Don Julián soltó una risa seca, una de esas risas que usan los que se creen intocables para ocultar que, por dentro, algo les dice que han cometido un error. Se ajustó los puños de la camisa, mirando con desprecio el rastro de vino que ya se estaba secando sobre la seda clara.
—¿Que si la toqué? —repitió con tono burlón—. Le di el correctivo que se merecía. En mis empresas, la gente aprende a trabajar por las buenas o por las malas. Y esta… esta empleaducha necesitaba recordar cuál es su lugar. Se me echó encima como una torpe. Agradece que no le pida que me pague la tintorería, aunque dudo que tenga para comer si lo hace.
Mateo cerró los puños a los costados de su cuerpo. Podía sentir el pulso en sus sienes. Cada fibra de su ser quería reaccionar de forma violenta, quería devolverle a ese hombre el dolor que le había causado a Elena. Pero sabía que si lo hacía, el villano ganaría. Si Mateo golpeaba a un cliente, Don Julián tendría la excusa legal perfecta para destruir no solo sus carreras, sino también sus vidas.
Elena, al sentir la tensión de Mateo, se acercó un paso y le rozó el brazo con la punta de los dedos. Fue un gesto casi imperceptible, un ruego silencioso para que no perdiera la cabeza.
—Mateo, por favor… —susurró ella—. No vale la pena. Vámonos.
Don Julián arqueó una ceja, captando algo en el tono de voz de la camarera. Una chispa de malicia brilló en sus ojos pequeños y hundidos.
—Vaya, vaya… ¿»Mateo»? ¿Desde cuándo las sirvientas llaman por su nombre de pila al gerente? —Julián soltó una carcajada hiriente—. Ya entiendo. Con razón la defiendes tanto. ¿Es tu jueguito de la tarde? ¿O es que el restaurante también ofrece «servicios adicionales» con el personal de limpieza?
En ese momento, el silencio del restaurante se transformó en un murmullo de indignación. Incluso los clientes más apáticos se removieron incómodos en sus sillas. El insulto era demasiado bajo, incluso para alguien con la reputación de Julián Valenzuela.
Mateo respiró hondo. Su rostro, antes pálido, ahora estaba extrañamente sereno. Esa era la calma que precede a la tormenta más devastadora. Se acercó un paso más a Don Julián, invadiendo su espacio personal, obligando al hombre a levantar la barbilla para sostenerle la mirada.
—Usted no entiende nada de lo que está pasando aquí, ¿verdad, Don Julián? —dijo Mateo, con una voz tan baja que solo los de la mesa de al lado podían oír, pero con una intensidad que hacía vibrar el aire—. Usted cree que el dinero le da el derecho de ser un animal. Usted cree que porque tiene unos cuantos millones en el banco, las personas que le sirven son objetos sin nombre, sin familia y sin dignidad.
—No me vengas con discursos de moralidad, muerto de hambre —interrumpió Julián, aunque su voz ya no sonaba tan segura—. Haz lo que te pedí. Despídela ahora mismo o mañana estarás tú en la calle buscando trabajo en una gasolinera.
Mateo sonrió. No fue una sonrisa de alegría, sino la sonrisa de alguien que tiene un as bajo la manga y está a punto de jugarlo para terminar la partida de una vez por todas.
—No puedo despedirla, Don Julián. Y no es porque no quiera complacer a un «cliente» tan distinguido como usted —Mateo hizo una pausa dramática, mirando a Elena con un orgullo infinito—. No puedo despedirla porque ella no es solo una empleada de este lugar.
Don Julián frunció el ceño, confundido.
—¿De qué hablas? ¿Es la sobrina del dueño o qué? Me importa un bledo.
