Continuamos con la historia donde la dejamos…
El silencio en la oficina era tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
Don Alberto miró a Ricardo y, con un gesto, le pidió que se ocultara en el pequeño cuarto de archivos que estaba detrás de su escritorio.
—No hagas ruido, Ricardo. Pase lo que pase, quédate ahí hasta que yo te llame —susurró.
El guardia asintió y se escondió.
Pocos segundos después, se escucharon dos toques suaves en la puerta. Era el sonido de la traición llamando a la entrada.
—Pasa, Sofía —dijo Don Alberto, fingiendo estar inmerso en unos papeles.
La secretaria entró con una carpeta de cuero bajo el brazo. Caminaba con una seguridad envidiable, sus tacones resonando sobre el piso de mármol como una cuenta regresiva.
Dejó la carpeta sobre el escritorio con un movimiento grácil.
—Aquí tiene, Don Alberto. Los comprobantes de firma de todo el personal. Como verá, todos recibieron su pago y su aumento correspondiente.
El empresario abrió la carpeta. Los documentos parecían legítimos.
Tenían los nombres de los empleados y, al lado, firmas que parecían ser las de ellos.
Sin embargo, al observar de cerca la firma de María, la señora de la limpieza, notó algo extraño.
María apenas sabía escribir su nombre; siempre lo hacía con una letra temblorosa y grande.
La firma en el papel era una rúbrica elegante y fluida.
—Sofía —dijo él, sin levantar la vista del papel—, ¿tú estuviste presente cuando María firmó esto?
—Sí, claro. Estaba muy emocionada. Me dio las gracias varias veces —mintió ella con una calidez fingida.
Don Alberto cerró la carpeta con un golpe seco que hizo que Sofía diera un pequeño salto.
—Es curioso —comentó él, levantándose de su asiento y caminando hacia la ventana—, porque hablé con Ricardo hace unos minutos.
El rostro de Sofía cambió por una fracción de segundo.
Fue un destello de miedo que desapareció casi instantáneamente, reemplazado por una expresión de preocupación maternal.
—¿Ricardo? Ay, Don Alberto… me da mucha pena decírselo, pero Ricardo ha estado teniendo problemas personales. Usted sabe, el alcohol… parece que está empezando a imaginar cosas. Vino a mi oficina esta mañana exigiendo más dinero, diciendo que lo que le pagamos no era suficiente. Tuve que calmarlo porque estaba muy alterado.
Don Alberto se dio la vuelta lentamente.
—¿Ah, sí? ¿Estaba alterado?
—Mucho. Incluso me amenazó con inventarle historias a usted si yo no le daba un bono extra por fuera de la nómina. Por supuesto, me negué. No puedo permitir que nadie abuse de su generosidad, patrón.
La audacia de la mujer no tenía límites.
Estaba destruyendo la reputación de un hombre honesto para salvar su propio pellejo.
En ese momento, Don Alberto sintió que la furia que había estado conteniendo se convertía en una determinación gélida.
—Tienes razón, Sofía. No podemos permitir que nadie abuse de mi generosidad. Por eso, he decidido hacer algo especial hoy.
—¿Algo especial? —preguntó ella, recuperando su sonrisa.
—Sí. Vamos a convocar a una reunión general en el salón de conferencias. Ahora mismo. Quiero que todos los empleados dejen lo que están haciendo y suban. Quiero darles un mensaje de agradecimiento personal por su esfuerzo, ahora que sé cuánto «valoran» el aumento que les dimos.
Sofía palideció ligeramente.
—Señor, ¿no cree que es un poco repentino? Tenemos mucho trabajo pendiente y…
—Es una orden, Sofía. Ve y diles a todos. En diez minutos. Y asegúrate de que tú estés en la mesa principal conmigo. Después de todo, tú eres la que ha manejado todo esto, ¿no es así?
Ella no tuvo más remedio que asentir. Salió de la oficina con pasos más rápidos de lo normal.
En cuanto la puerta se cerró, Ricardo salió del cuarto de archivos.
