La pregunta que nadie se atrevió a hacerle al líder del penal: ¿y si el nuevo sí sabe jugar?

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Ya viste la chispa, ahora te toca sentir el incendio completo.

Don Chucho, el veterano que vende los dulces en la tienda del penal, no se perdió ni un solo movimiento. Estaba ahí, con su canasta de plastico desgastado, cuando el pelo de la nuca se le puso de punta.

Ni siquiera parpadeó cuando el niño ese, flaquito y con la camiseta blanca que le quedaba grande, le habló así de frente al Gordo Gómez. Nadie le habla así al Gordo Gómez, ni los de afuera.

El Gordo se rio y se rascó el cuello sudado. Los otros tres grandotes que lo seguían a todos lados también se rieron, pero les salió la risa como desafinada, como si el eco les llegara tarde.

Don Chucho tragó saliva y apretó su canasta contra el pecho. Algo le dijo que aquello no iba a terminar en una simple patada al balón.

La tarde caía sobre el patio de tierra seca, ese pedazo de mundo que huele a cemento mojado y a tabaco barato. El sol se escondía tras las rejas del fondo, tirando sombras largas que se estiraban como dedos flacos.

El nuevo, al que llamaban el Chilango porque hablaba cantadito y arrastraba la erre como los de su tierra, no había soltado el balón ni un segundo.

Ni un segundo.

Lo tenía agarrado bajo el brazo como quien protege un tesoro, como si aquella pelota vieja, desinflada y manchada de lodo, fuera lo único que le quedaba en la vida.

Quizá lo era.

Porque el Chilango llevaba apenas tres días en ese lugar, y ya se había dado cuenta de que aquí las posesiones se cuentan por horas. Todo se pierde, todo se cambia, todo se olvida. Menos el orgullo. Eso nunca se pierde, ni siquiera en la cárcel.

Los demás reclusos empezaron a arremolinarse en el costado de la cancha. Unos se sentaron en llantas viejas, otros se recargaron en la pared descascarada. Todos querían ver qué pasaba con el atrevido que le había plantado cara al Gordo.

El Gordo Gómez tenía cuatro apodos, pero nadie usaba los otros tres en su cara. Medía uno ochenta y cinco, pesaba más de ciento veinte kilos y tenía las manos como palas de construcción. Las cicatrices en sus antebrazos contaban historias que prefería no repetir.

Llevaba diez años en ese penal, y era dueño de la cancha de fútbol desde que los guardias le tenían miedo de verdad.

—Mira, flaco —dijo el Gordo, y su voz salió como un trueno perezoso—. Aquí las reglas las pongo yo. Tú no juegas, no ves, y si te descuidas, ni respiras en mi horario.

El Chilango no desvió la mirada.

—¿Y por qué? —preguntó, con una tranquilidad que heló la sangre de Don Chucho.

—Porque yo lo digo. Esto es mi cancha. Mis reglas. Mis jugadores.

El Chilango giró el balón entre sus manos y se rio. Una risa cortita, orgullosa, sin miedo.

—Ah, conque el miedo.

—¿Qué dijiste?

—Digo que parece que le tienes miedo a jugar conmigo. Que te asusta que el flaquito nuevo te haga quedar mal.

La cancha entera enmudeció. Hasta los pájaros que revoloteaban en los cables del alumbrado dejaron de cantar.

El Gordo entrecerró los ojos. Se le movió el músculo de la mandíbula, ese que se mueve justo antes de que alguien salga lastimado.

—¿Yo? —El Gordo se señaló el pecho con el pulgar—. ¿Miedo de ti? Mira, niño, ni en la cancha ni en la cama vas a durar un minuto contra mí y mis muchachos.

El Chilango sonrió de lado, con una seguridad que a Don Chucho le pareció o demasiado valiente o demasiado estúpida.

—¿Y si no es un minuto lo que duro, sino noventa? —respondió, y aventó el balón al piso para hacer un par de malabares con los pies, como quien no quiere la cosa.

El balón le obedecía. Volaba pegado a sus piernas flacas, subía, bajaba, rodaba entre sus tobillos, como si tuvieran un pacto secreto.

El Gordo Gómez frunció el ceño. No era tonto. Sabía reconocer a un jugador de verdad cuando lo veía.

