El Billete de 100 Millones que Destapó una Verdad que Nadie Vio Venir

Lo que empezaste a leer allá afuera tenía que continuar, y aquí es donde todo se revela.
La sangre le hervía. Nicolás sentía que el corazón le latía tan fuerte que los latidos le retumbaban en los oídos, apagando la música suave de la fiesta. Apretó los puños dentro de los bolsillos del pantalón mientras el hombre mayor lo observaba con una calma que le erizaba la piel.
«¿Y ahora qué?» — pensó — «¿Qué juego?»
Porque aquello ya no era una simple propuesta absurda. Había pasado de ser un insulto a convertirse en una amenaza velada, y la forma en que el desconocido sostenía esa cámara de video, como quien sostiene un arma cargada, le decía que no estaba jugando.
— Usted está loco — alcanzó a decir Nicolás, aunque su voz sonó más débil de lo que él mismo esperaba.
El hombre de traje azul se limitó a sonreír. Una sonrisa de triunfo, no de burla. Como si cada palabra que salía de su boca fuera una pieza de ajedrez bien calculada.
— ¿Loco? — repitió, saboreando la palabra —. Los locos pierden el control, joven. Yo, por el contrario, estoy muy en control de la situación.
Victoria, la esposa de Nicolás, seguía hablando con unas amigas en el otro extremo del salón. Ni siquiera se imaginaba que su nombre era el centro de una negociación retorcida entre dos desconocidos. Nicolás la miró de reojo: llevaba el vestido negro que tanto le gustaba, el cabello recogido, la risa fácil. Era hermosa, sí. Era la mujer que todos miraban cuando entraba a un lugar. Y ahora un extraño millonario pretendía comprar una noche con ella, como quien compra una botella de vino caro.
— No sé qué clase de juego es este — continuó Nicolás, dando un paso al frente, acortando peligrosamente la distancia entre ambos —, pero no me interesa.
— Todos se interesan, Nicolás. Solo que algunos tardan más en darse cuenta.
El hombre pronunció su nombre con una familiaridad que lo incomodó. Nicolás frunció el ceño.
— No me diga que nos conocemos.
— Mejor que eso. — El hombre mayor guardó la cámara en el bolsillo interior del saco con una lentitud deliberada —. Sé mucho de ti. Y sé mucho de ella.
— ¿Qué quiere?
— ¿Otra vez la misma pregunta? — El hombre tomó su copa de la mesa cercana y bebió un sorbo tranquilo —. Te la voy a responder con otra pregunta: ¿Conoces bien a tu esposa, Nicolás? ¿De verdad la conoces?
El silencio fue más pesado que el humo de los cigarros que flotaba en el ambiente. Nicolás sintió que el piso se movía bajo sus pies. No, aquella no era una simple pregunta capciosa. Había algo más, algo oscuro escondido detrás de esos ojos que lo miraban como un depredador mira a su presa.
— Sé todo lo que necesito saber de ella.
— Hipócrita — respondió el hombre, sin perder la sonrisa —. Si supieras todo, no habrías tardado tanto en contestar.
Nicolás miró hacia el fondo del salón donde Victoria reía, ajena a todo. Tres años de matrimonio. Tres años de proyectos, de sueños, de construir un futuro juntos. ¿Cómo era posible que un extraño con un maletín lleno de dinero estuviera sembrándole dudas?
— Usted está perdiendo su tiempo — dijo Nicolás, pero su tono ya no era el mismo.
— Al contrario. Tú eres el que lo está perdiendo — el hombre señaló el maletín que seguía en la silla cercana —. Allí hay cien millones de dólares. No es letra muerta, no es una promesa. Es efectivo. Y solo te pido una noche.
— Ya le dije que no.
— Y sin embargo, sigues aquí conversando conmigo. — El hombre echó un vistazo alrededor —. Me parece curioso que quien rechaza una oferta tan generosa ni siquiera haya intentado alejarse de mí. ¿Sabes qué creo, Nicolás? Creo que hay una parte de ti que quiere saber lo que tengo que decir. Una parte que tiene dudas.
— No — respondió Nicolás, más para sí mismo que para el otro.
— Entonces vete. — El hombre extendió una mano hacia el maletín —. Da media vuelta, toma a tu hermosa esposa y lárgate de fiesta. No te detendré. — Su sonrisa se ensanchó —. Pero si te quedas, escucha lo que tengo que decirte.
Nicolás no se movió. Y lo odió por ello.
El hombre de traje azul dio un paso más cerca, bajando la voz hasta casi un susurro.
— Te voy a contar una historia sobre tu esposa. Una historia que ella jamás te ha contado. Y después de escucharla, tú mismo me vas a decir si mi propuesta sigue pareciéndote una locura.
Nicolás tragó saliva. Su corazón, que antes latía de rabia, ahora latía de miedo.
Porque de pronto se dio cuenta de que no sabía qué historia era esa. No sabía si quería escucharla. Y sobre todo, no sabía por qué una parte de él, una parte diminuta y traicionera, quería quedarse quieto y dejarlo terminar.
— Váyase al diablo — murmuró Nicolás, pero no se fue.
El hombre del traje azul sonrió con la satisfacción del que sabe que ha ganado el primer asalto.
— Eso ya lo hice hace muchos años, muchacho. — Se llevó la copa a los labios —. Pero el diablo y yo nos conocemos bien. De hecho, él me presentó a tu esposa.
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