Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento de mayor tensión en la entrada de la mansión…
Isabella se llevó las manos a la cabeza, soltando un gemido de desesperación que resonó en el silencio de la calle. Para Ramiro, ver a esa mujer tan poderosa derrumbándose frente a él le daba una sensación extraña de superioridad, pero el miedo a ser descubierto seguía ahí, latente, como un animal al acecho.
—No puede ser… —susurró Isabella—. Estuve en la plaza, me bajé un momento… Le di unas monedas a una mujer… ¡Dios mío, debo haberla dejado caer ahí mismo!
Ramiro mantuvo su máscara de profesionalismo.
—Si gusta, puedo revisar las grabaciones de las cámaras de la calle, señora. Quizás alguien la siguió.
—¡Hazlo! ¡Hazlo ahora mismo! —ordenó ella, entrando a la pequeña oficina del guardia.
Ramiro sintió un vuelco en el estómago. Había cometido un error de principiante: no había borrado las imágenes todavía. Su mente trabajaba a mil por hora mientras se sentaba frente a los monitores. Isabella estaba de pie, justo detrás de él, respirando con dificultad. Sus ojos escudriñaban cada rincón de las pantallas.
—A ver… regresemos diez minutos —dijo Ramiro, fingiendo torpeza con los controles—. Estas cámaras a veces fallan con el reflejo del sol, ya sabe.
—¡Ahí! ¡Detenlo! —gritó Isabella, señalando la pantalla.
En el video se veía la calle vacía. Ramiro respiró aliviado por un segundo, dándose cuenta de que estaba mostrando la cámara trasera de la propiedad. Rápidamente, cambió a la cámara frontal, pero antes de que la imagen cargara, fingió que el sistema se bloqueaba.
—¡Maldición! Se congeló el software —mintió Ramiro, dándole un golpe seco al monitor—. Suele pasar cuando hay picos de tensión. Tendré que reiniciar todo el servidor, señora. Tardará unos veinte minutos.
Isabella golpeó la mesa con frustración.
—¡No tengo veinte minutos! —salió de la caseta, caminando de un lado a otro—. Si esa mujer la encontró, seguramente ya se fue. O peor, se la quedó. ¡Esa gente es capaz de todo por unos billetes!
Ramiro asintió, alimentando el prejuicio de su jefa.
—Así es, señora. Usted sabe cómo es esa gente del centro. Probablemente ya se está gastando su dinero en quién sabe qué. Yo que usted, daría todo por perdido y cancelaría las tarjetas.
Isabella sacó su teléfono móvil, pero sus dedos temblaban tanto que se le cayó al suelo. Al agacharse para recogerlo, algo llamó su atención cerca del borde de la acera, justo donde Rosa había estado parada minutos antes. Era un pequeño objeto brillante, casi invisible entre la gravilla.
Se acercó lentamente y lo recogió. Era una pequeña medalla de la Virgen de Guadalupe, desgastada y atada a un cordel de hilo negro muy viejo.
—¿Qué es esto? —preguntó Isabella, mostrándosela a Ramiro.
El guardia sintió un escalofrío. Reconoció el objeto de inmediato; Rosa lo llevaba colgado al cuello, y seguramente se le soltó cuando él le arrebató la billetera con violencia.
—Seguro es basura que trajo el viento, señora —dijo Ramiro, tratando de sonar indiferente—. Hay muchos desperdicios en esta zona últimamente.
Isabella observó la medalla. No era basura. Estaba tibia, como si hubiera estado en contacto con la piel de alguien hasta hace muy poco. Y entonces, un recuerdo la golpeó con la fuerza de un rayo. La mujer de la plaza. La anciana a la que ella le había arrojado las monedas con tanto desprecio. Esa mujer llevaba una medalla idéntica.
—Ella estuvo aquí —dijo Isabella en un susurro, mirando fijamente a Ramiro—. Esta medalla es de la mujer a la que le di limosna hoy.
—Señora, le aseguro que…
—¡No me mientas, Ramiro! —gritó Isabella, su intuición de mujer de negocios disparándose—. Tu cara ha cambiado desde que mencioné a la anciana. ¿Vino ella aquí? ¿Vino a traerme mi billetera y tú la echaste?
Ramiro tragó saliva. El sudor ahora le empapaba la camisa del uniforme.
—Señora, vino una indigente, sí… pero solo venía a pedir comida. Estaba siendo muy agresiva y la invité a retirarse. No traía nada en las manos, se lo juro por mi madre.
Isabella no le creyó. Había algo en la mirada de Ramiro, una chispa de codicia que ella había visto muchas veces en las salas de juntas de su empresa. Sin decir una palabra, Isabella caminó hacia su SUV, pero en lugar de subir, rodeó el vehículo y se dirigió hacia la esquina por la que Rosa se había ido.
