante un incendio forestal que casi consume el penal antiguo. Era el hombre que mantenía la paz entre las bandas rivales. Era, en esencia, el dueño invisible de las llaves de San Judas.
Genaro miró directamente a la cámara de seguridad que colgaba del techo, como si supiera que miles de personas, a través del tiempo y el espacio, lo estarían observando. Rompió la cuarta pared con una mirada de complicidad absoluta, una mirada que decía: «Mira cómo se cae un imperio de papel».
—Muchacho —dijo Genaro, volviendo su atención al joven—, hoy has aprendido que el respeto no se exige con una bandeja de plástico. Se gana con los años. Pero como soy un hombre generoso, te voy a dar una oportunidad. No te voy a mandar a la celda de castigo. No dejaré que Morales y sus hombres te den la bienvenida que te mereces.
El joven soltó un suspiro de alivio que le tembló en el pecho.
—En lugar de eso —continuó Genaro con una chispa de malicia en sus ojos—, vas a terminar de comer. Te vas a sentar justo ahí, donde yo estaba. Y vas a limpiar cada migaja que caiga al suelo. Y mañana, y pasado mañana, y durante el próximo mes, vendrás aquí cinco minutos antes que yo para asegurarte de que mi vaso de agua esté lleno y mi silla esté limpia.
El Alacrán asintió frenéticamente, aceptando cualquier trato que no implicara dolor físico. Pero el verdadero dolor, el de su ego destrozado, era mucho más profundo.
—Y una cosa más —añadió Genaro, haciendo una pausa dramática que hizo que el corazón de todos los presentes se detuviera—. Si alguna vez vuelves a levantarle la voz a alguien que tenga el cabello blanco en este lugar… no serán los guardias quienes vengan por ti. Seré yo. Y créeme, hijo, no querrás ver lo que hay detrás de esta calma.
Genaro le dio una palmadita en la mejilla, una caricia paternal que dolió más que un puñetazo. Luego, hizo una señal a los guardias.
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