El Chilango entonces miró directo a la cámara del techo, la que siempre grababa todo, y dijo:

—Si quieren ver cómo humillo a estos cuatro señores jugando al fútbol, denle like al video y miren el primer comentario.

Y se quedó así, con los pies moviendo el balón sin esfuerzo, mientras el Gordo y sus hombres lo miraban como venenos en botella.

El primero en moverse fue el Morro, un costeño joven con tatuajes de lágrimas en la cara que había llegado al penal por una historia que no quería contar. Dio un paso adelante y escupió al suelo.

—¿Vos deliras, o qué, marica? —dijo con la voz áspera de quien ha pasado días sin beber agua—. A mí no me viene a humillar ningún chamaquito de ciudad.

El Chilango ni se inmutó. Agarró el balón con una mano y respondió:

—No digo que sea fácil. Digo que la preguntita queda en el aire: ¿le entran o no le entran?

El Morro miró al Gordo. El Gordo miró al Morro. Cuchichearon entre ellos, y Don Chucho alcanzó a escuchar el murmullo de que iban a «darle una lección al nuevo».

Entonces las bocinas del penal sonaron, y la hora de la cena los separó. Pero ninguno de los tres dejó de mirar al Chilango mientras se alejaba hacia el comedor, con el balón debajo del brazo, silbando una canción que nadie reconoció.

Don Chucho se persignó, cosa que no hacía desde el día que recibió la carta de su hermana contándole que su vieja había muerto.

Algo estaba a punto de pasar. Algo grande.

El reloj de la torre marcaba las siete con veinte cuando el patio se vació. Pero la tensión se quedó flotando, como humo de cigarro en un cuarto cerrado.

A la mañana siguiente, el sol salió más hambriento que nunca. La primera luz pegó en los barrotes de las celdas y encontró al Gordo Gómez haciendo lagartijas en el pasillo central, con su torso sudado brillando bajo las lámparas fluorescentes.

No lo hacía por disciplina. Lo hacía para que todos lo vieran. Para que el Chilango entendiera lo que le esperaba.

El Chilango, sin embargo, apareció en el comedor con el pelo todo hecho un desastre y los ojos bien abiertos, como quien ha dormido profundo. Y lo primero que hizo fue preguntarle al encargado de la cocina:

—Oiga, don, ¿y la cancha tiene red?

El encargado casi se atraganta con el café.

—¿De qué hablas?

—De la cancha. De fútbol. La de allá atrás. ¿Tiene red en las porterías?

—Pues… no. Nunca ha tenido red. ¿Para qué?

—Porque si no tiene red, va a ser difícil sacar el balón cuando pase a la casa del vecino.

Don Chucho, que desayunaba en la mesa de al lado con su pan duro y su aguapanela, tosió para disimular la risa. Nadie le decía eso al Gordo. Nadie.

El Gordo también escuchó. Terminó su lagartija número treinta y se levantó con una calma que asustaba más que un grito.

—Flaco —dijo acercándose al Chilango—, como sigas de payaso, te voy a acomodar la cara para que ni tu madre te reconozca.

El Chilango levantó la mirada, con la cuchara a medio camino entre el plato y la boca.

—Ay, don Gordo —contestó con dulzura—. ¿Y si de tanto miedo que me tiene, mejor me invita a jugar con ustedes y listo?

La mesa entera contuvo la respiración.

—A ver —dijo el Gordo, riéndose de nuevo, pero con una risa incómoda—. Entiendo que seas nuevo. Que no conozcas las reglas de este lugar. Que no sepas quién soy yo en este corredor.

—Sí sé quién es usted —respondió el Chilango sin pestañear—. Es el que tiene miedo de jugar contra un niño flaco de la ciudad.

Y se llevó la cuchara a la boca, sin soltar la sonrisa.

El Gordo Gómez se quedó mirándolo varios segundos. Don Chucho pensó que ahí mismo iba a haber sangre. Pero el Gordo hizo algo inesperado: se giró hacia su grupo, y con un gesto de cabeza, los llamó.

Los cuatro se agruparon en la esquina del comedor, hablando en voz baja. De vez en cuando uno miraba de reojo al Chilango. El Morro movía la cabeza negando con fuerza. El Flaco Pérez, que era el más alto y flaco que uno pueda imaginarse, se reía pero sin ganas.

