Historias conmovedoras que Tocan el Alma
Historias Tristes

El amargo despertar en el Hotel Regency: Cuando el amor se marchita entre rosas y traición

Continuamos con la historia justo en el momento en que el aire se cortaba con el filo de la traición…

Roberto no escuchaba las súplicas. En su mente, como una película macabra que se proyectaba a mil cuadros por segundo, empezaron a aparecer todos los momentos de los últimos meses. Las llamadas que ella no contestaba «porque se había quedado sin batería», las noches que llegaba tarde del trabajo con un brillo extraño en los ojos, el perfume nuevo que él pensó que era un regalo para ella misma, pero que ahora entendía que era para alguien más.

Cada pieza del rompecabezas encajaba con una precisión aterradora. Él había sido el arquitecto de su propia ceguera, confiando ciegamente en la mujer que ahora, frente a él, parecía una completa desconocida.

El amante, cuyo nombre Roberto ni siquiera quería conocer, dio un paso adelante, interponiéndose entre Elena y su esposo. Era un gesto de protección que resultaba insultante.

—Mira, amigo, lo mejor es que te des media vuelta y te vayas por donde viniste —dijo el hombre con un tono condescendiente, casi paternal—. Elena y yo tenemos planes. No hagas esto más difícil de lo que ya es. No querrás que llamemos a seguridad y pases la noche en una celda, ¿verdad?

Roberto sintió un calor abrasador subirle por el cuello. La arrogancia de aquel tipo era la gasolina que su furia necesitaba.

—¿Planes? —repitió Roberto, su voz temblando por el esfuerzo de no lanzarse sobre él—. ¿Tienen planes en la habitación que yo reservé? Porque sí, Elena, sé que esta es la 804. La misma habitación donde pasamos nuestra noche de bodas. ¿Ese es tu nivel de crueldad? ¿Traerlo aquí, al lugar donde me prometiste amor eterno?

Elena ahogó un sollozo. Había olvidado ese detalle, o quizás, en su afán de aventura, lo había elegido precisamente por eso, para profanar el último lugar sagrado que les quedaba. La ironía era tan pesada que casi se podía tocar.

—No fue así, Roberto… yo… yo no sabía que nos darían esta habitación —mintió ella, aunque sus ojos decían otra cosa.

—¡Mientes! —gritó Roberto, y su voz retumbó en todo el pasillo—. ¡Mientes como has mentido cada día de este último año! ¡Te di todo! ¡Trabajé turnos dobles para que no te faltara nada, para que tuvieras la casa de tus sueños, para que pudieras viajar! ¿Y así me pagas? ¿Entregándote al primer idiota con traje caro que te susurra dos mentiras al oído?

El amante soltó una risita burlona y se cruzó de brazos.

—No fue el primero, Roberto. Solo fui el mejor —soltó el hombre, buscando el golpe de gracia emocional.

Fue en ese instante cuando los cables se cruzaron. Roberto no era un hombre violento, nunca lo había sido. Era un hombre de paz, un constructor, alguien que prefería el diálogo al conflicto. Pero hay un límite para lo que un corazón humano puede soportar antes de romperse y soltar los demonios que todos llevamos dentro.

Roberto se lanzó hacia adelante. No fue un movimiento elegante, fue un impulso de pura desesperación. Elena gritó, un sonido agudo que rasgó el aire del hotel. El amante, sorprendido por la súbita reacción, intentó retroceder, pero tropezó con su propia maleta que estaba junto a la puerta de la habitación.

Antes de que Roberto pudiera alcanzarlo, un brazo firme lo sujetó por el hombro. Era el guardia de seguridad del hotel, un hombre robusto que había llegado alertado por la recepcionista. Detrás de él venían otros dos empleados.

—¡Cálmese, caballero! ¡No empeore las cosas! —le gritó el guardia, forcejeando con Roberto.

—¡Suéltenme! ¡Ese infeliz se está burlando de mi vida! —rugía Roberto, tratando de zafarse.

Elena se cubrió la cara con las manos, hundiéndose en una vergüenza que no tenía fondo. Ver a su esposo, el hombre que siempre había sido su roca, convertido en un manojo de nervios y furia frente a extraños, era una imagen que nunca podría borrar.

El amante, aprovechando que Roberto estaba retenido, se puso de pie y se sacudió el polvo de su traje con una parsimonia irritante. Miró a Elena y luego a Roberto con un desprecio absoluto.

—Ya ves, Elena. Te lo dije. Es un animal. No está a tu altura. Vámonos de aquí, este lugar ya apesta a drama barato.

Elena miró a Roberto. Sus ojos estaban rojos, hinchados, llenos de una tristeza infinita. Por un segundo, hubo un destello de duda en ella. Miró al amante, luego a su esposo, y luego las rosas esparcidas en el suelo. Esas flores representaban la seguridad, la lealtad, el hogar. El hombre del traje representaba la emoción pasajera, el fuego que quema pero no calienta.

—Roberto… yo… —intentó decir ella, dando un paso hacia él.

—No te atrevas —dijo Roberto, recuperando de repente una calma gélida que era mucho más aterradora que su grito anterior—. No te atrevas a dar un paso más hacia mí. Si cruzas esa línea, si te vas con él ahora, no vuelvas nunca. No a mi casa, no a mi vida, no a mis recuerdos.

El guardia soltó un poco el agarre al ver que Roberto ya no forcejeaba. Roberto se irguió, arregló su chaqueta y limpió una lágrima solitaria que se le escapaba sin permiso.

—Tienes una decisión que tomar, Elena —continuó Roberto, su voz ahora baja y afilada como un bisturí—. O te quedas aquí y enfrentas la destrucción de lo que construimos, o te vas con tu «plan» y desapareces para siempre. Pero recuerda una cosa: él te trata como un trofeo, yo te trataba como a mi mundo. Y los trofeos se reemplazan cuando sale un modelo nuevo.

El silencio volvió a reinar. Todos en el pasillo contenían el aliento. Elena miraba a ambos hombres. El amante extendió su mano hacia ella, con una impaciencia evidente.

—Elena, muévete. El coche nos espera abajo. No tenemos por qué escuchar las moralejas de un perdedor.

Elena miró la mano del amante. Luego miró a Roberto. En ese momento, en el pasillo del octavo piso del Regency, el destino de tres personas pendía de un hilo. Roberto esperaba, en el fondo de su corazón destrozado, que ella eligiera la redención. Pero la vida no siempre es un cuento de hadas con finales felices.

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