La tensión en el ambiente se podía cortar con un hilo, mientras Elena, desde el suelo, veía cómo la justicia parecía haberle dado la espalda para siempre…
Julián hizo una señal a los hombres de seguridad. Eran dos tipos corpulentos con trajes oscuros que se acercaron a Elena sin el menor asomo de delicadeza. Uno de ellos la tomó por el brazo, apretando con una fuerza innecesaria que le arrancó un gemido de dolor. La humillación pública era el combustible que Julián necesitaba para sentirse poderoso. Él se ajustó la corbata, miró a los invitados con una sonrisa de disculpa y luego clavó sus ojos en Valeria, quien seguía pálida, sosteniendo su ramo de rosas blancas como si fuera un escudo.
—Perdonen este inconveniente, queridos amigos —dijo Julián, alzando la voz con una seguridad impostada—. Ya saben cómo es la envidia. Hay gente que prefiere ver el mundo arder antes que aceptar que otros logren el éxito. Por favor, que continúe la música. Padre, proceda con la ceremonia.
El sacerdote, un hombre mayor de gestos lentos, miró a Elena y luego a Julián. Sus ojos reflejaban una profunda duda, pero en este círculo social, el dinero solía dictar la moral. Estaba a punto de abrir el libro sagrado cuando una sombra imponente se proyectó sobre el altar.
Desde el fondo de la capilla, donde los árboles de la hacienda proyectaban una frescura engañosa, un hombre de unos sesenta años avanzaba con una parsimonia que imponía respeto. No vestía el esmoquin de los invitados, sino un traje gris plomo de corte clásico, impecable, y portaba un bastón de madera oscura con empuñadura de plata. Su sola presencia hizo que los guardias de seguridad se detuvieran en seco, soltando a Elena casi por instinto.
Julián palideció. No era una palidez común; era el color de la ceniza. Sus manos empezaron a sudar y su arrogancia se desinfló como un globo pinchado.
—¿Don Alberto? —susurró Julián, su voz perdiendo toda la fuerza que ostentaba segundos antes—. Usted… usted no debía llegar hasta la recepción. ¿Qué hace aquí en la ceremonia?
Don Alberto no respondió de inmediato. Se detuvo frente a Elena, quien lo miraba desde el suelo con los ojos hinchados de tanto llorar. El hombre mayor se inclinó con una agilidad sorprendente para su edad y le ofreció la mano. Elena, confundida y temerosa, la tomó. Sus manos eran cálidas y firmes.
—Levántate, hija —le dijo con una suavidad que contrastaba con el estruendo de la situación—. Ninguna mujer, y mucho menos una que lleva una vida en su interior, debe estar de rodillas ante un cobarde.
Don Alberto ayudó a Elena a sentarse en el primer banco, el que estaba reservado para la familia más cercana de la novia. La madre de Valeria soltó un bufido de indignación, pero una sola mirada de Don Alberto la hizo callar al instante. Luego, el hombre se giró hacia Julián.
—Don Alberto, esto es un malentendido —balbuceó Julián, acercándose con las palmas de las manos hacia afuera, en un gesto de súplica—. Esta mujer está loca, ha venido a chantajearme. Yo mismo me encargaré de que no vuelva a molestar. Por favor, no deje que esto arruine nuestra relación comercial. Usted sabe cuánto admiro su trayectoria.
Don Alberto lo miró como quien mira a un insecto molesto bajo un microscopio.
—¿Tu relación comercial conmigo, Julián? —preguntó Don Alberto, su voz resonando en cada rincón de la estancia—. ¿Te refieres a los contratos que firmaste para gestionar las empresas de mi familia? ¿O tal vez a los fondos que te confié pensando que eras un hombre de honor, simplemente porque Valeria decía amarte?
Valeria miró a su padre, Don Alberto, con los ojos muy abiertos.
—Papá, ¿de qué estás hablando? —preguntó la novia, su voz temblando.
—Hija mía —respondió Don Alberto, sin dejar de mirar a Julián—, te advertí que este hombre era un cazafortunas. Pero cuando me dijiste que estabas enamorada, decidí no interferir con palabras, sino con hechos. Empecé a investigar la vida de tu futuro esposo. Quería ver qué hacía cuando creía que nadie lo observaba.
Julián intentó interrumpir, pero Don Alberto alzó su bastón, deteniéndolo.
—Encontré a Elena —continuó el hombre—. Encontré a la mujer que vendió lo poco que tenía para que tú pudieras comprarte tus primeros trajes de lujo. Encontré a la mujer que dejaste abandonada en un hospital cuando se enteró de que estaba embarazada, porque para ti, un hijo era un obstáculo en tu ascenso social.
La multitud comenzó a murmurar con fuerza. Ya no eran chismes de pasillo; era la caída en desgracia de un hombre en tiempo real. Julián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¡Es mentira! —gritó Julián, desesperado—. ¡Elena me está usando! ¡Don Alberto, ella lo ha engañado a usted también! Ella solo quiere mi dinero.
Don Alberto soltó una risa seca, carente de alegría.
—¿Tu dinero, Julián? Eso es lo más gracioso de todo este teatro —dijo el anciano, dando un paso hacia el novio, quien retrocedió hasta chocar con el altar—. Hace tres días, después de confirmar cada una de las deudas que le dejaste a Elena y de ver las pruebas de ADN que ella se hizo con tu cepillo de dientes que conseguí, tomé una decisión legal irrevocable.
Julián sentía que el aire le faltaba.
—¿Qué… qué decisión? —preguntó con un hilo de voz.
—Verás, Julián —dijo Don Alberto con una calma aterradora—, los activos que creías estar administrando, las cuentas a las que tenías acceso y la mansión que planeabas habitar hoy mismo, no te pertenecen. Según las cláusulas de los contratos que tú mismo firmaste sin leer con detenimiento, ante cualquier falta grave a la moral o fraude personal, los derechos pasan a los afectados.
Julián negó con la cabeza, su mente trabajando a mil por hora buscando un vacío legal.
—Te equivocas, infeliz —le dijo Julián a Elena, intentando un último ataque de soberbia—. Igual te vas a quedar en la calle. No sucederá. Nada de esto es legal.
Don Alberto sonrió, pero esta vez fue una sonrisa cargada de justicia.
—Te equivocas tú, Julián —sentenció el hombre—. Porque todo tu dinero, absolutamente cada centavo de las cuentas que manejabas y las propiedades a tu nombre, ya está legalmente a nombre de ella.
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