El Chilango los observó sin disimulo. Se comió su huevo duro, se tomó su taza de café espeso y, cuando terminó, dobló su servilleta de papel como si estuviera en un restaurante de lujo.

Entonces el Gordo se giró y levantó la voz por encima del rumor de la gente que desayunaba:

—¡Está bien! —gritó—. ¡A las tres! ¡Tú y yo y mis muchachos! ¡Cinco contra cinco! ¡Pero no me vengas a llorar después!

El patio entero se alborotó. Los que estaban desayunando dejaron sus platos. Los que conversaban se callaron a mitad de frase. Don Chucho sintió que el corazón le latía en la garganta.

El Chilango se puso de pie, tomó su bandeja y, antes de salir del comedor, volvió a mirar la cámara del fondo.

—Cinco contra cinco —repitió en voz alta, dirigiéndose a la lente—. Pero el que va a marcar los cuatro goles soy yo. Quédense a ver.

Y salió caminando despacio, con su estilo cadencioso, mientras el balón que llevaba bajo el brazo parecía latir como otro corazón.

Las tres de la tarde llegaron como un golpe.

El sol estaba en su punto más alto, inclemente, y el patio de tierra era un horno. Los guardias se pusieron en las esquinas, con las manos cruzadas y la curiosidad mal disimulada. Todos en el penal sabían lo que iba a pasar.

El Gordo Gómez salió con su camiseta negra sin mangas, luciendo los brazos que parecían troncos de árbol. Sus muchachos le seguían, formando una muralla que prometía aplastar todo a su paso.

El Chilango llegó solo.

Con su camiseta blanca, la misma de siempre, y el balón de la vieja escuela bajo el brazo.

No traía zapatos de fútbol, sino tenis que habían visto mejores días. Don Chucho se fijó de lejos y pensó: «O este muchacho es un genio, o está completamente loco».

El Morro se burló de inmediato.

—¿Esos son tus tenis de correr? —preguntó—. Parecen de los que botan en la basura.

El Chilango miró sus propios pies y se encogió de hombros.

—Los que botan en la basura tienen corazón. Los tuyos ni se notan.

El Gordo señaló el balón.

—¿Reglas? Las mías. El que toca la pelota con la mano, pierde. El que llora, pierde. El que se rinde, pierde.

—Estoy de acuerdo —dijo el Chilango—. Y el que no juegue por miedo, pierde también. Pero no se les va a ocurrir.

Un guardia dio el pitazo. El partido comenzó.

El primer minuto fue un caos. El Gordo Gómez no se movía mucho, pero ocupaba espacio. El Morro era rápido, veloz como un cuchillo. El Flaco Pérez se estiraba como una garza y les robaba balones a todos por igual. El Gordo tenía otro compinche, un chaparrito de espaldas anchas conocido como el Cabezón, que era pesado y zurdo.

Y enfrente, el Chilango.

Solo, con su camiseta blanca, moviéndose entre ellos como una serpiente.

Y ahí, en ese momento, fue cuando Don Chucho entendió lo que estaba pasando en verdad. No era un partido. Era un mensaje.

El Chilango recibió el balón a los tres minutos. Giró rápido, esquivó al Morro con una finta sencilla que lo dejó en el piso, y metió el primer gol con un disparo seco, pegado al poste.

El silencio en la cancha fue tan profundo que se oyó la pelota golpeando la tierra.

La cárcel entera respiró cuando el Chilango levantó los brazos y dijo:

—Va uno.

El Gordo Gómez eructó de rabia, y sus muchachos se miraron.

—No vale —dijo el Morro—. Fue suerte.

El Chilango se encogió de hombros. Y el partido siguió.

El segundo gol llegó diez minutos después. El Chilango hizo un sombrero sobre el Flaco Pérez, que se quedó mirando el cielo buscando el balón que ya no estaba.

—Van dos —dijo el niño, sudando y sonriendo.

El patio seguía mudo. Don Chucho apretaba la canasta de dulces, conteniendo las ganas de gritar de alegría.

Pero el Gordo Gómez se estaba calentando demasiado. En una jugada, con la excusa de disputar el balón, le enterró el codo en las costillas al Chilango.

—Pisale la mano cuando caiga —ordenó el Gordo entre dientes, y el Cabezón fue por el balón con todo y todo, dando un pisotón que levantó polvo.

