Estás en la parte 2: la historia continúa…
El reloj de la pared marcaba las once de la mañana. Don Roberto terminó de secar el vestíbulo con una parsimonia que desesperaría a cualquiera, pero que en él era un acto de meditación. Cada movimiento del trapeador era un trazo de justicia que empezaba a dibujarse en su mente. Mientras tanto, en la cafetería del primer piso, Patricia y Marcos seguían regocijándose en su «hazaña».
—Deberías haber visto su cara, Marcos. Parecía que iba a llorar en cualquier momento —decía Patricia, mientras sorbía un latte de almendras—. Es increíble que sigan contratando a gente tan vieja para puestos operativos. Solo retrasan todo.
—Lo que me molesta es la estética, Paty. Este edificio es vanguardista, es el futuro del país. Un viejo con un overol sucio rompe con toda la imagen corporativa que estamos tratando de proyectar para la fusión de esta tarde. Si por mí fuera, hoy mismo estaría en la calle sin un peso de liquidación —añadió Marcos, revisando su reloj inteligente con impaciencia.
Lo que ellos no sabían era que el «anciano» al que tanto despreciaban estaba en ese momento entrando en el ascensor privado, aquel que requería una huella digital que solo tres personas en todo el continente poseían. Don Roberto se quitó el overol empapado dentro de la cabina, revelando debajo una camisa de seda blanca, impecable, y unos pantalones de vestir que hablaban de un estatus que Marcos ni siquiera podía soñar.
Al llegar al piso 50, su secretaria personal, una mujer que lo acompañaba desde hacía treinta años y la única que conocía el plan del «jefe», lo esperaba con un traje gris oscuro y una toalla seca.
—¿Se encuentra bien, señor presidente? —preguntó ella con genuina preocupación—. Se ve empapado. ¿Otra vez intentando ser «uno más del equipo»?
—Hoy fue diferente, Elena —respondió Roberto, secándose el cabello con firmeza—. Hoy descubrí que hemos criado cuervos en el departamento de finanzas y marketing. Jóvenes con títulos de Harvard pero con el corazón de piedra. ¿Tienes los expedientes de Patricia Soler y Marcos Valdivia?
—En su escritorio, señor. Justo como lo pidió.
Don Roberto se vistió con la calma de un general preparándose para la batalla final. Miró por el ventanal que daba a toda la ciudad, viendo cómo el sol se reflejaba en los cristales de los edificios vecinos. Él había fundado esta empresa en un garaje, cargando cajas y limpiando suelos de verdad porque no tenía para pagarle a nadie. Jamás permitiría que alguien fuera humillado en su propia casa por hacer el trabajo que él mismo hizo para sobrevivir.
Mientras tanto, en el lobby, el caos empezó a reinar. Julián, el Director de Operaciones y mano derecha de Roberto, llegó corriendo con el rostro pálido. Buscaba desesperadamente por todos lados.
—¡¿Dónde está?! —gritaba Julián a los guardias de seguridad—. ¡Me informaron que estaba aquí hace diez minutos! ¡El señor presidente estaba en el lobby!
Marcos y Patricia, que terminaban su café, se acercaron a Julián intentando ganar puntos con el jefe.
—Don Julián, cálmese —dijo Patricia con su voz más melosa—. Aquí no ha venido ningún presidente todavía. Solo estuvo un viejo conserje estorbando en la entrada, pero ya nos encargamos de que se fuera a limpiar a otro lado. Estaba todo sucio y mojado, un desastre total.
Julián se detuvo en seco. Miró a Patricia con una expresión de horror que la mujer no supo interpretar.
—¿Un viejo conserje? —preguntó Julián con la voz temblorosa—. ¿Llevaba un overol azul con el logo antiguo de la empresa?
—Sí, ese mismo —intervino Marcos, soltando una risita—. Un tipo impresentable. Le tiramos un poco de agua para que espabilara y se pusiera a trabajar. No se preocupe, ya limpiamos la imagen de la entrada para cuando llegue el verdadero jefe.
Julián sintió que el mundo se le venía abajo. Se llevó las manos a la cabeza, incapaz de creer lo que estaba escuchando. El silencio se apoderó del vestíbulo una vez más, pero esta vez era un silencio cargado de una tensión eléctrica, de esa que precede a una tormenta devastadora.
—Ustedes no tienen idea de lo que han hecho —susurró Julián—. No tienen la más mínima idea.
—¿De qué habla, señor? —preguntó Patricia, empezando a sentir un cosquilleo de nerviosismo en el estómago.
En ese momento, el ascensor principal se abrió. No era el ascensor de empleados, ni el de carga. Era el ascensor dorado, el que solo bajaba cuando el dueño absoluto de la corporación decidía hacer acto de presencia. Las puertas se deslizaron suavemente, revelando a un hombre imponente, vestido con un traje que gritaba poder y elegancia.
Sus pasos eran firmes, su espalda estaba recta y su mirada era como dos dagas de acero frío. Pero había algo familiar en su rostro. Algo que hizo que a Patricia se le cayera el teléfono de las manos y que Marcos sintiera que sus piernas se convertían en gelatina.
Era él. El conserje. El hombre del agua. El «indigente» que estorbaba en la entrada.
Don Roberto caminó directamente hacia el centro del lobby, donde el grupo lo esperaba en un estado de shock absoluto. Julián se inclinó de inmediato, con un respeto que rayaba en el temor.
—¡Don Roberto! ¡Señor presidente! —exclamó Julián con voz entrecortada—. Por favor, acepte mis disculpas. Yo no sabía que usted iba a…
Roberto levantó una mano, silenciándolo al instante. Sus ojos no se apartaron ni un segundo de Patricia y Marcos, quienes parecían haber olvidado cómo respirar. El color había abandonado sus rostros, dejando una palidez cadavérica que contrastaba con el rojo de la vergüenza que empezaba a subirles por el cuello.
—No te disculpes, Julián —dijo Roberto, y su voz ahora sonaba como el trueno antes de la lluvia—. El problema no es que tú no supieras. El problema es lo que estos dos sí sabían y, aun así, decidieron hacer.
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