Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión llega a su punto máximo…
Cuando el coche negro de cristales blindados se detuvo frente a la entrada principal del centro comercial, Rodrigo bajó sin esperar a que el chofer le abriera la puerta.
Caminó con zancadas largas, su presencia imponiendo un silencio natural a su paso. A lo lejos, divisó la figura pequeña y encorvada de su madre, sentada bajo el sol, todavía sosteniendo su sobre de papel estraza.
Se acercó a ella y se arrodilló, sin importarle que su traje de cinco mil dólares tocara el suelo sucio.
—Mamá —dijo suavemente, tomándole las manos—.
Doña Elena levantó la vista. Tenía los ojos rojos, pero al ver a su hijo, una pequeña chispa de alivio apareció en su mirada.
—No debiste venir, hijo. Tienes mucho trabajo. Es solo que… me sentí tan pequeña ahí dentro. Como si no valiera nada.
—Tú eres lo más valioso que existe en este mundo, mamá. Y ahora, vas a entrar conmigo. Vamos a comprar esos relojes, y vamos a hacer mucho más que eso.
Rodrigo la ayudó a levantarse, le sacudió el polvo del vestido sencillo de algodón y le ofreció su brazo. Juntos, la imagen del poder absoluto y la humildad absoluta, caminaron hacia la entrada de «Elegancia Real».
Dentro de la tienda, Julián estaba pasando un paño de microfibra sobre una vitrina, presumiendo ante una joven pasante sobre su «hazaña» de la mañana.
—Hay que tener olfato, querida —decía Julián con tono docto—. Si dejas que esa gentuza entre, el aire cambia. Los clientes de verdad, los que tienen cuentas en las Islas Caimán, no quieren compartir espacio con alguien que huele a mercado. Hay que saber limpiar la basura antes de que se acumule.
La pasante, una chica joven llamada Lucía, se veía visiblemente incómoda.
—Pero Julián, la señora tenía dinero. Parecía muy ilusionada.
—El dinero de esa gente es sucio, Lucía. Son monedas de centavo. Aquí vendemos estatus, no solo metal. Aprende eso o nunca llegarás a ser…
Las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. La puerta de la joyería se abrió y Julián puso automáticamente su sonrisa de «cliente de élite».
Vio entrar a un hombre alto, con un aura de autoridad que casi podía palparse. Julián enderezó la espalda, se ajustó el nudo de la corbata y se preparó para su mejor actuación. Pero entonces, vio quién venía del brazo de aquel caballero.
Era la vieja del sobre. La misma mujer que él había echado hacía apenas una hora.
Julián sintió una punzada de irritación. «Qué persistente es esta gente», pensó. Seguramente había convencido a algún abogado de oficio o a un pariente con un traje alquilado para venir a reclamar.
—Señor, bienvenido a Elegancia Real —dijo Julián, ignorando olímpicamente a Doña Elena—. ¿En qué puedo ayudar a un caballero de su distinción? Aunque debo advertirle que ya le pedí a su acompañante que se retirara. No permitimos acompañantes que no cumplan con el código de…
Rodrigo no lo dejó terminar. Se quedó en silencio, observando a Julián de arriba abajo con una mirada que habría hecho temblar a un glaciar.
—¿El código de qué? —preguntó Rodrigo con una voz peligrosamente baja—.
—Bueno, usted entiende… —Julián rió nerviosamente, buscando complicidad en los ojos del hombre rico—. La imagen de la marca. No queremos que nuestra clientela selecta se sienta en un mercado popular.
Rodrigo soltó una carcajada que no tenía nada de gracia.
—Es curioso que hables de la imagen de la marca. Dime, ¿cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
—Tres años, señor. Soy el vendedor con mayores comisiones de la zona norte.
—Tres años… —repitió Rodrigo—. Tres años recibiendo un sueldo que sale de mi bolsillo y ni siquiera sabes quién soy.
Julián parpadeó, confundido. El miedo empezó a filtrarse por las grietas de su confianza.
—¿De su bolsillo? No entiendo, caballero. Yo trabajo para el Grupo Magna…
—Yo soy Rodrigo Ferrara. El dueño y presidente del Grupo Magna. El hombre que firmó tu contrato de trabajo y el que, en este preciso momento, está lamentando profundamente haberle dado empleo a un ser tan vacío como tú.
El color desapareció del rostro de Julián. Se puso tan pálido que por un momento pareció que se iba a desmayar sobre la vitrina de los Rolex. Sus manos empezaron a sudar, manchando el cristal que tanto se había esmerado en limpiar.
—Señor Ferrara… yo… yo no sabía… la señora… ella no parecía… —balbuceó, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies—.
—Ella es Doña Elena Ferrara —dijo Rodrigo, elevando la voz para que todos en la tienda escucharan—. Mi madre. La mujer que financió este imperio con sus manos cansadas. La mujer que tú llamaste «basura».
El silencio en la joyería era tan denso que se podía cortar. Los otros empleados se habían quedado petrificados. Lucía, la pasante, miraba la escena con los ojos muy abiertos, sintiendo una mezcla de miedo y una secreta satisfacción.
—Mamá —dijo Rodrigo, volviéndose hacia ella con una ternura infinita—, ¿cuáles eran los relojes que querías para mis sobrinas?
Doña Elena, que había permanecido en silencio, señaló con un dedo tembloroso hacia la vitrina central, donde dos piezas de oro blanco y diamantes brillaban bajo los focos LED.
—Esos, hijo. Los que tienen las piedritas que parecen estrellas.
Rodrigo miró a Julián, quien sudaba copiosamente.
—Sácalos. Ahora mismo.
Julián, con los dedos torpes y temblorosos, buscó las llaves en su bolsillo. Se le cayeron dos veces al suelo antes de lograr abrir la vitrina. Sacó los relojes con una reverencia exagerada, casi cómica en su desesperación por agradar.
—Aquí están, señora Ferrara. Una elección magnífica. Permítame envolverlos en nuestras cajas de edición limitada…
—No los vas a envolver tú —lo cortó Rodrigo—. Lucía, ven aquí, por favor.
La joven pasante se acercó tímidamente.
—Tú vas a atender a mi madre. Y quiero que sepas que, a partir de este momento, eres la nueva gerente de esta sucursal. Julián te entregará las llaves y su gafete de inmediato.
Julián soltó un jadeo ahogado.
—¡Señor Ferrara, por favor! Tengo deudas, mi coche, mi departamento en la zona exclusiva… ¡Usted no puede hacerme esto por un malentendido!
Rodrigo se acercó a él, invadiendo su espacio personal hasta que Julián tuvo que retroceder contra la pared.
—No te estoy despidiendo por un malentendido. Te estoy despidiendo porque eres un cáncer para mi empresa. Un hombre que juzga el valor de una persona por la ropa que viste no merece representar nada de lo que yo he construido.
Rodrigo hizo una pausa, dejando que sus palabras se clavaran como puñales en el ego destrozado del vendedor.
—Y no te preocupes por tus deudas. Me encargaré personalmente de que todas las referencias laborales que salgan de esta oficina describan exactamente el tipo de «profesional» que eres. Mañana verás lo que es buscar trabajo cuando nadie quiere estrecharte la mano.
Julián cayó de rodillas, literalmente. La soberbia que lo inflaba hacía unos minutos se había evaporado, dejando solo a un hombre pequeño y patético.
—Por favor… se lo suplico…
Pero Rodrigo ya no lo escuchaba. Había vuelto su atención a lo único que realmente importaba en ese lugar.
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