—No —respondió Mateo, elevando la voz para que ahora sí, hasta la última persona en la cocina pudiera escucharlo—. Ella es Elena. Es graduada en administración de empresas con honores. Está trabajando aquí, pasando por cada puesto del restaurante, desde la cocina hasta las mesas, porque ella y yo somos los dueños de esta franquicia. Ella es la mujer que diseñó el menú que usted tanto disfrutó hace unos minutos. Ella es la que decidió invertir sus ahorros de toda la vida para crear un lugar donde la gente fuera tratada con respeto.
El rostro de Don Julián pasó del rojo de la ira al blanco del papel en un segundo. Sus ojos saltaron de Mateo a Elena. La mujer, que hasta hace un momento parecía pequeña y vulnerable, enderezó la espalda. Se limpió la última lágrima y miró al hombre con una dignidad que lo hizo sentir diminuto.
—Pero más importante que eso, caballero —continuó Mateo, y aquí su voz se volvió de acero—, ella es mi esposa. La mujer que me ha acompañado desde que no teníamos nada. Y usted acaba de cometer el error más grande de su miserable vida: le pegó a mi esposa frente a todos estos testigos.
—Yo… yo no sabía… —balbuceó Julián, su arrogancia desinflándose como un globo pinchado—. Fue un malentendido. Ella me tiró el vino, yo reaccioné por instinto… fue el susto…
—¿Instinto? —preguntó Elena, hablando por primera vez con firmeza—. Su instinto es golpear a quien considera inferior. Su instinto es humillar a quien no puede defenderse. Pero hoy se equivocó de blanco.
Don Julián intentó recuperar la compostura. Buscó desesperadamente en su mente una forma de arreglarlo. El dinero. Siempre era el dinero.
—Miren, lo siento. Fue un exceso —dijo, sacando su billetera de piel de cocodrilo—. Pongámosle un precio a esto. Diez mil dólares. Ahora mismo. Olvidemos este incidente, me compro un traje nuevo y todos felices. ¿Qué les parece?
Mateo miró la billetera y luego volvió a mirar a Julián. Una risa amarga escapó de sus labios.
—Usted realmente no aprende, ¿verdad? Cree que todo tiene un precio. Pero lo que usted no sabe es con quién estaba hablando hoy antes de venir a cenar.
Julián se quedó helado.
—¿A qué te refieres?
—Usted está buscando financiamiento para su nuevo proyecto inmobiliario en el sector norte, ¿no es así? —preguntó Mateo con una calma aterradora—. Necesita la aprobación del Grupo Inversor del Sur.
Don Julián tragó saliva con dificultad. Su imperio estaba pasando por una crisis de liquidez y ese préstamo era su única tabla de salvación. Si no lo conseguía, perdería sus propiedades, sus autos y esa aura de poder que tanto le gustaba ostentar.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Julián, con un hilo de voz.
—Porque el presidente de ese grupo inversor es mi padre —respondió Mateo—. Y da la casualidad de que hoy cenamos juntos para discutir precisamente su solicitud, Don Julián. Él me pidió mi opinión sobre su carácter, sobre si usted era un hombre de confianza para otorgarle un crédito de esa magnitud.
El silencio volvió a reinar en el restaurante, pero esta vez era un silencio cargado de una justicia inminente. Julián sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Mateo… por favor… fue un arrebato… no podemos mezclar los negocios con un pequeño altercado en un restaurante —suplicó Julián, su voz ahora era un quejido patético.
Mateo sacó su teléfono celular del bolsillo. Marcó un número y puso el altavoz. El restaurante entero contenía la respiración mientras se escuchaban los tonos de llamada.
—¿Hola, hijo? —respondió una voz profunda y autoritaria desde el otro lado—. ¿Cómo va la cena con Elena? ¿Ya terminaron? Estaba revisando los papeles de ese tal Valenzuela que me mencionaste.
Mateo miró fijamente a Don Julián, quien estaba sudando frío, con las manos temblorosas.
—Hola, papá. Mira, te llamo porque acabo de tomar una decisión sobre el señor Valenzuela. Estoy aquí con él en el restaurante… y acaba de ocurrir algo que debes saber.
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