La atmósfera en la mansión se volvió asfixiante. Doña Beatriz se dejó caer en una silla, su arrogancia habitual reemplazada por una palidez cadavérica. Sus manos temblaban tanto que tuvo que entrelazarlas sobre su regazo.
«No puedes tener nada», susurró Beatriz, apenas audible. «Esas cámaras… esas cámaras no funcionan en la oscuridad total».
Mateo sonrió con amargura. «Son cámaras de visión térmica, Patrona. Detectan el calor corporal. Y lo que muestran es escalofriante. Muestran a alguien que conoce perfectamente los códigos de seguridad, alguien que no tuvo que forzar ninguna cerradura».
Rosa, que aún no terminaba de procesar lo que estaba escuchando, se acercó a Mateo. «¿Quién fue, Don Mateo? Por favor, dígame que no fue un accidente. La niña… Sofía pudo haber muerto».
Mateo suspiró y encendió la pantalla, dándole la vuelta para que ambas mujeres pudieran ver. En el video, granulado pero claro en sus formas de calor, se veía la habitación de la pequeña. La cuna estaba en un rincón. De repente, la puerta se abría con una lentitud calculada.
Una figura humana entraba. No era una figura pequeña, era alguien alto. La persona se acercaba a la cuna. En sus manos llevaba una bolsa de tela. Con una frialdad que helaba la sangre, volcaba el contenido de la bolsa dentro de la cuna, justo donde la pequeña Sofía dormía plácidamente.
Rosa ahogó un grito, llevándose las manos a la boca. «¡No! ¡Dios mío, no!»
Pero lo más impactante no fue el acto en sí, sino lo que sucedió después. La figura se quedó de pie junto a la cuna durante varios minutos, observando. No había prisa, no había arrepentimiento. Estaba esperando a que el animal hiciera su trabajo.
«Esa estatura… ese caminar…», balbuceó Rosa, reconociendo los movimientos. «Ese es… ¿Don Ricardo?».
Doña Beatriz cerró los ojos con fuerza, como si quisiera borrar la imagen de su mente. El silencio confirmó la sospecha de Rosa. Don Ricardo, el padrastro de Sofía y actual esposo de Beatriz, era quien aparecía en el video.
«¿Por qué?», preguntó Rosa, cayendo de nuevo de rodillas, pero esta vez no por miedo a su jefa, sino por el horror de la maldad humana. «¿Por qué le haría eso a una niña que lo llamaba papá?».
Mateo guardó el teléfono. «La respuesta es siempre la misma en esta casa, Rosa: el dinero. He estado investigando por mi cuenta desde que escuché a Don Ricardo discutir con los abogados la semana pasada».
Beatriz levantó la mirada, sus ojos llenos de una comprensión tardía y dolorosa. «El fideicomiso», dijo con voz hueca.
«Exacto», confirmó Mateo. «El testamento del difunto padre de Sofía era muy claro. Si a la niña le pasaba algo antes de cumplir los cinco años, la fortuna entera, incluyendo esta mansión y las acciones de la empresa, pasarían directamente al esposo de la viuda, sin restricciones. Sofía cumple cinco años el próximo mes».
El plan era perfecto y macabro. Si Sofía moría por una «picadura accidental» de una víbora que supuestamente entró del jardín, Ricardo se convertiría en el hombre más rico del país. Y lo mejor para él: la culpa recaería sobre Rosa, la niñera «descuidada», a quien Beatriz ya estaba lista para destruir legalmente.
Beatriz se puso de pie, pero esta vez no miró a Rosa con desprecio. La miró con una vergüenza profunda. Se dio cuenta de que había estado a punto de enviar a la cárcel a la única persona que realmente amaba a su hija, mientras dormía con el monstruo que intentó asesinarla.
«Yo… yo no sabía», alcanzó a decir Beatriz, su voz quebrándose. «Él me dijo que se iba de viaje… me dijo que Rosa estaba siendo descuidada últimamente… él me metió esas ideas en la cabeza para que yo reaccionara así».
«Usted dejó que su orgullo la cegara, Patrona», dijo Mateo sin rodeos. «Prefirió creer lo peor de una mujer humilde que cuestionar al hombre que le daba lujos».
De repente, el sonido de un motor se escuchó en la entrada principal. Un auto de lujo frenaba bruscamente sobre la grava. El corazón de todos los presentes dio un vuelco. Era Ricardo.
Había regresado, probablemente esperando encontrar la casa en luto, listo para consolar a su esposa y comenzar los trámites para reclamar su herencia ensangrentada.
«No dejen que entre», gritó Rosa, el instinto de protección hacia la niña transformándose en una fuerza que nunca supo que tenía. «¡No dejen que ese hombre vuelva a tocar nada en esta casa!».
Mateo se interpuso en la puerta. «Tranquila, Rosa. Ya llamé a las autoridades. Y no vienen solos. Vienen con la orden de captura que mi hermano, que es fiscal, procesó en cuanto le envié el video hace diez minutos».
Ricardo entró en la estancia con una expresión de fingida preocupación. «¿Qué pasa? Beatriz, mi amor, me enteré de lo de la niña por un mensaje de la seguridad… ¿Cómo está mi pequeña?».
El cinismo en su voz era tal que incluso los empleados en el fondo soltaron un gemido de indignación. Ricardo miró a Rosa y fingió indignación. «¿Todavía está esta mujer aquí? ¡Debería estar tras las rejas por lo que le pasó a Sofía!».
Beatriz se acercó a él. Por un segundo, Ricardo pensó que ella iba a abrazarlo buscando consuelo. Pero en lugar de eso, Beatriz le asestó una bofetada tan fuerte que el sonido resonó en todo el vestíbulo.
«La única persona que irá tras las rejas hoy, Ricardo, eres tú», dijo Beatriz con una frialdad que ahora no iba dirigida a los inocentes, sino al verdadero culpable.
Ricardo intentó retroceder, buscando una salida, pero Mateo le cerró el paso. En ese momento, las luces azules y rojas de las patrullas comenzaron a iluminar los ventanales de la mansión. El juego se había acabado.
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