El ambiente en la hacienda se había transformado por completo. Lo que debía ser una celebración del amor se había convertido en una escena de pesadilla. Los invitados, ahora divididos entre la confusión y el miedo, empezaron a ayudar en la búsqueda por los extensos jardines y las caballerizas.

Mateo ignoró las palabras de Lucía y salió nuevamente al patio central. Su corazón latía tan fuerte que sentía el pulso en sus oídos. Fue entonces cuando notó algo pequeño y brillante en el suelo, cerca de la entrada al sótano de la cava de vinos, un lugar que supuestamente estaba bajo llave.

Se agachó y recogió un pequeño lazo rosa. Era el lazo que Valentina llevaba en su cabello esa mañana.

—¡El sótano! —gritó Mateo, sintiendo un vuelco en el estómago.

Lucía, que venía pisándole los talones, palideció por una fracción de segundo antes de recuperar su máscara de hierro.

—No seas tonto, Mateo. Esa puerta está cerrada con llave desde ayer. Yo misma vi al encargado ponerle el candado. Es imposible que esté ahí. Alguien debe haber tirado ese lazo por accidente.

—¿Y cómo llegó aquí si se supone que Valentina no pasó por esta zona? —cuestionó él, con los ojos inyectados en sangre.

Mateo corrió hacia la pesada puerta de madera reforzada con hierro. Tiró del picaporte con todas sus fuerzas, pero estaba bloqueado. Golpeó la madera con los puños, gritando el nombre de su hija hasta que la garganta le dolió.

—¡Valentina! ¡Si estás ahí, haz un ruido! ¡Patea algo, mi amor!

Silencio absoluto.

Lucía se acercó y puso una mano sobre su hombro, en un gesto que pretendía ser reconfortante pero que a Mateo le supo a veneno.

—Vámonos de aquí, Mateo. Estás perdiendo los estribos. Vamos a llamar a la policía si tanto te preocupa, pero deja de hacer este espectáculo frente a todos.

Mateo estaba a punto de rendirse y buscar en otro lado cuando, de repente, un sonido casi imperceptible llegó a sus oídos.

Clink.

Un sonido metálico. El cascabel.

El sonido no venía del interior del sótano, sino de un pequeño respiradero a ras de suelo, cubierto por unas plantas decorativas. Mateo se lanzó al suelo, ensuciando su traje de gala, y pegó el oído a la rejilla.

—¿Valentina? —susurró, con el corazón en la boca.

—Papi… —se escuchó una vocecita débil, ahogada por el llanto y el cansancio—. Papi, tengo frío. No puedo abrir la puerta. Ella me dijo que me quedara aquí…

Mateo sintió que la sangre se le congelaba. Miró hacia arriba, hacia Lucía, quien retrocedió un paso, su rostro ahora transformado en una máscara de puro odio y desesperación.

—¿»Ella»? —preguntó Mateo, con una calma aterradora que precedía a la tormenta—. ¿Quién te dijo que te quedaras ahí, Valentina?

La pequeña tardó en responder, su voz temblaba violentamente.

—La tía Lucía… me dijo que íbamos a jugar a la sorpresa. Me dio un chocolate y me dijo que si salía antes de que terminara la misa, tú te ibas a poner muy triste y ya no me ibas a querer.

Un jadeo colectivo se escuchó entre los invitados que se habían acercado. La madre de Mateo se tapó la boca con las manos, rompiendo en un llanto desconsolado. Javier, el hermano de Mateo, se interpuso entre Lucía y la salida, impidiendo que ella escapara.

—¡Dame las llaves! —rugió Mateo, levantándose del suelo como un león herido.

—No sé de qué habla esa niña, está alucinando por el calor —gritó Lucía, aunque su voz carecía de convicción—. ¡Ella miente! ¡Siempre ha querido separarnos! ¡Me odia porque sabe que ahora yo soy la mujer de la casa!

—¡DAME LAS LLAVES AHORA MISMO! —Mateo no gritó, fue un rugido de dolor puro que hizo que incluso los pájaros de los árboles volaran asustados.

Lucía empezó a reírse. Una risa nerviosa, aguda, que rayaba en la locura. Metió la mano en el bolsillo oculto de su pomposo vestido de novia y sacó un manojo de llaves doradas.

—¿Quieres a tu hija? —preguntó ella, con los ojos desorbitados—. Aquí la tienes. Pero que sepas una cosa, Mateo: esto es tu culpa. Si no la pusieras siempre por encima de mí, no habríamos tenido que llegar a esto. Yo solo quería una vida contigo, sin el fantasma de tu pasado estorbando en cada cena, en cada viaje, en cada momento.

Lanzó las llaves con desprecio hacia los arbustos. Mateo se lanzó a buscarlas entre las espinas, sin importarle que sus manos sangraran. Cada segundo contaba. Valentina mencionó que tenía frío y sueño, y el sótano de esa hacienda era conocido por ser un lugar húmedo y con poca ventilación.

Mientras Mateo buscaba frenéticamente, Javier agarró a Lucía del brazo.

—No vas a ir a ningún lado —le dijo con asco.

—¡Suéltame! ¡Ustedes no entienden nada! —gritaba ella, forcejeando—. ¡Esa niña es un monstruo que me robó al hombre que amo!

Finalmente, Mateo encontró las llaves. Con las manos temblorosas, probó una, dos, tres… hasta que la cuarta giró en la cerradura con un chasquido seco. Empujó la pesada puerta y se adentró en la oscuridad del sótano, iluminando el camino con el flash de su celular.

Lo que encontró lo perseguiría por el resto de sus días.

Valentina estaba sentada en un rincón, sobre un montón de sacos de arpillera. Estaba pálida, con los ojos hinchados de tanto llorar, y tenía las manos atadas suavemente con una cinta de raso blanco… la misma cinta que se usó para decorar las sillas del altar.

Pero lo peor no era eso. Al lado de la niña, había un pequeño ventilador industrial que Lucía había encendido para bajar la temperatura de la habitación al extremo, y un plato de dulces que, al mirarlos de cerca, estaban mezclados con pastillas trituradas.

—¡Valentina! —Mateo la tomó en sus brazos, envolviéndola con su saco, tratando de transmitirle todo su calor.

—Papi… tengo sueño… —susurró la pequeña, cerrando los ojos.

Mateo la cargó y salió corriendo del sótano. Al ver la luz del día, la realidad lo golpeó de frente. Su novia, la mujer con la que estaba a punto de unir su vida, no solo había encerrado a su hija, sino que había intentado sedarla en un lugar gélido para que no interrumpiera su «boda perfecta».

La policía, que había sido llamada minutos antes por uno de los meseros, entró por el portón principal de la hacienda justo cuando Mateo salía con su hija en brazos.

Lucía, al ver las patrullas, cambió su discurso instantáneamente. Empezó a llorar, a tirarse al suelo, a decir que Valentina se había encerrado sola y que ella solo estaba tratando de «protegerla» del escándalo.

Pero ya nadie le creía. El velo se había caído.

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