Qué bueno que nos acompañas para conocer el desenlace de esta historia que nos ha dejado a todos con el corazón en un hilo. Sabemos que te quedaste con la duda tras ver lo que sucedía en la hacienda, y aquí te contamos cada detalle de lo que pasó después de aquel tenso encuentro.
Don Aurelio se quedó de pie, con la espalda encorvada por el peso de los años, pero con la mirada más firme que nunca.
Aquel rincón de la bodega olía a humedad, a café viejo y a la codicia que emanaba de Rodrigo, el capataz.
Rodrigo no era un hombre de campo, aunque vistiera como tal. Sus botas siempre estaban demasiado limpias y su sombrero era de una marca que ningún trabajador de «La Esperanza» podría costearse en tres vidas.
Frente a él, sobre una mesa de madera carcomida, descansaban los fajos de billetes que debían haber ido a las manos de doña Rosa, que tenía a su hijo enfermo.
Debían haber ido a don Julián, que ya no veía bien pero seguía arando la tierra con el alma.
Pero no. Ese dinero estaba ahí, siendo acariciado por los dedos largos y nerviosos de un hombre que solo sabía de números y de engaños.
Don Aurelio recordó el día que Rodrigo llegó a la hacienda. Prometió modernidad, prometió que los frutos de la tierra alcanzarían para todos.
Qué mentira tan amarga resultó ser.
El anciano apretó su machete envainado, no con intención de usarlo, sino para sentir la madera familiar que le recordaba quién era él y de dónde venía.
—¿Te parece gracioso, muchacho? —preguntó Aurelio con una voz que parecía salir de las entrañas de la tierra—. ¿Te ríes de la sangre de esta gente?
Rodrigo terminó de acomodar un fajo en su maletín de cuero y se dio la vuelta con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Mire, viejo —dijo Rodrigo, escupiendo al suelo—. Usted ya está más cerca del hoyo que de la cosecha. No me venga con sermones de moral.
El capataz caminó hacia él, tratando de intimidarlo con su altura, pero Aurelio no retrocedió ni un milímetro.
—Esa gente que usted llama «pobres diablos» son los que mantienen este lugar en pie —replicó el anciano—. Sin ellos, usted no tendría ni para los cigarros que fuma.
Rodrigo soltó una carcajada que resonó en las vigas del techo. Era una risa hueca, llena de una superioridad mal calculada.
—¿Y qué vas a hacer, Aurelio? ¿Vas a ir con el patrón? —preguntó con sarcasmo—. El patrón ni siquiera sabe que existes. Para él, eres el número 42 en la nómina de peones.
Aurelio guardó silencio, dejando que el capataz se regodeara en su propia arrogancia.
—El patrón vive en la capital —continuó Rodrigo—. Él solo ve los reportes que yo le mando. Y en mis reportes, la cosecha fue mala por la plaga.
El joven capataz se acercó tanto que Aurelio pudo oler el perfume caro mezclado con el sudor de la tarde.
—Si abres la boca, mañana mismo estás en la calle —amenazó Rodrigo—. Y ya sabes que a tu edad, nadie te va a dar trabajo ni para cuidar gallinas.
Aurelio suspiró. No era un suspiro de derrota, sino de lástima. Sentía pena por el hombre que tenía enfrente, un hombre que pensaba que el poder residía en un fajo de papeles impresos.
—El mundo da muchas vueltas, Rodrigo —dijo Aurelio suavemente—. Y a veces, las vueltas son tan rápidas que uno no alcanza a sujetarse.
—Váyase a dormir, viejo loco —le gritó Rodrigo, empujándolo levemente del hombro—. Y ni se le ocurra volver por aquí si no quiere que lo acuse de robo.
Aurelio caminó hacia la salida de la bodega, pero justo antes de cruzar el umbral, se detuvo.
La luz del atardecer bañaba sus cabellos blancos, dándole un aura casi mística.
—Mañana viene el dueño, ¿verdad? —preguntó Aurelio sin mirar atrás.
—Sí, viene a firmar el cierre de año —respondió Rodrigo con impaciencia—. ¿Y eso qué te importa a ti? No te vas a poder ni acercar a su camioneta.
Aurelio sonrió para sus adentros. Una sonrisa que Rodrigo no pudo ver, pero que habría hecho temblar sus cimientos de haberla notado.
El anciano regresó a su pequeña choza en el límite de la propiedad. Allí, entre las sombras, encendió una pequeña radio y se sentó a esperar.
No tenía miedo. El miedo es para los que tienen algo que ocultar, y Aurelio solo tenía la verdad de su lado.
Esa noche, mientras el capataz celebraba con whisky en la casa grande, el viejo peón miraba las estrellas, recordando cada piedra que se puso para construir esa hacienda hace cincuenta años.
Sabía que el amanecer traería justicia, pero no de la forma en que nadie se imaginaba.
La tensión en la hacienda se podía cortar con un cuchillo. Los demás peones notaban que algo pasaba. Veían a Aurelio demasiado tranquilo y a Rodrigo demasiado nervioso, a pesar de sus gritos.
La verdad estaba cocinándose a fuego lento, y el aroma empezaba a llenar el aire de «La Esperanza».
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