“Solo necesito un minuto, una pequeña señal de humanidad en medio de este frío que me cala los huesos”, pensó el anciano mientras cerraba los ojos por un segundo, tratando de recuperar el aliento. Sus manos, nudosas y desgastadas por los años, temblaban no solo por el descenso de la temperatura en la avenida principal, sino por la angustia de verse incomunicado en una ciudad que parecía haber olvidado cómo mirar a los ojos.
Don Aurelio suspiró, ajustando su gastado saco de lana, una prenda que alguna vez fue elegante pero que ahora lucía los estragos del tiempo y el olvido. Levantó la vista y vio a un joven que caminaba con paso firme, emanando un aura de éxito artificial. El muchacho, que no pasaba de los veinticinco años, vestía un abrigo de paño impecable, de un color camello que brillaba bajo las luces de los escaparates de lujo.
—Disculpe, joven… —balbuceó Don Aurelio, extendiendo una mano temblorosa hacia el brazo del muchacho, sin llegar a tocarlo—. Por favor, ¿podría prestarme su teléfono un segundo? Es una emergencia, mi celular se quedó sin batería y necesito avisar que estoy bien.
Julián, el joven del abrigo, se detuvo en seco. Pero no lo hizo con compasión. Se hizo a un lado con un movimiento brusco, como si estuviera evitando una mancha de grasa en una alfombra blanca. Sus ojos recorrieron la figura del anciano con un asco que dolía más que el viento helado de la tarde.
—¡Hágase para allá! —gritó Julián, alzando la voz para que los transeúntes escucharan—. ¿Qué le pasa? Me vas a arruinar el abrigo, mugroso. ¿Tienes idea de cuánto cuesta esta prenda? ¡Vale más de lo que tú has ganado en toda tu miserable vida!
Don Aurelio bajó la mirada, avergonzado. Sus dedos se entrelazaron con fuerza. No era la primera vez que alguien lo juzgaba por su apariencia, pero el veneno en las palabras de aquel joven era particularmente amargo. La gente pasaba de largo, algunos mirando con curiosidad, otros con la misma indiferencia de quien ve una piedra en el camino.
—Solo es una llamada, joven… no le quitaré ni un minuto —insistió el anciano con un hilo de voz, tratando de mantener la dignidad a pesar de los insultos.
—¡Que no! Búscate a otro tonto —replicó Julián, sacando un pañuelo de seda de su bolsillo para sacudir una mota de polvo inexistente de su manga—. La gente como tú debería tener prohibido circular por estas calles. Arruinan la vista y, lo que es peor, ponen en riesgo las pertenencias de quienes sí trabajamos. ¡Lárgate antes de que llame a la policía!
Julián se dio la vuelta, acomodándose el cuello de su abrigo con una suficiencia insoportable. Estaba a punto de seguir su camino cuando una voz firme y dulce cortó el aire tenso de la tarde.
—¡Qué falta de respeto la suya! ¿Acaso no tiene abuelos o un poco de educación?
Era Sofía. Una joven de unos veintidós años que llevaba varias bolsas de supermercado y vestía una chaqueta sencilla, pero limpia. Se había detenido a pocos metros y había presenciado toda la escena con el corazón encogido de indignación.
Julián se dio la vuelta, soltando una carcajada burlona. —¿Y tú quién eres? ¿La defensora de los indigentes? Si tanto te importa, dale tú tu teléfono, a ver si no se sale corriendo con él. A lo mejor hasta te pega algo de su suciedad.
Sofía ignoró el comentario hiriente. Caminó hacia Don Aurelio, dejando sus bolsas en el suelo para buscar en su bolso. El anciano la miraba con una mezcla de sorpresa y gratitud. Hacía mucho tiempo que nadie lo miraba con tanta ternura, como si realmente fuera un ser humano y no un estorbo en la acera.
—Tome, señor, use el mío sin pena —dijo Sofía, extendiéndole un smartphone que tenía la pantalla ligeramente astillada, pero que funcionaba perfectamente—. Quédese tranquilo, yo aquí lo espero. Tómese el tiempo que necesite.
Don Aurelio tomó el aparato con una delicadeza extrema, como si fuera de cristal. Sus ojos se humedecieron un poco mientras miraba a la joven. —Muchas gracias, señorita. De verdad, Dios la bendiga. Solo será un momento.
Mientras el anciano marcaba el número con dedos torpes pero decididos, Julián se quedó a unos metros, cruzado de brazos y con una mueca de desprecio. No se iba. Parecía disfrutar del espectáculo, esperando que algo malo sucediera para poder decir «te lo dije».
—Vas a ver, niña —murmuró Julián, lo suficientemente alto para que ella lo oyera—. En este mundo, la bondad es para los ilusos. Ese viejo solo te está tomando el pelo. Seguramente está llamando a sus cómplices para que vengan a asaltarte.
Sofía no le respondió. Se mantuvo al lado de Don Aurelio, ofreciéndole una sonrisa de apoyo. El anciano terminó de marcar y esperó. Al otro lado de la línea, alguien contestó al primer timbrazo.
—¿Hola? Sí, soy yo… —dijo Don Aurelio con una voz que de repente sonó mucho más firme, casi autoritaria, pero cargada de afecto—. Sí, se apagó el aparato. Estoy en la esquina de la calle 14 y la avenida principal, frente a la tienda de relojes. Sí, aquí te espero. No te preocupes, una joven muy amable me prestó su teléfono. Date prisa, el frío está fuerte.
Colgó y le devolvió el teléfono a Sofía. Sus manos ya no temblaban tanto. —Ya vienen por mí, señorita. No sé cómo pagarle este gesto. En un mundo lleno de gente como ese muchacho, personas como usted son un tesoro.
Julián soltó una risotada estridente. —¿»Ya vienen por mí»? ¿Quién viene? ¿El camión de la basura? Por favor, dejen de hacer el ridículo y sigan su camino. Este es un barrio de gente importante, no un refugio.
El joven del abrigo de mil dólares empezó a caminar de un lado a otro, presumiendo su reloj de marca, mientras el cielo empezaba a oscurecerse y las luces de los autos creaban estelas brillantes en el pavimento húmedo.
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