La cena en «L’Avenue» se prolongó por más de dos horas. Julián y Marcos estaban en ese estado de euforia donde la precaución se lanza por la ventana. Pidieron una segunda botella. Pidieron postres extravagantes. Se burlaron de la forma en que Don Aurelio caminaba, de cómo repetía las mismas anécdotas de cuando empezó repartiendo paquetes en una bicicleta vieja, y de cómo se le humedecían los ojos cada vez que hablaba de la «lealtad de los empleados».
—Lealtad… qué palabra tan estúpida —decía Julián, arrastrando un poco las palabras por el alcohol—. La única lealtad que existe es la que le tienes a tu propia cuenta bancaria. Mi padre cree que este negocio es una familia. Mañana le enseñaré que es una jungla.
Marcos reía, celebrando cada ocurrencia de Julián. Para Marcos, Julián era la herramienta perfecta: un hijo resentido con suficiente inteligencia para operar, pero con la suficiente arrogancia para ser manipulado después. Lo que Julián no sabía era que Marcos también tenía sus propios planes para sacarlo del juego una vez que el viejo estuviera fuera. Era una cadena de traiciones, un nido de serpientes donde nadie estaba a salvo.
—¿Sabes qué fue lo mejor? —dijo Julián, inclinándose sobre la mesa, bajando la voz en un gesto de falsa confidencialidad—. Cuando me despedí, me dijo que estaba orgulloso de mí. ¡Orgulloso! Mientras yo tenía el bolígrafo en el bolsillo listo para que firmara su sentencia de muerte. Es increíble cómo el amor ciega a la gente. Lo vuelve a uno estúpido.
Mientras tanto, afuera del restaurante, la noche era fría y una llovizna ligera empezaba a empañar los cristales de los autos de lujo estacionados en la acera. Un sedán negro, de vidrios polarizados y motor silencioso, estaba estacionado justo frente a la entrada principal.
Dentro del auto, el ambiente era radicalmente distinto al del festín que ocurría adentro. No había risas, solo el sonido rítmico de un respirador portátil y el suave clic-clic de una grabación que se estaba reproduciendo en una tableta electrónica.
Don Aurelio Valderrama estaba sentado en el asiento trasero. Ya no vestía el traje gris desgastado que usaba en la oficina para parecer «inofensivo». Llevaba un abrigo de lana negro, impecable, y su mirada no tenía rastro alguno de la fatiga o la confusión que le había mostrado a su hijo horas antes. Sus ojos eran dos pozos de acero, fríos y calculadores.
A su lado, su abogado de toda la vida, el doctor Méndez, sostenía un fajo de documentos.
—¿Lo tiene todo, Méndez? —preguntó Aurelio. Su voz ya no temblaba; era una autoridad que cortaba el aire.
—Todo, Don Aurelio. Las cámaras de la oficina grabaron el momento en que Julián cambió las carpetas. Los micrófonos en el restaurante están captando cada palabra de su confesión. Tenemos el intento de fraude, la conspiración con Marcos y, lo más grave, el historial de los sobornos que Julián ha estado pagando a los proveedores durante los últimos seis meses.
Aurelio cerró los ojos un momento. Le dolió. A pesar de todo, le dolió. Uno nunca está preparado para confirmar que el ser al que le diste la vida está dispuesto a quitártela por un puñado de monedas. Pero Aurelio no era un hombre que se dejara vencer por el dolor. Él había construido su imperio en una época donde los negocios se cerraban con sangre y honor, y no iba a permitir que un niño con traje caro destruyera el legado de miles de familias trabajadoras.
—Él cree que soy un viejo acabado, Méndez —dijo Aurelio, mirando hacia la entrada del restaurante, por donde vio salir a un mesero con una bandeja de copas vacías—. Cree que porque mis manos tiemblan un poco, mi mente también lo hace. Olvidó que yo le enseñé todo lo que sabe, pero no le enseñé todo lo que YO sé.
—¿Procedemos ahora? —preguntó el abogado.
—No —respondió Aurelio con una sonrisa amarga—. Deja que terminen su champagne. Deja que duerma esta noche creyéndose el rey del mundo. La caída desde la cima de la soberbia es la que mejor rompe los huesos. Mañana, en la junta, no habrá un asilo para mí. Habrá una celda para él.
En ese momento, el teléfono de Aurelio vibró. Era una notificación de una aplicación de seguridad. Julián acababa de realizar una transferencia no autorizada desde la cuenta de reserva de la empresa hacia una cuenta offshore a nombre de Marcos. Julián estaba celebrando antes de tiempo, cometiendo el error de los aficionados: la impaciencia.
Aurelio suspiró y miró fijamente a la cámara de su teléfono, como si estuviera mirando a su hijo a través de la distancia.
—Julián, Julián… —murmuró—. Me pediste que me quedara en casa descansando. Y eso haré. Pero tú… tú no tienes idea de la tormenta que acabas de desatar.
Dentro del restaurante, Julián pidió la cuenta. Pagó con la tarjeta corporativa de su padre, sintiendo un placer casi erótico al ver el nombre «Aurelio Valderrama» en el recibo que él mismo firmaba con un garabato victorioso.
—Mañana a las ocho, Marcos —dijo Julián, levantándose, un poco tambaleante—. No llegues tarde. Quiero ver la cara de los directores cuando les diga que el viejo se retiró a «cuidar sus flores».
Salieron del restaurante entre risas, abrazados como hermanos de sangre, sin notar el sedán negro que se ponía en marcha lentamente, siguiéndolos desde las sombras. Julián se subió a su auto, puso la música a todo volumen y aceleró, sintiéndose invencible.
No sabía que cada kilómetro que recorría lo acercaba más a su propia destrucción. No sabía que su padre, ese hombre que él consideraba una reliquia del pasado, estaba en ese mismo instante haciendo tres llamadas que cambiarían su destino para siempre: una al fiscal general, otra al jefe de seguridad de la corporación y la última, la más dolorosa, a la madre de Julián, para decirle que esa noche no llegaría a casa.
El tablero estaba listo. Las piezas estaban en su lugar. Julián creía que estaba jugando al ajedrez contra un ciego, sin darse cuenta de que el tablero era del ciego, las piezas eran del ciego y las reglas… las reglas las escribía el viejo Aurelio con tinta de justicia.
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