Historias conmovedoras que Tocan el Alma
Justicia y Karma

El dilema de Regina: Una bolsa llena de dinero y una madre entre la vida y la muerte

¿Hasta dónde serías capaz de llegar cuando el destino te pone a prueba en el momento más oscuro de tu vida? Regina no tuvo tiempo de hacerse esa pregunta; el sonido estridente de su teléfono celular, un aparato viejo y con la pantalla astillada, rompió el silencio sepulcral de la mansión de los Altamirano.

La voz al otro lado del hilo telefónico no traía buenas noticias. Era el doctor Méndez, del hospital público. Su madre, doña Elena, había sufrido una recaída severa. El tratamiento no podía esperar más, o los pulmones de la anciana simplemente dejarían de luchar. Regina sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies, mientras sus manos, aún húmedas por haber terminado de limpiar los ventanales del gran salón, temblaban sin control.

—Tengo que irme, señora Beatriz, por favor —suplicó Regina, con los ojos anegados en lágrimas y la voz entrecortada por un sollozo que se negaba a salir del todo.

Beatriz, una mujer de elegancia gélida y mirada penetrante, la observaba desde el umbral de la biblioteca. No dijo nada de inmediato. Se limitó a asentir con un gesto breve, casi imperceptible, mientras Regina corría hacia el cuarto de servicio para recoger sus pertenencias. En su desesperación, la empleada dejó su bolso abierto sobre la mesa de la cocina mientras buscaba desesperadamente las llaves de su casa.

Fue en ese preciso instante cuando Beatriz, con una agilidad que no correspondía a su pose aristocrática, sacó un fajo de billetes de cien dólares de su bata de seda. Era una cantidad obscena, suficiente para pagar meses de hospitalización privada. Con un movimiento quirúrgico, lo deslizó en el fondo del bolso de Regina, justo debajo de un monedero gastado y un rosario de madera.

Regina regresó a la cocina, tomó su bolso sin mirar y salió disparada hacia la puerta principal. El ruido de sus pasos apresurados se perdió en el jardín, dejando tras de sí un silencio denso. Beatriz caminó hacia el ventanal, observando cómo la pequeña figura de su empleada se alejaba bajo la lluvia que empezaba a caer sobre la ciudad.

De repente, Beatriz giró el rostro hacia un punto invisible en la habitación, como si supiera que miles de ojos la observaban en ese momento. Una sonrisa enigmática, que no llegaba a ser cruel pero sí profundamente calculadora, se dibujó en sus labios.

—Ustedes pensarán que soy un monstruo, ¿verdad? —dijo Beatriz, rompiendo el silencio con una voz aterciopelada—. Ver a una mujer desesperada, con su madre agonizando, y tenderle una trampa de este calibre. Parece una maldad innecesaria, un capricho de alguien que lo tiene todo.

Hizo una pausa, acariciando el borde de una copa de cristal fino que descansaba sobre la mesa. Su mirada se volvió más intensa, casi desafiante.

—Pero en este mundo, la lealtad y la honestidad son monedas más raras que el oro —continuó Beatriz—. Regina lleva cinco años trabajando para mí. Conoce cada rincón de esta casa, sabe dónde guardo las joyas y quiénes son mis contactos. Dice ser una mujer de principios, pero la necesidad tiene cara de perro, y hoy la necesidad está llamando a su puerta con una guadaña en la mano.

Beatriz se acercó más a la cámara imaginaria, bajando el tono de voz a un susurro cómplice.

—Si Regina descubre ese dinero y decide que su «necesidad» justifica el robo, nunca volverá a pisar esta casa. Se quedará con esos miles de dólares, sí, pero habrá perdido mucho más. En cambio, si el peso de su conciencia es más fuerte que el miedo a perder a su madre… si regresa a devolver lo que no es suyo… entonces ella entenderá lo que significa realmente tener una mano amiga.

La jefa se sirvió un poco de vino, observando el color carmesí del líquido contra la luz.

—El tratamiento de su madre ya está listo en la clínica privada más prestigiosa de la ciudad. Solo falta una firma. Mi firma. Pero esa firma depende enteramente de lo que Regina decida hacer en las próximas horas. ¿Será la mujer íntegra que dice ser, o el hambre la convertirá en alguien que no reconoce?

Mientras Beatriz disfrutaba de su soledad calculada, Regina corría por las calles mojadas, esquivando charcos y tratando de alcanzar el autobús que la llevaría al hospital. No tenía idea de que, en el fondo de su bolso, cargaba con la salvación de su madre o con la sentencia de su propia dignidad.

El viaje en el transporte público fue un tormento. Regina no dejaba de mirar el reloj, sintiendo que cada semáforo en rojo era una puñalada al corazón. Sus pensamientos volaban hacia su madre, recordándola siempre trabajadora, siempre dispuesta a sacrificarse para que a ella no le faltara un plato de comida. «No me dejes ahora, mamá», murmuraba entre dientes, mientras apretaba el bolso contra su pecho, sin sospechar que el milagro que tanto pedía ya estaba allí, escondido entre sus pertenencias, esperando a ser descubierto.

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