Tenía el rostro desencajado y las lágrimas corrían por sus mejillas.
—¿Oyó eso, patrón? Dijo que yo soy un borracho… yo que nunca he probado una gota de licor en mi vida porque mi padre murió de eso… —sollozó el guardia.
Don Alberto puso una mano sobre el hombro de Ricardo.
—Lo sé, Ricardo. Lo sé todo. Ahora, necesito que hagas algo por mí. Ve a la entrada y espera a que llegue un vehículo negro con vidrios polarizados. Son mis abogados y dos auditores externos que llamé mientras tú estabas escondido. Tráelos directamente al salón de conferencias, pero que entren por la puerta de atrás. Nadie debe verlos hasta que yo dé la señal.
—Sí, patrón. Lo que usted mande.
Diez minutos después, el salón de conferencias estaba lleno.
Había cerca de cincuenta personas. El aire era pesado.
Los empleados se miraban entre sí con desconfianza y tristeza.
Sofía estaba sentada a la derecha de Don Alberto, con una tablet en la mano, fingiendo tomar notas, aunque sus dedos temblaban ligeramente.
Don Alberto se puso de pie. El silencio fue absoluto.
—Amigos, compañeros de años —comenzó el empresario—. Los he citado aquí porque me he enterado de que hay una gran insatisfacción en la empresa. Se me ha informado que algunos de ustedes no están contentos con sus pagos.
Un murmullo de indignación recorrió la sala.
María, la señora de la limpieza, se atrevió a levantar la mano, pero Sofía la fulminó con la mirada, y la mujer bajó la vista de inmediato.
—Mi secretaria, Sofía, me ha explicado la situación —continuó Don Alberto, mirando de reojo a la mujer—. Ella me dice que todos ustedes firmaron sus recibos de conformidad. Me dice que el aumento del quince por ciento que autoricé se entregó íntegramente.
Sofía asintió con la cabeza, mirando a los empleados con una mezcla de desafío y advertencia. Era como si les estuviera diciendo: «Atrévanse a decir la verdad y se quedan sin trabajo».
—Sin embargo —añadió Don Alberto, bajando el tono de voz—, he notado que muchos de ustedes se ven cansados. Ricardo, nuestro guardia, me dijo que no podía pagar los lentes de su hija. María, me han dicho que has tenido que pedir prestado para el pasaje. ¿Cómo es posible esto, si todos tienen un aumento en sus bolsillos?
Nadie hablaba. El miedo al despido era más fuerte que la sed de justicia.
Sofía intervino entonces, con voz meliflua.
—Don Alberto, ya hablamos de esto. Los empleados a veces son un poco desorganizados con sus finanzas personales. La inflación está muy alta y…
—Silencio, Sofía —la cortó Don Alberto de forma tajante.
Él caminó hacia el proyector de la sala y conectó su computadora.
—Quiero mostrarles algo. Este es el archivo de transferencias que yo firmé originalmente —apareció en la pantalla una lista de nombres con los sueldos aumentados—. Y este… —hizo un clic— es el archivo que realmente se envió al banco media hora después.
La sala se quedó en un silencio sepulcral.
En la pantalla se veía claramente cómo a cada empleado se le había restado un treinta por ciento de su salario original, y cómo esa suma total, una cifra millonaria acumulada, se desviaba a una cuenta desconocida.
Sofía se puso de pie, su rostro ahora era de un color ceniza.
—¡Eso debe ser un error del sistema! ¡Alguien hackeó la red! —gritó ella, tratando de acercarse a la computadora.
—Nadie hackeó nada, Sofía —dijo Don Alberto con una calma que daba miedo—. Porque el usuario que autorizó este cambio fue el tuyo. Y la cuenta a la que fue a parar el dinero, «Consultoría S.A.», está registrada a nombre de tu hermano.
La mujer intentó correr hacia la salida, pero en ese momento, las puertas traseras se abrieron.
Ricardo entró escoltando a tres hombres de traje oscuro y a dos oficiales de policía que esperaban en el pasillo.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇





2 parte