El sol apenas empezaba a asomarse por detrás de los cerros cuando el rugido de un motor potente rompió la calma de la mañana.
Una camioneta negra, impecable y blindada, cruzó el portón principal de la hacienda.
Rodrigo, que apenas había dormido un par de horas, salió corriendo a la entrada principal, ajustándose la camisa y tratando de ocultar las ojeras de la borrachera de la noche anterior.
—¡Rápido, formen a la gente! —gritaba Rodrigo a los gritos, pateando un balde que estorbaba en el camino—. ¡Quiero a todos en fila y con la cabeza baja!
Los trabajadores, cansados y con el estómago vacío, se alinearon frente a la casa grande.
Entre ellos estaba Aurelio. No llevaba su sombrero habitual, y vestía una camisa de lino blanca, vieja pero impecablemente limpia y planchada.
Rodrigo pasó por su lado y le susurró con veneno:
—Un solo ruido, viejo asqueroso, y te juro que hoy mismo duermes en la cárcel.
Aurelio no respondió. Simplemente lo miró con una paz que empezó a inquietar al capataz. ¿Por qué este hombre no tenía miedo?
La camioneta se detuvo. Un chofer bajó y abrió la puerta trasera.
De ella descendió un hombre joven, de unos treinta años, vestido con un traje que costaba más que toda la producción de maíz del mes. Era el «patrón», el heredero de la fortuna de los dueños originales.
Rodrigo se deshizo en atenciones, casi arrastrándose por el suelo.
—¡Bienvenido, Licenciado! —exclamó Rodrigo con una voz chillona—. Todo está listo. Los libros, las cuentas… aunque como le adelanté por teléfono, ha sido un año difícil. La sequía nos golpeó duro.
El Licenciado miraba a su alrededor con una expresión de indiferencia, hasta que sus ojos se cruzaron con la fila de trabajadores.
—¿Y esta gente? —preguntó el joven dueño—. ¿Por qué se ven tan delgados? Parece que no han comido bien.
Rodrigo sudó frío.
—Es el calor, Licenciado. Usted sabe cómo es la gente de aquí, son quejumbrosos por naturaleza. Pero yo me encargo de que tengan lo necesario.
En ese momento, Aurelio dio un paso al frente, rompiendo la fila.
—¡Atrás, peón! —rugió Rodrigo, lanzándose para sujetar al anciano—. ¡Perdone, Licenciado, este viejo está mal de la cabeza, ya lo íbamos a jubilar!
Pero Aurelio no se movió. Se quedó mirando fijamente al joven dueño de la hacienda.
—¿Así que la sequía nos golpeó duro, Rodrigo? —dijo Aurelio con una voz potente que no parecía la de un anciano—. Qué raro, porque yo vi los camiones salir llenos de grano cada noche por la puerta trasera.
El silencio que siguió fue sepulcral. Los demás trabajadores contuvieron el aliento.
Rodrigo, fuera de sí, levantó la mano para golpear a Aurelio, pero algo lo detuvo. No fue la mano de nadie, sino la mirada del Licenciado.
—Déjalo hablar —ordenó el dueño, con una curiosidad repentina.
—Licenciado, no le haga caso —suplicó Rodrigo—. Este hombre es un simple peón, un don nadie que solo quiere problemas porque ya no puede trabajar.
Aurelio soltó una risa irónica, la misma que le había dedicado al capataz en la bodega.
—¿Un don nadie? —preguntó Aurelio—. Rodrigo, me preguntaste anoche qué iba a hacer al respecto. Me dijiste que para el patrón yo era solo un número.
Aurelio caminó hacia el Licenciado, que se mantenía expectante.
—Dime, muchacho —dijo Aurelio dirigiéndose al dueño—, ¿todavía guardas el reloj de bolsillo que te regaló tu abuelo cuando cumpliste diez años? ¿Ese que tenía grabado un olivo en la tapa?
El rostro del Licenciado se puso pálido. Dio un paso hacia atrás, tropezando con la puerta de la camioneta.
—¿Cómo… cómo sabe usted eso? —tartamudeó el joven—. Ese reloj se perdió hace años, cuando mi abuelo…
—Tu abuelo no lo perdió —lo interrumpió Aurelio—. Él me pidió que lo guardara hasta que el verdadero heredero de esta tierra demostrara que tenía el corazón para gobernarla, y no solo la billetera para administrarla.
Rodrigo estaba confundido. El miedo empezó a trepar por su espalda como una serpiente de hielo.
—¿De qué habla este viejo loco? —gritó el capataz—. ¡Seguro se lo robó! ¡Policía! ¡Llamen a la policía!
—¡Cállate, Rodrigo! —gritó el Licenciado, cuya voz ahora temblaba, pero de emoción—. Usted… usted no puede ser…
Aurelio metió la mano en el bolsillo de su pantalón de tela gruesa y sacó un objeto envuelto en un pañuelo de seda.
Al abrirlo, el sol de la mañana se reflejó en el oro de un reloj de bolsillo antiguo. En la tapa, un olivo perfectamente grabado brillaba con luz propia.
—Tu abuelo, mi hermano mayor, siempre supo que tú tendrías buen corazón, pero que eras fácil de engañar —dijo Aurelio—. Por eso me pidió que me quedara aquí, entre la gente, como un simple peón. «Vigila la tierra, Aurelio», me dijo antes de morir. «Vigila que nadie marchite lo que tanto nos costó sembrar».
Rodrigo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Aurelio no era un «pobre diablo».
Era el dueño silencioso del 50% de las acciones de la hacienda. Era el cofundador de «La Esperanza». Era el hombre que legalmente podía deshacer a Rodrigo con un solo movimiento de pluma.
El capataz empezó a temblar. Sus manos, que antes acariciaban billetes robados, ahora buscaban desesperadamente algo de qué sostenerse.
—Don Aurelio… yo… yo no sabía… fue un malentendido —balbuceó Rodrigo, cayendo de rodillas sobre la tierra que tanto había despreciado.
—No fue un malentendido, Rodrigo —dijo Aurelio, acercándose al hombre caído—. Fue una traición. No a mí, sino a cada hombre y mujer que se rompe la espalda aquí todos los días.
El Licenciado se acercó al anciano y, ante la mirada atónita de todos, lo abrazó con lágrimas en los ojos.
—Tío… pensamos que te habías ido al extranjero, que no querías saber nada de la familia…
—Nunca me fui, sobrino —respondió Aurelio—. He estado aquí, viendo cómo este hombre destruía tu legado y el mío. He estado esperando el momento en que la ambición lo hiciera cometer el error definitivo.
Rodrigo intentó levantarse para huir hacia su oficina, quizás para recuperar el maletín con el dinero, pero dos de los trabajadores más fuertes, don Julián y el hijo de doña Rosa, le cerraron el paso.
Ya no le tenían miedo. El velo se había caído.
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