Sé que vienes con el corazón en la mano después de ver ese video en Facebook; esa mirada de auxilio de ella y la frialdad de él nos dejaron a todos con la piel de gallina, pero prepárate, porque lo que pasó después de que las cámaras se apagaron es mucho más impactante de lo que imaginas.
Adrián Thorne no era un hombre que regalara favores. En el mundo de las altas finanzas y los salones dorados de la ciudad, su nombre era sinónimo de acero y distancia. Por eso, cuando sintió los dedos temblorosos de Elena aferrándose a la manga de su traje de tres mil dólares, su primera reacción fue de un rechazo instintivo.
—¿Qué ganaría yo con esto? —preguntó él, con esa voz grave que parecía capaz de detener el tiempo—. No me gustan los juegos de salón, y mucho menos las escenas melodramáticas.
Elena lo miró a los ojos. No era una mirada de una mujer buscando dinero, era la mirada de alguien que ya no tiene nada más que perder. Sus mejillas estaban húmedas, pero su barbilla se mantenía firme, a pesar de que sus piernas amenazaban con fallarle en cualquier momento.
—Ese hombre que está allá, el que se ríe con esa copa de champaña en la mano… —susurró ella, con la voz quebrada—, se llama Julián. Él no solo me rompió el corazón, señor Thorne. Él me robó la herencia de mis padres, falsificó mi firma para dejarme con deudas que no podré pagar en tres vidas y me echó de mi propia casa en una noche de lluvia.
Adrián arqueó una ceja, manteniendo su máscara de indiferencia, pero algo en su interior se movió. Él conocía a Julián. Sabía que era un trepador social, pero no conocía el nivel de su bajeza.
—Hoy está aquí para presentar a su «nueva conquista» —continuó Elena, apretando el brazo de Adrián con más fuerza—. Me envió la invitación solo para que lo viera triunfar sobre mis cenizas. Quiere que todos en este salón vean que soy una mendiga rogando por migajas. Por favor… solo necesito que, por una hora, él crea que no pudo destruirme.
Adrián guardó silencio. Sus ojos recorrieron el salón hasta encontrar a Julián. El tipo estaba rodeado de gente influyente, jactándose de negocios que Adrián sabía que eran humo. La injusticia era algo que el magnate detestaba más que la debilidad.
—Usted dice que él le robó todo —dijo Adrián, ajustándose los gemelos de oro—. Si yo acepto este trato, no será solo para que él crea que no la destruyó. Será para que entienda que meterse con la mujer equivocada fue el último error de su miserable vida.
Elena contuvo el aliento. Vio cómo la expresión gélida de Adrián se transformaba en algo parecido a una determinación feroz. Él no estaba aceptando un favor; estaba declarando una guerra.
—Escúchame bien —le dijo él, bajando el tono y acercándose tanto que ella pudo oler su perfume a madera y éxito—. A partir de este segundo, vas a dejar de llorar. Vas a levantar esa cabeza como si fueras la dueña de todo este edificio. No me sueltes el brazo, y cada vez que yo te mire, sonríe como si yo fuera el centro de tu universo.
Elena asintió, secándose las lágrimas con un movimiento rápido y elegante. Adrián le ofreció su brazo de nuevo, pero esta vez no con rigidez, sino con una caballerosidad que parecía genuina.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él mientras empezaban a caminar hacia el centro del Salón Dorado.
—Elena… Elena Valente.
—Bien, Elena. Prepárate. Vamos a darles un espectáculo que no olvidarán jamás.
Caminaron juntos, y el ambiente en el salón cambió de inmediato. Los susurros empezaron a correr como pólvora. ¿Quién era esa mujer que caminaba del brazo del hombre más inalcanzable del país? Julián, que estaba a unos metros contando un chiste mediocre, se quedó petrificado con la copa a medio camino de la boca.
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