Continuamos con la historia justo en el momento de la confrontación final…
El silencio que siguió al ultimátum de Elena fue tan pesado que se podía sentir en los pulmones. Mateo miraba a la mujer que tenía enfrente y le costaba reconocerla. ¿Era esta la misma persona con la que se había casado hace cinco años? ¿Era esta la mujer que le escribía cartas de amor al frente de batalla, prometiéndole que cuidaría de su «viejito» como si fuera su propio padre?
Las palabras «miseria» y «éxito» resonaban en la cabeza del soldado. Para Elena, la miseria era un hombre de manos callosas y espalda encorvada que ya no producía dinero. Para ella, el éxito eran las cortinas de lino, el piso encerado y las apariencias frente a las vecinas.
Mateo miró de reojo a su padre. Don Samuel había dejado el plato de plástico sobre la banqueta. Se estaba limpiando las manos en los pantalones gastados, tratando de recuperar una dignidad que le habían arrebatado pedazo a pedazo durante los meses que Mateo estuvo fuera. El anciano no lloraba, pero sus hombros caídos decían más que cualquier sollozo.
—Elena —dijo Mateo, con una calma que resultaba aterradora—. ¿Te das cuenta de lo que estás pidiendo? Me pides que deseche a la persona que me dio la vida.
—Te pido que elijas tu futuro, no tu pasado —respondió ella, endureciendo el gesto—. Si quieres ser un oficial respetado, no puedes andar cargando con un lastre. La gente habla, Mateo. Dicen que tu padre parece un mendigo. ¿Crees que eso ayuda a tu carrera? Si se queda, yo me voy. Y me llevaré la mitad de todo, porque así lo dice la ley.
Elena estaba segura de su victoria. Sabía que Mateo amaba la casa, sabía que él valoraba su carrera y, sobre todo, creía que él no se atrevería a enfrentar el escándalo de un divorcio justo después de regresar de su despliegue. Ella pensaba que el amor de un hijo tiene un límite, y que ese límite era el bienestar personal.
Mateo caminó hacia su padre. Don Samuel intentó no mirarlo.
—Hijo, hazle caso —susurró el viejo—. Ella es joven, tiene la vida por delante. Yo ya viví. Un asilo no ha de ser tan malo… dicen que ahí hay otros viejos para platicar.
El soldado sintió que el corazón se le partía en mil pedazos. Recordó cuando tenía ocho años y se enfermó de neumonía. Su padre lo cargó en brazos durante tres kilómetros bajo la lluvia hasta el hospital más cercano porque no tenían dinero para un taxi. Recordó cómo Don Samuel trabajó sin descanso, incluso con fiebre, para que Mateo pudiera entrar a la academia militar.
¿Cómo podía alguien llamar «lastre» a semejante héroe?
Mateo se volvió hacia Elena. Ella tenía una expresión de triunfo en el rostro, convencida de que su ultimátum había surtido efecto. Se alisó el vestido y dio un paso hacia la casa, como esperando que Mateo la siguiera y dejara al anciano atrás, en el patio de tierra.
—¿Esa es tu última palabra, Elena? —preguntó Mateo.
—Es mi única palabra. Él o yo. La miseria o nosotros. Tú decides.
Mateo respiró hondo. Se quitó la chaqueta del uniforme, esa que llevaba las insignias de su rango, y la dobló con un cuidado casi sagrado. La colocó sobre la banqueta de madera donde su padre había estado comiendo. Luego, empezó a desabrocharse los puños de la camisa.
—Tienes razón, Elena —dijo él, sin mirarla—. Hay que tomar una decisión. Una que se debió tomar hace mucho tiempo.
Elena sonrió. —Sabía que entrarías en razón. Entra, voy a prepararte algo de cenar de verdad, no esas porquerías que come tu padre. Mañana llamaremos al servicio social para que se encarguen de él.
Pero Mateo no se movió hacia la puerta. Se acercó a Don Samuel y le tendió la mano.
—Papá, levántate.
El anciano, confundido, tomó la mano de su hijo. Mateo lo ayudó a ponerse de pie con una delicadeza que contrastaba con su fuerza física. Limpió el polvo de la espalda de su padre y lo miró a los ojos con un orgullo infinito.
—Elena —dijo Mateo, volviéndose hacia ella—, no necesito pensar mi respuesta. Pero antes de dártela, quiero que entres a la casa y busques algo.
—¿Qué cosa? —preguntó ella, frunciendo el ceño, confundida por el tono de su esposo.
—En el cajón de mi escritorio, hay un sobre azul. Es el documento de propiedad de esta casa. Traélo. Quiero que leas bien el nombre que aparece ahí como dueño único.
Elena palideció un poco, pero se mantuvo firme. —Está a tu nombre, Mateo. Lo sé perfectamente.
—Ve por él —ordenó Mateo con voz de mando, esa que usaba para dirigir pelotones en el campo de batalla.
Elena, intimidada por primera vez, entró a la casa. Se escucharon sus pasos rápidos sobre el piso pulido. Don Samuel miraba a su hijo con preocupación.
—Hijo, no hagas una locura… —suplicó el viejo.
—La locura fue dejarte solo con alguien que no tiene alma, papá. Eso no volverá a pasar —respondió Mateo, apretando suavemente el hombro de su padre.
A los pocos minutos, Elena regresó con el sobre azul en la mano. Su expresión era de una mezcla entre rabia y curiosidad.
—Aquí está. ¿Y qué? ¿Vas a restregarme que la casa es tuya? Recuerda que estamos casados bajo el régimen de bienes mancomunados. La mitad es mía.
Mateo tomó el sobre, lo abrió y sacó el documento. No se lo entregó a ella. Lo sostuvo en alto, frente a la luz de la tarde que empezaba a desvanecerse.
—Leíste mal los papeles durante todos estos años, Elena. O quizás tu ambición no te dejó ver la verdad. Esta casa nunca estuvo a mi nombre. Yo solo era el administrador. Mi padre, en su infinita generosidad, puso la propiedad a mi nombre hace años, pero yo, antes de irme a mi última misión, hice un traspaso legal definitivo.
Elena abrió los ojos de par en par. El aire pareció escapársele de los pulmones.
—Esta casa —continuó Mateo, con cada palabra cayendo como un martillazo— pertenece legal y totalmente a Don Samuel. Él es el dueño. Tú y yo solo somos invitados.
El rostro de Elena se transformó. El desprecio se convirtió en miedo puro. Miró al anciano, a quien minutos antes había llamado «miseria», y luego a Mateo.
—¡Eso no puede ser! ¡Tú me dijiste que era nuestra! —gritó ella, perdiendo toda compostura.
—Es de quien la trabajó. Y como tú acabas de decir que no puedes vivir bajo el mismo techo que la «miseria», creo que la decisión ya está tomada por ti.
Mateo dio un paso hacia la puerta de la casa y, con un gesto firme, señaló el interior.
—Entra y empaca tus maletas, Elena. Tienes una hora.
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