Doña Rosa, la vendedora de flores de la esquina, apretó su rebozo contra el pecho mientras observaba la escena con una mezcla de lástima e indignación. Sus ojos cansados, acostumbrados a ver pasar la vida en esa avenida principal, se fijaron en Mateo. El muchacho estaba literalmente de rodillas sobre el cemento gris, con las manos temblorosas extendidas hacia la mujer que, solo unos minutos antes, juraba amarlo por siempre. El ruido del tráfico parecía desvanecerse ante el drama que se desarrollaba frente a la florería.
Mateo no era un hombre de lujos, pero su rostro reflejaba una nobleza que Doña Rosa rara vez veía en los clientes de autos caros. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no de ira, sino de una desesperación absoluta. El sudor frío le perleaba la frente mientras intentaba, con palabras entrecortadas, retener lo que ya se le escapaba entre los dedos como arena fina.
—Valeria, mírame a los ojos —suplicó Mateo, ignorando el ardor en sus rodillas raspadas contra el suelo—. Hemos construido tanto juntos. Esos tres años no pueden borrarse por un capricho. Tú sabes que mi amor es sincero, que me he partido el lomo trabajando doble turno para que no te falte nada. ¡Por favor, quédate!
Valeria, sin embargo, parecía una estatua de hielo. Vestía un abrigo de seda que claramente no había sido comprado con el sueldo de Mateo. Sus ojos, antes dulces, ahora destellaban una frialdad que helaba la sangre. No había rastro de compasión en su rostro perfectamente maquillado. Se ajustó el bolso de marca sobre el hombro, un accesorio que costaba más que tres meses de alquiler del pequeño apartamento que compartían.
—Levántate, Mateo. Estás haciendo el ridículo y la gente se nos queda viendo —respondió ella, con una voz tan cortante que Doña Rosa sintió un escalofrío—. No es un capricho, es realismo. Me cansé de las promesas, de los «algún día tendremos», de las cenas en puestos de la calle y de soñar con vacaciones que nunca llegan.
El muchacho intentó tomarle la mano, pero ella retrocedió como si el contacto con él pudiera manchar su nueva y reluciente vida. Mateo sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El anillo que llevaba en el bolsillo, un sencillo pero honesto aro de oro que le había costado meses de ahorros y privaciones, parecía pesarle ahora como si fuera de plomo.
—Entiéndelo de una vez, Mateo —sentenció ella, elevando el mentón con una arrogancia que le era ajena hasta hace poco—. Yo aspiro a algo mejor, a algo grande. Él tiene la vida que tú jamás me darás. Él no me ofrece amor en una choza, él me ofrece el mundo en una bandeja de plata. No vuelvas a buscarme, porque mi lugar ya no es a tu lado.
Un lujoso deportivo negro, cuyo motor rugía con una potencia intimidante, se detuvo justo frente a ellos. El humo del escape envolvió a Mateo, quien seguía en el suelo, derrotado. Desde el asiento del conductor, un hombre mayor, de traje impecable y mirada altiva, bajó ligeramente la ventanilla. No dijo nada, pero su sonrisa de suficiencia lo dijo todo. Era la sonrisa de quien sabe que puede comprar cualquier cosa, incluso el alma de una mujer ambiciosa.
Valeria subió al auto sin mirar atrás ni una sola vez. El portazo resonó en la calle como el disparo de una ejecución. El vehículo arrancó a toda velocidad, dejando tras de sí una estela de polvo y el corazón de un hombre hecho pedazos en medio de la acera.
Doña Rosa se acercó lentamente a Mateo. El joven no lloraba con ruido; sus lágrimas caían silenciosas, mojando el pavimento. La anciana puso una mano en su hombro, tratando de transmitirle un poco de esa fortaleza que solo dan los años.
—Hijo —susurró la mujer con dulzura—, a veces Dios nos quita lo que queremos para darnos lo que realmente necesitamos. Esa mujer no era para ti, porque tu corazón es de oro y el de ella solo brilla porque es de latón pulido.
Mateo levantó la vista, con la mirada perdida en la dirección por donde se había ido el auto. Sentía un vacío inmenso en el pecho, un hueco que nada parecía poder llenar. En ese momento, no podía imaginar que la vida, en su infinita justicia, ya estaba preparando las cartas para un juego que Valeria no sabría cómo ganar.
Caminó de regreso a su apartamento, ese lugar que ahora se sentía inmenso y gélido. Cada rincón le recordaba a ella: el olor de su perfume que aún flotaba en el aire, el cepillo de pelo que olvidó sobre la cómoda, las risas que alguna vez llenaron las paredes. Se sentó en la cama y sacó el pequeño anillo. Lo miró durante mucho tiempo, preguntándose en qué momento el amor dejó de ser suficiente para ella.
Mientras tanto, en el otro lado de la ciudad, Valeria brindaba con copas de cristal fino. Se sentía en la cima del mundo, rodeada de mármol, luces de diseñador y promesas de una vida de reina. No sabía que estaba entrando en una jaula de oro, y que el hombre que la llevaba del brazo no buscaba una compañera, sino un trofeo más para su colección.
Los días se convirtieron en semanas, y la ausencia de Valeria se transformó en una herida abierta para Mateo. Pero en medio de su dolor, algo empezó a cambiar. La tristeza se convirtió en un motor, en una necesidad de demostrarse a sí mismo que valía mucho más de lo que ella le había hecho creer. Empezó a trabajar con una intensidad renovada, buscando refugio en sus proyectos y en el silencio de su nueva soledad.
Valeria, por su parte, vivía un sueño que poco a poco empezaba a mostrar sus primeras grietas. El lujo era real, pero el afecto era escaso. Julian, el millonario, era un hombre de negocios implacable que exigía perfección y obediencia. Los regalos caros venían acompañados de largas ausencias y de un control asfixiante sobre cada uno de sus movimientos.
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