—¡Señora, es peligroso ir sola! —gritó Ramiro, saliendo de la caseta, desesperado por detenerla.
Pero Isabella ya no escuchaba. Algo dentro de ella, un sentimiento de culpa que no sabía que poseía, la impulsaba a buscar a esa mujer. Caminó rápido, ignorando el dolor de sus zapatos de tacón alto sobre el pavimento. Al llegar a la esquina, divisó a lo lejos una figura pequeña y encorvada que caminaba con lentitud, como si cargara el peso del mundo sobre sus hombros.
—¡Oiga! ¡Señora! —gritó Isabella.
Rosa se detuvo. Al girarse y ver a la mujer rica corriendo hacia ella, su primer instinto fue el miedo. Pensó que el guardia había cumplido su promesa y que la policía venía a arrestarla por un crimen que no cometió. Se quedó paralizada, temblando, mientras Isabella llegaba hasta ella, jadeando.
—Usted… usted fue a mi casa, ¿verdad? —preguntó Isabella, tratando de recuperar el aliento.
Rosa bajó la mirada, avergonzada.
—Sí, señora. Perdóneme. Solo quería devolverle lo que es suyo. Se lo entregué al joven de la puerta. Él dijo que se lo daría a usted.
Isabella sintió que el mundo se detenía. Las piezas del rompecabezas encajaron con una claridad aterradora. Ramiro tenía el dinero. Ramiro le había mentido en la cara mientras ella lloraba de angustia.
—¿Usted se la entregó en la mano? —preguntó Isabella, su voz volviéndose fría como el acero.
—Sí, señora. Me la quitó… bueno, la tomó de mis manos. Espero que esté todo completo. Yo no abrí los compartimentos pequeños, solo vi que era suya por la foto que tiene allí, la de la señora mayor… se parece mucho a usted.
Isabella sintió una punzada en el corazón. La foto de su madre. El único recuerdo original que le quedaba de la mujer que le enseñó a ser fuerte, pero que también le advirtió que nunca perdiera la humanidad. Una humanidad que Isabella había olvidado entre lujos y balances bancarios.
—Venga conmigo, Rosa —dijo Isabella, tomando suavemente el brazo de la anciana.
—No quiero problemas, señora… por favor…
—Los problemas no son para usted, Rosa. Son para los que creen que pueden pisotear la honradez.
Mientras caminaban de regreso hacia la mansión, Ramiro observaba desde la distancia a través de unos binoculares. Al ver que Isabella regresaba del brazo de la mendiga, entró en pánico total. Sabía que estaba acabado si no actuaba rápido. Entró en la caseta, sacó la billetera de su pecho y buscó desesperadamente un lugar donde esconderla.
Pero la mente de un criminal acorralado suele traicionarlo. En lugar de tirarla por la alcantarilla o esconderla fuera, decidió que lo mejor era ocultarla en el conducto de ventilación del techo de la caseta. Se subió a una silla, retiró la rejilla y empujó la billetera hacia adentro.
Justo cuando estaba colocando la rejilla de nuevo, la puerta de la caseta se abrió de golpe. Isabella entró con una expresión que Ramiro nunca le había visto. Era la mirada de alguien que está a punto de destruir a un enemigo. Detrás de ella, Rosa observaba la escena con ojos llenos de asombro.
—Ramiro —dijo Isabella con una calma sepulcral—. Te voy a dar una sola oportunidad. Saca la billetera que esta señora te entregó.
—Señora, ya se lo dije… esa mujer está loca, está mintiendo para sacarle dinero —Ramiro intentó reír, pero el sonido fue un graznido seco—. ¿A quién le va a creer? ¿A su empleado de confianza de hace cinco años o a una mujer que duerme en la calle?
Isabella se acercó a él, invadiendo su espacio personal.
—Esa «mujer que duerme en la calle» tiene más honor en un solo dedo que tú en todo tu cuerpo. Registren la caseta —ordenó Isabella por su radio personal, llamando al equipo de seguridad interna de la mansión.
—¡No pueden hacer eso! ¡Es mi espacio privado! —gritó Ramiro, bloqueando el acceso.
En ese momento, dos hombres corpulentos de la seguridad privada de la familia aparecieron. Ramiro sabía que el juego había terminado, pero todavía tenía un as bajo la manga. O eso creía él. Miró a Rosa con un odio puro, un odio que buscaba culpar a la víctima de sus propias decisiones.
—Si yo caigo, vieja maldita, te juro que te arrepentirás —le susurró en un tono que solo ella pudo oír.
Pero Isabella lo escuchó. Y fue en ese momento cuando la situación escaló a un punto sin retorno.
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