Historias conmovedoras que Tocan el Alma
Justicia y Karma

El beso de la traición y el precio de una medicina que nunca existió

La lealtad no se negocia, se demuestra, porque el karma siempre tiene una reservación a nombre de quien miente.

Elena se acomodó el cabello frente al espejo del restaurante, luciendo ese vestido rojo que Ricardo tanto le había prohibido usar por «ser demasiado llamativo».

En su mente, ella era la protagonista de una película de espías, una mujer brillante que había logrado burlar la vigilancia del hombre con el que compartía su vida desde hacía diez años.

—¿En qué piensas, preciosa? —preguntó Julián, tomando su mano por encima de la mesa de aquel lujoso bistró francés.

—En que soy una genio —respondió ella con una risita maliciosa—. Si supieras el teatro que tuve que armar para estar aquí.

Elena bebió un sorbo largo de su copa de vino tinto. Saboreaba no solo el caldo caro, sino el triunfo del engaño.

Apenas cuatro horas antes, había fingido un ataque de llanto frente a Ricardo. Le dijo que su madre, doña Martha, había sufrido una recaída severa de su insuficiencia renal.

Incluso se tomó la molestia de ponerse gotas en los ojos para simular lágrimas.

Ricardo, ese hombre que ella consideraba «aburrido y predecible», no solo le dio permiso de irse a pasar la noche al hospital, sino que sacó su billetera y le entregó tres mil dólares en efectivo.

—Toma, Elena. Compra las mejores medicinas. No escatimes en gastos para tu madre. Yo me quedo terminando unos balances en la oficina —le había dicho él, dándole un beso en la frente que a ella le dio asco.

Ahora, parte de ese dinero estaba pagando la langosta y el champán que ella y Julián, un instructor de gimnasio diez años menor, estaban devorando sin piedad.

—Pobre tonto —se burló Julián, acariciando la muñeca de Elena—. Pero bueno, gracias a su «generosidad», hoy vamos a celebrar como nos merecemos.

Elena soltó una carcajada que resonó en el elegante salón. Se sentía invencible.

Sentía que el mundo estaba a sus pies y que Ricardo era simplemente el cajero automático que financiaba su verdadera felicidad.

Lo que Elena no alcanzaba a ver, oculta tras las cortinas de terciopelo del ventanal, era una camioneta gris con los cristales polarizados estacionada justo enfrente.

Dentro de ese vehículo, un hombre llamado Mario, un detective privado con veinte años de experiencia en rastrear infidelidades, sostenía una cámara con un lente de largo alcance.

El obturador de la cámara no dejaba de sonar. Cada caricia, cada risa burlona, cada vez que Julián usaba los billetes de Ricardo para pagar la cuenta, quedaba registrado en alta definición.

—Patrón, ya terminaron de cenar —dijo Mario por el manos libres—. Están pidiendo la cuenta. Él pagó con el efectivo que usted le dio a la señora.

Del otro lado de la línea, el silencio de Ricardo era sepulcral. No había gritos, no había llanto. Solo el sonido de una pluma estilográfica golpeando rítmicamente contra un escritorio de madera.

—¿Hacia dónde se dirigen ahora, Mario? —preguntó Ricardo con una voz que helaba la sangre.

—Ella acaba de decir que «le urge la sorpresa». Van directo al estacionamiento. Los sigo de cerca.

—Hazlo —ordenó Ricardo—. Y asegúrate de que el equipo de mudanza llegue a la casa exactamente en quince minutos. No quiero que quede ni un solo rastro de su existencia en mi hogar.

Elena salió del restaurante colgada del brazo de Julián. El aire fresco de la noche le rozó la cara y sintió una descarga de adrenalina.

—Me urge esa sorpresa que prometiste, mi amor —susurró ella al oído de su amante, mientras se subían al auto deportivo que Julián presumía, pero que también pagaba ella con la tarjeta adicional de su esposo.

—Te va a encantar, Elena. Es algo que nunca vas a olvidar —respondió él con una sonrisa enigmática.

Mientras el auto se alejaba, el detective Mario reportaba cada movimiento.

Ricardo, en su oficina, cerró los ojos un momento. Recordó los diez años de matrimonio, los sacrificios que hizo para darle a Elena la vida de reina que ella exigía.

Recordó cómo ella siempre se quejaba de que él trabajaba demasiado, sin entender que cada hora extra era para pagar sus lujos, sus viajes y sus caprichos.

El dolor se transformó en una frialdad absoluta. Ya no había espacio para el perdón. Había cruzado la línea cuando usó la salud de su suegra, a quien Ricardo quería como a una madre, para acostarse con otro.

—La función apenas comienza, Elena —susurró Ricardo para sí mismo, mientras firmaba el último documento de una demanda de divorcio que ya estaba lista antes de que ella terminara el postre.

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