¿Hasta dónde puede llegar la crueldad de quien se siente superior solo por tener un poco de perfume caro sobre la piel?
Vanessa no se detuvo a pensarlo mientras observaba con asco las manos nudosas y desgastadas de Doña Elena.
Para ella, esa mujer de sesenta años no era un ser humano con una historia, sino simplemente una mancha en el paisaje de la lujosa mansión que ahora pretendía gobernar.
—¡Te dije que no quería ver ni una sola gota de agua en este piso, vieja inútil! —gritó Vanessa, haciendo que su voz retumbara en las paredes de mármol del gran vestíbulo.
Doña Elena, con la espalda encorvada por años de trabajo honesto, apretó con fuerza la bayeta húmeda que sostenía entre sus dedos.
Sus ojos, cansados pero siempre dulces, se llenaron de una humedad que no tenía nada que ver con el cubo de limpieza.
—Señorita Vanessa, perdone usted… es que el cubo se resbaló un poco, mis rodillas ya no son las de antes —susurró la anciana, intentando mantener la dignidad a pesar del nudo en su garganta.
Vanessa soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de empatía.
Se acercó a la mujer, taconeando con fuerza, y con la punta de su zapato de diseñador, pateó intencionalmente el balde, derramando el agua jabonosa sobre los pies descalzos de la empleada.
—¡Tus rodillas no me importan! ¡Nada de ti me importa! —escupió la joven, cuyos ojos ardían con una arrogancia ciega—. Llevas días arrastrándote por esta casa como un alma en pena.
Doña Elena agachó la cabeza. Sabía que Vanessa era la nueva novia del hombre que, según ella, era el dueño de la propiedad.
Había llegado hacía apenas una semana y, desde el primer segundo, se había dedicado a hacerle la vida imposible a todo el personal, especialmente a ella.
—Recoge tus trapos asquerosos y lárgate de aquí —sentenció Vanessa, cruzándose de brazos—. Estás despedida. Y no quiero verte aquí cuando regrese de mi cita.
—Pero, señorita… no tengo a dónde ir a esta hora, y el señor no me ha dicho nada —balbuceó Elena, sintiendo que el mundo se le venía abajo.
—El «señor», como tú le dices, hace lo que yo le pido. Y yo te quiero fuera de mi vista. ¡Ahora! —gritó Vanessa, señalando la puerta principal con un gesto teatral.
Elena sintió un frío punzante recorrerle la columna. Había servido en esa casa con una dedicación casi religiosa.
Conocía cada rincón, cada secreto de las maderas, cada aroma que el jardín desprendía por las tardes.
Para ella, esa casa era su refugio, el lugar donde había encontrado paz después de tantos años de sacrificio para sacar adelante a su único hijo.
Con las manos temblorinas, la anciana se dirigió a la pequeña habitación del servicio en la parte trasera.
Cada paso le pesaba como si llevara piedras en los zapatos.
Vanessa la seguía de cerca, vigilando que no «robara nada», como ella misma lo decía con desprecio.
Elena sacó una maleta vieja, de esas que han visto demasiados viajes y demasiados inviernos.
Dentro puso sus pocos vestidos de algodón, una foto gastada de un niño pequeño sonriendo y un rosario de madera que le había regalado su madre.
—¿Eso es todo? —se burló Vanessa desde el marco de la puerta, limándose una uña con total indiferencia—. Pensé que con lo que robas aquí tendrías joyas o algo de valor.
—Yo no he robado nada nunca, señorita. Mi riqueza está en mi conciencia —respondió Elena con una firmeza que sorprendió incluso a la joven.
Vanessa bufó, molesta por la falta de sumisión absoluta.
—Como sea. Camina. No quiero que dejes tu olor a pobreza en los pasillos ni un minuto más.
La joven empujó a la anciana hacia la salida principal, ignorando que el cielo se estaba oscureciendo con nubes de tormenta.
Elena salió al pórtico, cargando su maleta que parecía pesar más que su propio cuerpo.
El viento frío de la tarde golpeó su rostro, despeinando sus canas y secando las lágrimas que finalmente habían decidido brotar.
Se quedó allí, de pie, frente a la imponente reja de hierro forjado, sintiéndose pequeña, desechable y profundamente sola.
Vanessa, desde el umbral, la miraba con una sonrisa de triunfo, disfrutando del poder que creía poseer.
—¡Y ni se te ocurra pedir una recomendación! —le gritó antes de intentar cerrar la puerta.
Pero la puerta no se cerró.
Un ruido de motor potente y elegante rompió el silencio de la calle privada.
Un sedán negro de última gama se detuvo justo frente a la entrada, bloqueando el camino.
Vanessa cambió su expresión de inmediato. Una sonrisa coqueta apareció en su rostro, creyendo que su «conquista» finalmente había llegado para llevarla a cenar.
—¡Mi amor! Llegas justo a tiempo para ver cómo puse orden en esta casa —exclamó Vanessa, bajando las escaleras del pórtico con una gracia ensayada.
Sin embargo, el hombre que bajó del coche no tenía una sonrisa para ella.
Vestía un traje hecho a medida, emanaba una autoridad natural y sus ojos estaban fijos en una sola dirección.
No miraba a Vanessa. Sus ojos estaban clavados en la figura encorvada y llorosa de la mujer que sostenía la maleta vieja.
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