Si llegaste hasta aquí desde nuestra página de Facebook, es porque tu corazón también se aceleró al ver la frialdad de Valeria. Sabemos que te quedaste con un nudo en la garganta y mil preguntas en la cabeza: ¿Cómo pudo una nieta llegar a tanto? ¿Qué pasó realmente en ese barco cuando las cámaras se apagaron y solo quedó el rugido de las olas? Quédate, porque lo que estás por descubrir te helará la sangre.
El sol de la tarde golpeaba la cubierta del «Esmeralda», un yate de lujo que solía ser el refugio de paz de Doña Elena.
Doña Elena no era solo una mujer adinerada; era una guerrera que había levantado un imperio textil desde la nada, con las manos llenas de callos y el alma llena de sueños.
A su lado, Valeria, su única nieta, lucía un vestido de seda que costaba más de lo que un obrero gana en un año. Pero bajo esa seda, no había corazón, solo una ambición devoradora.
—Abuela, deja de mirar el horizonte. Tenemos que hablar de los papeles de la transferencia —dijo Valeria, su voz era como el filo de una navaja.
Doña Elena suspiró, sintiendo que el aire marino ya no le limpiaba los pulmones. Se ajustó su chal de lana, un regalo de su difunto esposo, y miró a la joven con una tristeza infinita.
—Hija, el dinero no lo es todo. Te he dado una educación, una vida de reina… ¿por qué esa prisa por verme bajo tierra? —preguntó la anciana con la voz quebrada.
Valeria soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de afecto. Se acercó a la barandilla, donde el oleaje golpeaba con fuerza contra el casco de la embarcación.
—Lo que tú llamas «vida de reina» yo lo llamo «limosnas». Estoy cansada de pedirte permiso para gastar lo que, por derecho de sangre, me pertenece.
La tensión en el barco se podía cortar con un hilo. No había tripulación cerca; Valeria se había encargado de enviarlos a la proa con la excusa de limpiar un supuesto derrame.
Estaban solas. El cielo empezaba a teñirse de un naranja violáceo, como si el universo presagiara la tragedia que estaba a punto de ocurrir.
—He decidido que voy a donar la mayor parte de la fortuna a la fundación para niños huérfanos, Valeria. Tú tendrás lo suficiente para vivir bien, pero no para derrochar —sentenció Doña Elena con firmeza.
Esas palabras fueron la chispa en un barril de pólvora. El rostro de Valeria se transformó. La máscara de nieta consentida se cayó, revelando a un monstruo sediento de poder.
—¿Donarlo? ¿A unos mocosos que no conoces? —Valeria gritó, acercándose peligrosamente a su abuela—. ¡Esa plata es mía! ¡Yo la merezco!
Doña Elena intentó retroceder, pero sus piernas cansadas no respondieron con la rapidez necesaria. Sus ojos, nublados por los años, buscaron un rastro de amor en los ojos de su nieta, pero solo encontró un vacío oscuro.
—Valeria, por favor, cálmate… eres mi sangre —suplicó la anciana, sintiendo el frío metal de la barandilla en su espalda.
—La sangre se lava con agua salada, abuela —respondió la joven con una calma que aterraba—. Me cansé de tus reclamos. Hoy mismo te elimino… y absolutamente todo tu dinero será mío.
Sin un segundo de duda, con un movimiento calculado y brutal, Valeria empujó a la mujer que la había arrullado de niña.
Doña Elena no tuvo tiempo de gritar. El vacío la envolvió y, un segundo después, el agua helada del océano la tragó por completo.
Valeria se asomó por la borda. Vio las burbujas desaparecer. Vio cómo el cuerpo de la anciana era arrastrado por la corriente hacia las profundidades donde la luz no llega.
No hubo lágrimas. No hubo arrepentimiento. Valeria se arregló el cabello, se puso sus gafas de sol de diseñador y caminó hacia la cabina del capitán con una sonrisa gélida.
—Capitán —dijo con voz fingidamente preocupada—, mi abuela se siente mal y se ha ido a descansar a su camarote. Regresemos al puerto de inmediato, quiero darle una sorpresa en la ciudad.
Mientras el yate daba media vuelta, dejando atrás el lugar del crimen, Valeria ya estaba planeando el menú de la fiesta que daría esa misma noche.
Para ella, su abuela ya no era más que un recuerdo molesto que el mar se encargaría de desintegrar.
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