El árbitro, que era un flaco con lentes y de apellido Troncoso, no pitó la falta. Los guardias miraron al techo.

El Chilango se levantó despacio, con la tierra pegada en la mejilla, y en lugar de protestar, se limpió la boca y dijo:

—Okay. Ya sé cómo vamos a jugar.

Esa frase la escuchó el Gordo, y aunque fingió indiferencia, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Al minuto siguiente, el Chilango ya no intentó esquivar. Se hizo el más listo: empezó a mover el balón para que los otros cuatro lo persiguieran. Los hizo correr. Los hizo sudar.

El Gordo Gómez era grande, pero grande también significa pesado. A los veinte minutos de correr detrás de un muchacho flaco que nunca se cansaba, el Gordo ya tenía la camiseta empapada en sudor y las piernas como piedras.

—Qué pasa, patrón —dijo el Chilango tras un giro que dejó al Gordo mordiendo el polvo—. ¿Ya no quiere jugar conmigo?

El tercer gol fue como un cuchillo. Rebotó el balón entre el Morro y el Flaco, y el Chilango lo agarró en el aire, con un taco que ni los de la tele se lo creían. El balón se metió donde duele, en el ángulo imposible.

—Son tres —dijo, y ni celebró, solo caminó hacia el centro de la cancha.

El patio estalló en aplausos. Los reclusos que miraban desde las celdas gritaban como si estuvieran viendo la final del mundial. Don Chucho sintió que las manos le temblaban de emoción. «Este niño va a lograr lo imposible», pensó.

El Gordo Gómez no podía más. No por el físico, sino por el orgullo. Tenía el rostro rojo, los ojos inyectados de sangre y la boca torcida por la furia.

—¡Ya no hay juego! —rugió—. ¡Esto se acabó!

—¿Cómo que se acabó? —preguntó el Chilango, con el balón bajo el pie—. Todavía falta el último gol. Prometí cuatro.

—El partido se llama como yo diga.

El Chilango miró la cámara por tercera vez, y esa vez sonrió con una sonrisa cansada. Como quien sabe que ya ganó la guerra, aunque falte una batalla.

—Entiendo —dijo, y dejó el balón quieto en el centro de la cancha. Le dio una patadita suave y lo vio rodar unos metros—. Tenía razón usted, don Gordo. Yo no debí venir a jugar.

El Gordo Gómez parpadeó. Los otros tres no entendieron.

—¿Qué quiere decir? —preguntó el Morro, confundido.

—Que usted tenía razón —repitió el Chilango, y comenzó a caminar hacia la salida—. Que no debí enfadar a los jefes campeones del patio. Qué pena con ustedes. Adiós.

Cada paso que daba era un peso en la cancha. El Gordo Gómez pensó que iba a sentir alivio. Pero no. Sintió lo peor del mundo: sintió vergüenza de que el pato le hubiera ganado en su territorio con la misma técnica que él usaba los jueves.

Don Chucho lo vio pasar, y vio algo en sus ojos. No era humillación. Era conciencia. El niño sabía que había ganado y que el Gordo lo sabía también.

Y fue entonces que Don Chucho gritó:

—¡Oye, chilango! ¡La pregunta que nos queda a todos en la garganta es una! ¿Y si no era suerte?

El patio se volvió a quedar en silencio. Todos miraron al Chilango. Este se detuvo, giró lentamente y miró al Gordo Gómez directo a los ojos.

—Eso —dijo, con voz queda pero firme—. Exactamente eso.

Y entonces, en un movimiento que nadie esperaba, el Gordo Gómez se quitó la camiseta negra y la echó al suelo.

—Entonces —murmuró—, vamos a ver si de verdad sabes jugar. Pero no aquí. En la cancha grande. La de cemento.

—La de cemento… ¿Está prohibida? —preguntó Don Chucho.

—Está prohibida para los que no demuestran tener lo que hay que tener —respondió el Gordo, y se quedó viendo al Chilango con los brazos cruzados—. ¿Le entras, o no le entras?

El patio se fue en un murmullo descomunal. Porque la cancha de cemento era el lugar sagrado, el sitio donde los reclusos que jugaban de verdad se medían, el espacio en donde no había piedras ni hoyos, sino piso liso y líneas blancas que seguían reglamentarias.

