El silencio se prolongó por lo que parecieron horas, aunque apenas fueron unos segundos. Los invitados de la mansión vecina, que habían salido al balcón atraídos por el escándalo, observaban la escena como si fuera una tragedia griega representada en vivo.
Isabella retrocedió un paso. Sus tacones de diseñador se hundieron en el césped perfectamente podado, el mismo césped que Mateo cuidaba con tanto esmero.
—Alberto… no seas ridículo —balbuceó ella, forzando una risa nerviosa que sonó como cristales rotos—. Me has asustado con ese tono. No voy a dignificar las calumnias de este muchacho subiéndome bajo presión. Además, me siento mal… creo que la presión me ha bajado por el disgusto. Necesito entrar a la casa y tomar un poco de agua.
Alberto no se movió. Su mirada estaba fija en el bolso de mano de Isabella, que ella apretaba contra su pecho como si fuera un escudo.
—Isabella, solo es un vuelo de veinte minutos —dijo Alberto, su voz ahora era un susurro peligroso—. Dijiste que el contrato con los asiáticos era vital. Dijiste que nuestro futuro dependía de esto. Si no hay nada que temer, ¿por qué tiemblas de esa manera?
—¡No estoy temblando! —gritó ella, perdiendo por fin la compostura—. ¡Estoy indignada! ¡Estoy herida de que dudes de mí por culpa de un empleado! ¡Después de quince años de matrimonio, esto es una bofetada en mi rostro!
Don Alberto ignoró el drama. Hizo una seña a Rodolfo, su jefe de seguridad personal, un hombre que lo había acompañado desde sus inicios en los barrios más duros de la ciudad.
—Rodolfo, trae al perro de explosivos. Y llama al equipo de desactivación de la policía estatal. Diles que tengo una sospecha fundada de un artefacto en mi aeronave privada.
Al escuchar la palabra «policía», Isabella se desmoronó. No de la forma en que una víctima se desmorona, sino como lo hace un criminal que sabe que el juego ha terminado. Sus ojos vagaron frenéticamente por el jardín, buscando una salida, una ruta de escape que no existía.
—¡No puedes hacerme esto! —gritó ella, viendo cómo Rodolfo ya estaba al teléfono—. ¡Soy tu esposa! ¡Tengo derechos!
—Tuviste el derecho de amarme, Isabella —respondió Alberto, y por primera vez, el dolor se filtró en su voz—. Tuviste el derecho de disfrutar de todo lo que construí. Pero parece que no era suficiente para ti. Querías el imperio completo, ¿verdad? Y lo querías sin el viejo estorbándote en el camino.
En ese momento, Mateo se acercó a Alberto. El joven todavía jadeaba, el esfuerzo de haber corrido desde el hangar, que estaba a casi dos kilómetros de la casa principal, le estaba pasando factura.
—Patrón, el mecánico… el hombre que estaba con ella… lo vi salir en una camioneta negra hace diez minutos. Llevaba una maleta. No creo que se haya ido muy lejos.
Alberto asintió y le dio una instrucción rápida a otro de sus hombres para que cerraran las puertas de la hacienda. Nadie salía y nadie entraba hasta que se aclarara la situación.
Diez minutos después, el ambiente era eléctrico. Un camión de la unidad antiexplosivos entró estrepitosamente por el camino principal, seguido de dos patrullas. Los vecinos y curiosos grababan todo con sus celulares. La historia del millonario y la traición ya estaba empezando a filtrarse en las redes, pero lo que estaba por descubrirse superaría cualquier ficción.
El oficial a cargo, un hombre de rostro curtido llamado Capitán Mendoza, se acercó a Alberto.
—Señor, necesitamos que todos se alejen al menos cien metros del helicóptero. Vamos a proceder con la inspección técnica.
Isabella, que ahora estaba sentada en un banco de piedra bajo la vigilancia de dos guardaespaldas, intentó una última jugada.
—Capitán, esto es un error —dijo con voz melodramática, secándose lágrimas que no existían—. Mi marido ha estado bajo mucho estrés. Ha estado teniendo alucinaciones. Este muchacho, el empleado, solo quiere extorsionarnos. Por favor, llévense a ese chico y dejen que mi marido descanse.
El Capitán Mendoza miró a Isabella, luego a Mateo y finalmente a Alberto.
—Haremos nuestro trabajo, señora. Los hechos hablarán por sí solos.
Un pequeño robot, controlado remotamente por uno de los técnicos, se deslizó bajo el helicóptero. Las cámaras transmitían en tiempo real a una pantalla que el Capitán Mendoza observaba con atención. Alberto se acercó para mirar, ignorando las advertencias de seguridad.
En la pantalla, entre los cables del sistema de navegación, justo debajo del asiento del piloto pero con carga suficiente para destruir toda la cabina principal, se veía un bloque de material plástico envuelto en cinta aislante negra. Un detonador remoto brillaba con una pequeña luz roja, como el ojo de un demonio esperando su momento.
—¡Santo Dios! —exclamó el técnico—. Capitán, es un dispositivo de alta gama. Activación por radiofrecuencia o por altímetro. Si esa nave subía a más de 500 pies, el cambio de presión habría cerrado el circuito.
El silencio que siguió fue absoluto. Alberto sintió que el corazón se le detenía. No era solo la idea de su propia muerte lo que lo abrumaba, sino la confirmación de que la mujer con la que compartía su cama, sus sueños y sus secretos, era la persona que había presionado el interruptor de su ejecución.
Alberto se giró lentamente hacia Isabella. Ella ya no lloraba. Su rostro se había transformado en una máscara de odio puro. Al verse descubierta, la fachada de «esposa elegante» desapareció, dejando ver al monstruo que habitaba en su interior.
—¿Por qué, Isabella? —preguntó Alberto, su voz apenas un susurro—. Tenías todo. Todo lo que el dinero puede comprar, y más importante, tenías mi respeto y mi amor. ¿Por qué querías matarme?
Isabella se puso de pie, sacudiéndose el polvo de su vestido. Ya no tenía sentido mentir.
—¿Tu amor? —escupió ella con un desprecio que hizo retroceder a los presentes—. Tu «amor» era una cárcel de oro, Alberto. Estoy harta de tus historias de «cómo empecé desde abajo», harta de tus cenas benéficas, harta de esperar a que un viejo como tú se decidiera a morir por causas naturales. Quería mi libertad, quería mi dinero y lo quería ahora.
—¿Y el mecánico? —preguntó Alberto—. Mateo dice que estabas con él.
Isabella soltó una carcajada amarga.
—Él me da lo que tú nunca pudiste, Alberto. Él tiene fuego en la sangre, no solo números y balances en la cabeza. Él y yo nos íbamos a encargar de administrar tu fortuna mucho mejor de lo que tú lo hiciste. Lástima que este estúpido campesino se metió donde no lo llamaban.
Señaló a Mateo con un dedo cargado de veneno.
—Debí haberte matado a ti primero, muchacho.
El Capitán Mendoza hizo una seña a sus oficiales.
—Isabella Montenegro, queda usted bajo arresto por intento de homicidio en primer grado y posesión de artefactos explosivos. Tiene derecho a guardar silencio…
Mientras le ponían las esposas, Isabella seguía gritando maldiciones, prometiendo que saldría libre en menos de una semana y que se vengaría de todos. Alberto la vio ser arrastrada hacia la patrulla, sintiendo que una parte de su vida se cerraba para siempre. Pero la sorpresa final todavía estaba por llegar, algo que ni siquiera el propio Mateo sabía.
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