Apenas tres horas después de que el mar se cerrara sobre el cuerpo de Doña Elena, el ambiente en el penthouse más lujoso de la ciudad era radicalmente distinto.
No había rastro de luto, ni de silencio, ni de respeto. Las luces de neón decoraban las paredes de mármol y el sonido del pop más moderno retumbaba en los ventanales que ofrecían una vista impresionante de la metrópoli.
Valeria se había cambiado de ropa. Ahora lucía un vestido rojo carmesí, tan vibrante como la sangre, y sostenía una copa de cristal fino llena del champán más caro del mundo.
A su alrededor, una multitud de «amigos» —personas tan vacías y ambiciosas como ella— celebraban sin saber exactamente qué, pero disfrutando del derroche.
—¡Un brindis por la nueva dueña del imperio! —gritó un joven que buscaba el favor de Valeria.
Valeria subió a una pequeña tarima improvisada. El brillo en sus ojos no era de felicidad, sino de una euforia maníaca. Se sentía invencible. El plan había salido a la perfección.
—¡Escuchen todos! —exclamó, alzando su copa—. Hoy es el primer día de mi verdadera vida. Se acabaron las restricciones, se acabaron los sermones de «ahorra para el futuro» y «sé humilde».
La multitud vitoreó. Valeria bebió un largo trago, sintiendo el cosquilleo de las burbujas en su garganta, el mismo cosquilleo que seguramente sintió su abuela al tragar agua salada. Pero a ella no le importaba.
—Quitar del camino a esa anciana inservible fue perfecto —susurró para sí misma, aunque el alcohol la hizo hablar un poco más fuerte de lo debido—. Disfrutaré la opulencia que me corresponde. ¡A celebrar! ¡Jajajaja!
Mientras tanto, en la oficina del penthouse, los abogados de la familia, que Valeria había convocado bajo engaños, revisaban unos documentos. Ella les había dicho que su abuela le había firmado un poder total antes de «irse de viaje inesperado».
La impunidad era su mayor trofeo. Valeria caminaba entre sus invitados, repartiendo billetes como si fueran confeti, burlándose de la memoria de la mujer que le dio todo.
—¿Y tu abuela, Vale? Pensé que ella nunca te dejaría hacer una fiesta así —le preguntó una conocida con malicia.
—Mi abuela… bueno, digamos que decidió tomarse unas vacaciones permanentes en un lugar muy profundo y silencioso —respondió Valeria, estallando en una carcajada que heló la sangre de los pocos sirvientes que aún quedaban en la casa.
Pero mientras el champán corría y la música ocultaba cualquier rastro de decencia, algo estaba ocurriendo a kilómetros de allí, en la costa.
Un viejo pescador, de esos que conocen el mar como la palma de su mano, había visto algo inusual flotando cerca de unas rocas. No era basura, ni restos de madera. Era el brillo de un chal de lana blanca.
Con manos expertas y un corazón de oro, el hombre logró subir a su modesta barca el cuerpo inerte de Doña Elena. La mujer estaba pálida, fría como el hielo, pero su corazón, terco como su voluntad, aún emitía un latido débil, casi imperceptible.
—Resista, señora, resista —susurraba el pescador mientras la envolvía en mantas viejas y ponía el motor a máxima potencia hacia la clínica más cercana.
Doña Elena no estaba muerta. El mar, en un acto de justicia poética, la había empujado hacia una corriente que la mantuvo a flote lo suficiente.
En el penthouse, la fiesta llegaba a su clímax. Valeria estaba sentada en el trono de su abuela, con fardos de billetes sobre la mesa, presumiendo su fortuna ante cámaras de celulares que transmitían todo en vivo por redes sociales.
—¡Mírenme! ¡Soy la reina! ¡Nadie puede detenerme! —gritaba Valeria a la cámara, completamente ebria de poder.
De repente, el timbre del penthouse sonó. No era un sonido normal; era un timbre insistente, pesado, que logró filtrarse por encima de los bajos de la música.
Valeria, molesta, hizo una señal para que detuvieran la música.
—¿Quién se atreve a interrumpir mi momento? —bramó, caminando hacia la puerta con paso tambaleante.
Pensó que sería la policía por el ruido, o quizás algún vecino envidioso. Estaba preparada para sobornarlos con un par de fajos de billetes y enviarlos de vuelta por donde vinieron.
Al abrir la puerta, el aire se escapó de sus pulmones. Sus ojos se abrieron tanto que parecieron querer saltar de sus órbitas. La copa de champán cayó al suelo, estallando en mil pedazos, justo como su plan perfecto.
Allí, frente a ella, no había policías.
Había una figura envuelta en una bata de hospital, con el cabello todavía húmedo de salitre y una mirada que quemaba más que el fuego.
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