Si llegaste hasta aquí desde Facebook, seguramente te quedaste con el corazón en un hilo al ver la supuesta generosidad de aquel joven. Pero como bien dicen en nuestros pueblos, «no todo lo que brilla es oro», y lo que estás por descubrir te dejará sin aliento y te hará reflexionar sobre la verdadera justicia.
Julián salió de la pequeña relojería «El Tiempo Dorado» con una sonrisa que desbordaba suficiencia.
Se ajustó el saco de su traje italiano, que le quedaba impecable, y sintió el peso del reloj de oro en su muñeca izquierda.
Era una pieza única, un Omega de colección que el anciano dueño había custodiado por décadas.
Atrás, en el pequeño local que olía a madera vieja y aceite de precisión, se quedaba don Samuel.
El anciano tenía los ojos humedecidos por la emoción, sosteniendo aquel fajo de billetes que Julián le había entregado con un gesto de desdén aristocrático.
—Quédese con el cambio, buen hombre —había dicho Julián con una voz aterciopelada—. Las almas como la suya merecen una recompensa por cuidar tan bien de estas joyas.
Don Samuel, con sus manos temblorosas por la edad, no dejaba de agradecerle.
—Que Dios se lo pague, joven. Usted es un ángel en estos tiempos tan difíciles —susurró el relojero mientras veía al joven alejarse.
Julián ni siquiera se inmutó ante la bendición. Para él, las bendiciones eran para los que no tenían poder.
Caminó por la acera con paso firme, ignorando a la gente que pasaba a su lado.
En su mente, solo había espacio para la satisfacción de haber ejecutado el plan a la perfección.
Subió a su auto deportivo estacionado a la vuelta de la esquina, un vehículo que rugía como una bestia sedienta de velocidad.
Lanzó la caja del reloj sobre el asiento del copiloto y soltó una carcajada seca.
—Ángel… —repitió para sí mismo, burlándose del anciano—. Si supieras, viejo tonto, que lo que tienes en las manos no vale ni el papel en el que está impreso.
Julián no era un millonario, aunque se esforzaba mucho por parecerlo.
Era, en realidad, un artista del engaño, un hombre que vivía de las apariencias y del vacío legal.
Había pasado semanas estudiando la tienda de don Samuel, notando que el anciano no usaba detectores de billetes ni tecnología moderna.
Era el blanco perfecto: alguien que aún confiaba en la palabra de un caballero y en el apretón de manos.
Mientras conducía hacia el restaurante más exclusivo de la ciudad, Julián ya estaba pensando en su próxima víctima.
Sentía una descarga de adrenalina que solo el crimen podía otorgarle.
Para él, la honestidad era una debilidad que los pobres usaban para sentirse mejores consigo mismos.
En su mundo, el éxito se medía por quién era más listo para arrebatarle algo al otro.
Llegó al restaurante «La Mansión del Sol», donde los meseros lo conocían por las propinas excesivas que solía dar (también con dinero dudoso).
Allí lo esperaba Marco, su socio y cómplice en mil batallas de ética cuestionable.
Marco lo recibió con un gesto de complicidad, señalando el reloj que brillaba bajo las luces dicroicas del lugar.
—¿Lo lograste? —preguntó Marco, bajando la voz mientras el sommelier se acercaba.
—Fue más fácil de lo que pensaba —respondió Julián, sentándose con elegancia—. El viejo casi se pone a llorar de la alegría.
Pidieron el whisky más caro de la carta, una botella cuyo precio equivalía al salario de un mes de cualquier trabajador promedio.
Julián se sentía el rey del mundo, rodeado de lujos, perfumes caros y el sonido de los cubiertos de plata.
No tenía ni una pizca de remordimiento por haber estafado a un hombre que probablemente dependía de esa venta para su jubilación.
Al contrario, sentía que le había dado una «lección de vida» al anciano.
—Brindemos por la ingenuidad —dijo Julián, levantando su copa de cristal—. Y por los que sabemos aprovecharla.
Las copas chocaron con un sonido cristalino, sellando lo que ellos creían que era el crimen perfecto.
Sin embargo, a varios kilómetros de allí, en la penumbra de la relojería, la atmósfera estaba empezando a cambiar.
Don Samuel, que seguía con el fajo de billetes sobre el mostrador, se dispuso a cerrar su caja registradora.
Pero algo en la textura del papel, algo casi imperceptible para un ojo inexperto pero evidente para alguien que ha trabajado con piezas milimétricas toda su vida, le llamó la atención.
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