Continuamos con la historia justo en el momento del impacto de la noticia…
La palabra «murió» pareció rebotar en las paredes de oro y cristal del gran salón, distorsionándose hasta convertirse en un zumbido ensordecedor en los oídos de Rodolfo. El tiempo se detuvo. La copa de champán que sostenía cayó finalmente de sus dedos, estallando contra el suelo y salpicando sus zapatos de charol. Nadie se movió. Ni siquiera los guardias de seguridad, que hasta hace un segundo forcejeaban con el joven, se atrevieron a completar el desalojo.
Rodolfo sintió que el aire se volvía denso, como si el oxígeno se hubiera transformado en plomo. Miró la fotografía que yacía a sus pies. En la imagen, Elena, la mujer que alguna vez fue su mundo antes de que la ambición lo cegara, lo miraba con esos ojos llenos de esperanza que él se había encargado de apagar con su ausencia. La fecha escrita al reverso de la foto, visible a través del plástico, parecía quemarle la vista. Era el día en que él la abandonó con una maleta llena de promesas rotas y un niño de dos años en brazos.
—¿Qué… qué dijiste? —balbuceó Rodolfo, y por primera vez en toda la noche, su voz perdió la autoridad. Ya no era el magnate poderoso, era un hombre enfrentándose al fantasma de sus propias decisiones.
Mateo no respondió de inmediato. Se quedó mirando a su padre, viendo cómo la máscara de perfección se resquebrajaba. El joven recordaba cada noche que su madre pasó despierta, tosiendo, mientras intentaba convencerlo de que su padre era un buen hombre, que simplemente estaba «ocupado construyendo un futuro para ellos». Mateo recordaba el frío de la casa cuando no había para la calefacción, mientras veía en las noticias cómo Rodolfo inauguraba una nueva torre de oficinas con calefacción central y mármol italiano.
—Lo que oíste —repitió Mateo, con una amargura que le raspaba la garganta—. Se fue. Se fue esperando que el teléfono sonara una última vez. Se fue preguntando si habías recibido las cartas que te enviamos cuando la enfermedad empezó a devorarla. Pero claro, tus secretarios deben tener una orden muy clara de tirar a la basura cualquier sobre que no huela a dinero.
Rodolfo sintió un nudo en la garganta que le impedía tragar. Las cartas. Recordó, con una punzada de culpa, haber visto sobres con caligrafía familiar sobre su escritorio hace meses. Los había tirado sin abrirlos, convencido de que eran intentos de Elena por pedirle dinero, una interrupción molesta en su ascenso al poder. Nunca imaginó que eran despedidas. Nunca pensó que el tiempo, ese recurso que él creía dominar con sus relojes de lujo, se le había terminado a ella.
—Yo… yo no sabía que estaba enferma —susurró Rodolfo, tratando de dar un paso hacia su hijo, pero Mateo retrocedió, como si el contacto con su padre fuera veneno.
—No sabías porque no quisiste saber —replicó el joven, mientras las lágrimas finalmente empezaban a rodar por sus mejillas, trazando surcos limpios en su rostro manchado de lluvia—. Viniste aquí a celebrar tu éxito, pero mira a tu alrededor. ¿Quién de estas personas te quiere de verdad? Si mañana perdieras todo este oro, ¿quién se quedaría a tu lado como ella lo hizo cuando no tenías nada?
Los invitados, antes críticos y burlones, ahora bajaban la mirada. La atmósfera se había vuelto asfixiante. La opulencia del lugar ahora se sentía obscena frente al dolor crudo de un hijo huérfano. Don Rodolfo miró a sus socios, a sus «amigos» de la alta sociedad, y por primera vez vio lo que realmente eran: buitres esperando que él diera un paso en falso para devorar su parte del pastel. Ninguno de ellos le ofreció una palabra de consuelo. Solo había curiosidad morbosa.
—Mateo, hijo… por favor, hablemos en privado —pidió Rodolfo, extendiendo una mano temblorosa.
—¿Privado? —Mateo soltó una carcajada seca y dolorosa—. Ahora quieres privacidad. Cuando me empujaste al suelo frente a todos, no te importó mi privacidad. Cuando dejaste que mamá muriera en una cama de hospital público mientras tú comprabas este salón para una fiesta, no te importó la privacidad.
El joven se dio la vuelta, dispuesto a marcharse, pero algo lo detuvo. Se giró una última vez, viendo a su padre desmoronarse en medio de la luz de las lámparas de araña. Rodolfo se había dejado caer en una silla cercana, cubriéndose el rostro con las manos. Los sollozos del hombre, profundos y roncos, rompieron el último rastro de elegancia de la velada.
—Ella sabía que me ibas a rechazar —continuó Mateo, bajando el tono, haciendo que sus palabras fueran solo para ellos dos—. Me lo dijo antes de cerrar los ojos. «Mateo, tu padre ya no nos ve, porque tiene los ojos llenos de luz artificial». Pero aun así, me pidió que te entregara esto.
Mateo sacó un sobre pequeño de su bolsillo. Estaba seco, a diferencia de su ropa. Lo había guardado con un celo sagrado. Caminó hacia la mesa principal y lo dejó justo al lado del contrato millonario que Rodolfo estaba a punto de firmar.
—Es la última carta que escribió —dijo Mateo—. Pero no te molestes en abrirla si no vas a cambiar. Ella no pide dinero, ni herencias. Ella solo pide que, por una vez en tu vida, dejes de ser un hombre de negocios y te atrevas a ser un hombre.
Rodolfo miró el sobre. Su nombre estaba escrito con la letra suave y elegante de Elena. Sintió un pánico atroz. Sabía que lo que había dentro de ese sobre tenía el poder de destruir por completo la vida que había construido, porque le recordaría al hombre que solía ser, al hombre que amaba la poesía y los paseos por el parque, antes de que el hambre de poder lo transformara en este monstruo de traje caro.
Mateo comenzó a caminar hacia la salida. Los guardias se apartaron de su camino con respeto, casi con reverencia. El joven caminaba con la espalda erguida, cargando con un dolor que lo hacía parecer mucho más viejo de lo que era. Al llegar a la puerta, se detuvo y miró el cielo oscuro, donde la lluvia seguía cayendo con fuerza.
Rodolfo se puso en pie, con el sobre en la mano. Sus socios lo llamaban, recordándole que el notario estaba esperando, que los millones estaban en juego, que no podía dejar que una «escena familiar» arruinara el trato del siglo.
—¡Rodolfo! —gritó su socio principal, un hombre gordo y de ojos pequeños—. Olvida esto, firma el papel. El muchacho se irá y mañana nadie recordará nada. Tenemos un imperio que manejar.
Rodolfo miró el contrato. Miró el sobre de Elena. Miró a su hijo que ya se perdía entre las sombras de la calle. En ese momento, un silencio absoluto volvió a reinar en el salón, un silencio cargado de una tensión que parecía a punto de estallar en mil pedazos.
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