El maletín robado, la mentira de Ramira y el karma que nadie vio llegar

Estás en la parte exacta donde la historia se pone interesante: la caída de Ramira acaba de comenzar.
—Pero… pero yo soy su empleada de confianza —balbuceó Ramira, retrocediendo un paso—. Llevo diez años trabajando aquí. Nunca le he fallado.
Don Ernesto negó con la cabeza lentamente, como un maestro decepcionado.
—Eso es precisamente lo que duele más, Ramira. La traición de alguien en quien confiabas escribe con tinta roja en el alma. Y tú, querida, has manchado diez años de lealtad en un solo día.
Lupila sintió que su corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. No entendía bien qué estaba pasando, pero sabía que algo enorme estaba a punto de suceder.
—Señor… —la voz de Lupila salió apenas como un susurro—. ¿Yo… yo ya no tengo que volver mañana, verdad?
Don Ernesto la miró con una dulzura que contrastaba con la tormenta que se estaba gestando en sus ojos grises.
—Tú no te vas a ningún lado, Lupila. Tú eres mi prioridad ahora. Siéntate, por favor, porque lo que voy a hacer va a quedar como marca en la historia de este lugar.
Ramira tragó saliva con dificultad. Sus manos perfectamente arregladas comenzaron a sudar.
—¿Qué va a hacer, jefe?
Don Ernesto se acomodó en su silla como un rey preparándose para dictar sentencia. Tomó el teléfono y marcó un número, poniendo el altavoz para que todos pudieran escuchar.
—¿Don Ernesto? —contestó una voz familiar al otro lado de la línea—. ¿Encontró el maletín?
—Sí, señor Mendoza —respondió él con una calma sepulcral—. ¿Podría hacer el favor de venir ahora mismo? Tengo el maletín y también tengo a la persona que lo tomó. Pero quiero que usted lo venga a verificar personalmente.
—Claro, claro. En diez minutos estoy ahí.
La llamada terminó. El silencio en la oficina era tan denso que podría cortarse con el cuchillo más desafilado de la cocina. Ramira se estaba desmoronando por dentro, pero su orgullo la mantenía de pie como un mástil en medio de la tormenta.
—¿Por qué le dijo que venga? —preguntó Ramira con evidente nerviosismo—. Yo le puedo decir dónde está el maletín. Yo… yo solo lo guardé por seguridad.
Don Ernesto levantó una ceja con escepticismo.
—¿Por seguridad? ¿Y entonces por qué despediste a Lupila acusándola de robo sin siquiera consultarme?
Silencio total.
### El descenso de la soberbia
La puerta del restaurante se abrió con un tintineo de campanitas. Don Ernesto se levantó de inmediato y caminó al frente, con paso firme. Ramira lo siguió como una sombra culpable, y Lupila fue detrás, sintiendo que el mundo giraba a su alrededor.
Un hombre de traje azul, corbata plateada y porte impecable entraba con la parsimonia de quien ha sido esperado en muchos lugares. Se llamaba Gonzalo Mendoza, un empresario importante que había hecho negocios millonarios desde esa misma mesa.
—Don Gonzalo, qué gusto verlo —dijo don Ernesto extendiendo la mano, que el otro estrechó con firmeza—. Tenemos un pequeño drama que resolver.
—Entiendo —dijo Gonzalo, observando el restaurante con ese aire de superioridad de los hombres que están acostumbrados a que todo les sonría—. El maletín contiene documentos importantes, pero la cantidad de dinero que hay dentro es solo el diez por ciento del valor real de lo que hay en esas carpetas. Así que, sí, es bastante… valioso.
Ramira sintió que las piernas le flaqueaban. ¿El diez por ciento dijeron? ¿Cuánto traía ese maletín, entonces?
—Señor Mendoza —dijo don Ernesto con solemnidad—, necesito que me diga exactamente cuánto dinero había en ese maletín.
Gonzalo sacó un papel de su bolsillo y lo leyó con tono profesional.
—Cincuenta mil dólares en efectivo, para el cierre de un negocio inmobiliario. Más documentos que valen cerca de medio millón en proyectos firmados.
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