El impacto fue inmediato. Julián no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Había pasado semanas planeando este momento, imaginando a Elena escondida en un rincón, humillada por su presencia y la de su nueva y ostentosa novia, Viviana. Pero lo que veía era una pesadilla para su ego: su «víctima» caminaba con una elegancia imperial, protegida por el aura de poder que solo Adrián Thorne podía proyectar.
—Mantén la calma, Elena —susurró Adrián al oído de ella, inclinándose con una ternura fingida que hizo que las señoras de la alta sociedad soltaran un suspiro colectivo—. Siente cómo se le escapa el aire. Ese es tu primer triunfo.
Julián, incapaz de contener su curiosidad y su rabia, se acercó a ellos arrastrando a Viviana, quien miraba a Elena con una mezcla de envidia y confusión.
—¡Adrián! Qué sorpresa verte por aquí —dijo Julián, tratando de forzar una sonrisa de camaradería que no le llegaba a los ojos—. No sabía que conocías a… bueno, a Elena.
Adrián se detuvo y miró a Julián como si fuera un insecto particularmente molesto que acababa de aterrizar en su solapa. No le dio la mano. Simplemente mantuvo a Elena pegada a su costado, su mano descansando posesivamente sobre la de ella.
—¿Conocerla? —Adrián soltó una risa corta y seca que sonó extrañamente melódica—. Julián, parece que estás muy desinformado. Elena es la razón por la que he estado tan distraído últimamente. Es una mujer excepcional… aunque supongo que alguien con tu visión limitada nunca pudo apreciar su verdadero valor.
El rostro de Julián pasó del blanco al rojo en un segundo. Viviana, sintiéndose ignorada, intervino con voz chillona.
—Vaya, Elena, qué rápido te has recuperado. La última vez que supe de ti, estabas buscando dónde quedarte después de que tus «malos manejos» financieros te dejaran en la calle.
Elena sintió un pinchazo de dolor en el pecho, pero antes de que pudiera flaquear, sintió la presión firme de la mano de Adrián sobre la suya. Era un ancla. Era su fuerza.
—Es curioso que menciones los «malos manejos», señorita —dijo Adrián, fijando su mirada gélida en Viviana—. Porque, precisamente, he pasado los últimos días revisando algunos libros contables con mis abogados. Y parece que los errores no fueron de Elena, sino de alguien que pensó que podía borrar sus huellas usando empresas fantasma.
Julián palideció notablemente. El sudor empezó a perlar su frente.
—No sé de qué hablas, Adrián. Son solo negocios… cosas complicadas —balbuceó Julián, tratando de retroceder.
—Oh, no te vayas tan pronto, Julián —dijo Adrián, dando un paso hacia adelante, obligando a Elena a caminar con él, dominando el espacio—. La fiesta apenas comienza. He decidido que Elena se convierta en mi socia principal en el nuevo proyecto inmobiliario del centro. Sí, ese mismo que tú intentaste licitar y que te fue denegado por falta de… digamos, solvencia moral.
Los invitados que estaban cerca se acercaron más. El chisme era demasiado jugoso para ignorarlo. Elena miraba a Adrián con una mezcla de asombro y gratitud. Él estaba yendo mucho más allá de una simple farsa. Estaba reconstruyendo su reputación frente a todos.
—¿Socia? —rio Julián con amargura—. Adrián, te están tomando el pelo. Esta mujer no tiene ni un centavo. Lo perdió todo por su propia incompetencia. ¡Pregúntale! Pregúntale dónde durmió la semana pasada.
El salón se quedó en un silencio sepulcral. Elena sintió que el mundo se desmoronaba. La verdad estaba ahí, desnuda y cruel. Pero Adrián no se inmutó. Al contrario, soltó una carcajada que resonó en las paredes de mármol.
—¿Dónde durmió? Durmió en una de mis propiedades, bajo mi protección —mintió Adrián con tal convicción que hasta la propia Elena estuvo a punto de creérselo—. Y sobre su dinero… bueno, digamos que el dinero va y viene, Julián. Pero la clase y la integridad no se compran. Algo que tú, por más que te esfuerces en rentar este traje y este reloj, nunca tendrás.
Adrián hizo una señal con la mano a un hombre que estaba cerca de la entrada. Era su jefe de seguridad.
—Julián, me han informado que hay algunas irregularidades con tu invitación a esta gala. Parece que el anfitrión no está muy contento con los rumores de tus recientes estafas. Creo que es momento de que te retires.
—¡No puedes hacerme esto! —gritó Julián, perdiendo los papeles—. ¡Elena, diles la verdad! ¡Diles que eres una muerta de hambre!
Pero nadie escuchaba a Julián. Dos hombres de seguridad lo tomaron de los brazos con firmeza. Viviana, viendo que el barco se hundía, se soltó de él y se alejó rápidamente, fingiendo que no lo conocía.
Mientras arrastraban a Julián hacia la salida, él seguía gritando improperios, pero su voz se perdía entre los acordes de la orquesta que Adrián, con un simple gesto, había ordenado que empezara a tocar de nuevo.
Adrián se giró hacia Elena. Ella estaba temblando, no de tristeza, sino por la descarga de adrenalina. Por primera vez en meses, no se sentía pequeña.
—¿Estás bien? —le preguntó él, y esta vez, su voz no tenía rastro de frialdad. Era una pregunta real.
—Yo… no sé cómo agradecerte esto —logró decir ella—. Has hecho más por mí en diez minutos que cualquier persona en años. Pero… Julián tiene razón en algo. No tengo nada. No puedo pagarte esta farsa.
Adrián la miró fijamente. Sus ojos oscuros parecieron suavizarse por un instante.
—Elena, la farsa terminó en el momento en que él abrió la boca. Lo que viene ahora… eso es la vida real. Y te aseguro que Julián aún no ha visto lo peor.
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