El Chilango se agachó, tomó el balón y lo sostuvo frente a su cara.

—¿Y si gano? —preguntó.

—Si ganas —dijo el Gordo Gómez, y su voz sonó como si le costara mucho—, mandas en la cancha. Todo el resto de tu condena. Mandas tú. Yo me quedo callado y te sirvo el agua.

—¿Y si pierdo?

—Si pierdes, olvídate del fútbol para siempre. Solo te ves en los partidos por la tele y me besarás los pies.

Los reclusos corearon el nombre del Gordo Gómez. Otros empezaron a corear el del Chilango. Fue un caos de gritos y empujones, con Don Chucho en el centro, sudando el doble que cualquiera.

El Chilango dejó el balón en el piso, puso la punta del pie encima y soltó una última frase que hizo que hasta los guardias se asomaran al patio:

—Hágale, patrón. Le acepto la apuesta. Pero solo si no se arrepiente cuando a los dos minutos me haya hecho seis goles.

Y con esas palabras, el partido de la cancha de cemento empezó. Otra vez, el sol clavaba fuego en la espalda, y cada uno de los presos del penal se apretujaba contra el alambre para no perderse el milagro.

Fue un partido distinto. El Gordo Gómez ya no intentaba ser astuto. Ya no intentaba demostrar que tenía autoridad. Jugaba a pura fuerza, a puro empuje. Pero el Chilango era como una pluma en el viento: se dejaba venir, esquivaba y respondía.

Don Chucho narró en silencio cada jugada dentro de su cabeza, y a medida que pasaban los minutos, algo se iba rompiendo en el rostro del Gordo.

El cuarto gol llegó a los veintitrés minutos del segundo tiempo.

El Chilango recibió un pase del portero improvisado, un tal Pedrín, que se había cruzado de bando porque quería ver la hazaña. Se acomodó el balón y disparó desde media cancha. El guardameta del Gordo no pudo siquiera estirarse.

El Gordo Gómez se quedó tieso. Tenía los brazos caídos, la mandíbula floja. No era el mismo oso del comienzo. Era un hombre desinflado.

—Cuatro —dijo el Chilango, y esta vez, sí celebró. Corrió y cruzó el marco de la portería con la camiseta blanca levantada, mientras todo el penal rugía su nombre.

El Gordo Gómez se agachó, jadeando, y ahí fue donde se le vio brillar aquella lágrima que jamás salió. Se secó el sudor con el antebrazo y caminó hacia el Chilango.

—Lo hiciste bien —dijo con voz apagada—. No te voy a besar los pies. Pero… te lo reconozco.

—No me lo reconozca —dijo el Chilango, y le puso la mano en el hombro—. Mejor hasta la próxima. Cuando quiera, nos vemos. La cancha es de todos.

Se dio media vuelta, recogió su camiseta, tomó su balón y se metió a la penumbra bajo la gradería de madera. Don Chucho sintió que el corazón se le desbordaba, y sin poderse contener, corrió tras él.

Cuando lo alcanzó, el Chilango estaba sentado en una banca, con la cabeza gacha y los ojos aguados.

—¿Qué te pasa, mijo? —preguntó Don Chucho, desconcertado—. ¡Ganaste! ¡Le ganaste al Gordo Gómez en su propia cancha! ¡Vas a ser leyenda en este lugar!

El Chilango levantó la vista, y Don Chucho vio algo que no esperaba: tristeza.

—Gané, sí —dijo en voz baja—. Pero adentro de mí no gano nada. Sigo siendo el que está aquí. El que sueña con una cancha de verdad, con un estadio, con mi mamá y con mi hermano en la tribuna.

Se quedó callado un momento, y luego miró la cámara que lo seguía desde el techo, la misma de la tarde anterior.

—Esa pregunta que dejé en el primer comentario… —dijo con una sonrisa torcida—. La que todos quieren saber.

Don Chucho lo vio suspirar profundamente. El silencio del patio era enorme.

—No era sobre si sabía jugar —dijo, con voz que apenas se oía—. Era si me iba a atrever a ganar sin pelear. Y ya saben la respuesta.

Y ahí, sentado en esa banca vieja, con el sol de la tarde en la espalda, el Chilango sonrió, y la respuesta quedó flotando en el aire.


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