Estás en la parte 2: la historia continúa…
El maletín de cuero de Esteban impactó contra el suelo con un ruido sordo que pareció romper el cristal de la atmósfera. Paola se quedó congelada, con los brazos aún extendidos, mientras la sonrisa se le desvanecía como humo.
Esteban caminó con pasos pesados, casi sísmicos, atravesando el salón. No fue hacia su prometida. Se dirigió directamente hacia su padre.
—¡Papá! ¿Pero qué estás haciendo? —preguntó Esteban, y su voz no era de enojo hacia el anciano, sino de una angustia desgarradora.
Se arrodilló junto a él, sin importarle que su traje de tres mil dólares se manchara con el té derramado. Le arrebató el trapo de las manos con una mezcla de delicadeza y furia contenida.
—Hijo, no es nada… solo estaba ayudando a las señoritas —murmuró Don Aurelio, intentando evitar el contacto visual, tratando de proteger a su hijo de la verdad, como siempre lo había hecho.
—¿Ayudando? —Esteban se puso de pie de un salto, ayudando a su padre a sentarse en el sillón de terciopelo que Paola siempre decía que era «demasiado caro para un viejo».
Esteban se giró hacia Paola y Valeria. Sus ojos eran dos pozos de fuego negro. La mandíbula le temblaba de indignación.
—¿Ustedes le hicieron esto? —preguntó con una voz tan baja y peligrosa que Valeria dio un paso atrás, chocando con una mesa auxiliar.
—Esteban, no seas exagerado —dijo Paola, tratando de recuperar su tono de superioridad, aunque su voz temblaba ligeramente—. Solo le pedí que limpiara un desastre que hizo. Al fin y al cabo, es lo mínimo que puede hacer ya que vive aquí de gratis. Hay que poner límites, amor, o se nos va a subir a las barbas.
Valeria, en un intento torpe de apoyar a su amiga, añadió: —Sí, Esteban, de verdad este señor tiene un olor… un olor a viejo, a pobre. Paola solo quiere que la casa esté impecable para la recepción de esta noche. No puedes culparla por querer orden en su futura casa.
Esteban soltó una carcajada amarga, una risa que no tenía nada de alegría y mucho de veneno. Se acercó a la mesa de centro y, de un manotazo violento, lanzó las tazas de té al suelo. La porcelana fina se hizo añicos, esparciéndose como diamantes rotos por todo el mármol.
—¿Su futura casa? ¿Su sueldo? ¿Vivir de gratis? —Esteban repetía las palabras como si fueran insultos—. ¿Ustedes tienen la menor idea de quién es este hombre?
Paola cruzó los brazos, recuperando algo de su arrogancia habitual. —Es un pariente lejano tuyo que recogiste de la calle, eso es lo que me dijiste. Un hombre humilde al que le estamos haciendo el favor de su vida.
—¡Maldita sea tu ignorancia, Paola! —rugió Esteban, y el grito hizo que los cristales de la lámpara del techo tintinearan—. Este hombre no es un pariente lejano. ¡Este hombre es mi padre! ¡Aurelio del Valle!
Paola y Valeria se miraron confundidas. El apellido les sonaba, por supuesto. «Del Valle» era el nombre que aparecía en los edificios más altos de la ciudad, en los complejos industriales y en las fundaciones de caridad más prestigiosas. Pero siempre habían asumido que Esteban era el único dueño de todo.
—Sí —continuó Esteban, acercándose a Paola hasta que ella pudo sentir el calor de su rabia—. Este «limpiapisos», este «viejo que huele a pobre», es el hombre que construyó este imperio con sus propias manos cuando yo no era más que un niño con los zapatos rotos.
Esteban señaló las paredes de la mansión. —Cada ladrillo de esta casa, cada centímetro de este mármol que lo obligaste a limpiar de rodillas, fue pagado con el sudor de su frente. Yo solo soy el administrador de su legado. Todo lo que ves, lo que tocas, lo que vistes… ¡Le pertenece a él!
El rostro de Paola se tornó de un color gris ceniza. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras miraba al anciano sentado en el sillón. Don Aurelio permanecía en silencio, mirando sus propias manos, con una expresión de infinita decepción.
—Esteban… yo… yo no sabía —balbuceó Paola, tratando de acercarse a él—. Me dijiste que él era solo…
—Te dije que era un hombre humilde porque él me pidió que lo hiciera —la interrumpió Esteban con desprecio—. Quería ver quién eras tú realmente cuando no hubiera dinero de por medio. Quería saber si me amabas a mí o a mi cuenta bancaria. Y hoy, gracias a Dios, me has dado la respuesta más clara del mundo.
Valeria, viendo que el barco se hundía, intentó escabullirse hacia la salida, pero Esteban la detuvo con una mirada.
—No te vayas todavía, Valeria. Tú también participaste en esta función. Disfrutaste humillando a un hombre que podría comprar tu vida entera y la de toda tu familia diez veces y todavía le sobraría para el cambio.
Esteban sacó su teléfono celular con una calma que daba más miedo que sus gritos anteriores. Sus dedos se movían con rapidez sobre la pantalla.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Paola, con un nudo en la garganta.
—Estoy haciendo lo que debí hacer hace mucho tiempo —respondió él sin mirarla—. Estoy cortando el suministro de oxígeno de los parásitos.
En ese momento, el teléfono de Paola emitió un pitido. Luego otro. Y otro. Eran notificaciones de sus aplicaciones bancarias.
«Tarjeta de crédito cancelada». «Cuenta suspendida por el titular». «Acceso denegado».
—¡Esteban! ¡No puedes hacerme esto! ¡Tengo compromisos! ¡El vestido de la boda! —gritó Paola, entrando en un estado de pánico absoluto.
—¿Boda? —Esteban se rió con una frialdad que helaba la sangre—. La única boda que vas a ver será en las revistas que leas en el apartamento de tu madre, porque de esta casa te vas ahora mismo.
—¡No tienes derecho! —chilló Paola, perdiendo toda compostura—. ¡Llevamos dos años juntos! ¡No puedes echarme así por un simple malentendido con un viejo!
Esteban se detuvo en seco. Se volvió hacia ella y, por primera vez, su rostro no mostraba ira, sino una indiferencia absoluta, la clase de indiferencia que se siente por un insecto que se aplasta sin querer.
—No es un malentendido, Paola. Es una revelación. Y tienes razón, no tengo derecho a echarte…
Paola suspiró con alivio por un segundo, pensando que lo había convencido. Pero la siguiente frase de Esteban fue el golpe final.
—No tengo derecho porque esta casa no es mía. Es de mi padre. Y él es quien va a decidir qué hacer contigo.
Todas las miradas se dirigieron a Don Aurelio. El anciano levantó la vista. En sus ojos no había odio, solo una tristeza profunda, la tristeza de quien ha visto lo más bajo de la condición humana.
—Hijo —dijo Don Aurelio con voz firme—, llama a seguridad. No quiero que estas personas ensucien más mi casa con su presencia.
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