Si llegaste hasta aquí desde Facebook, es porque pudiste ver la chispa de fuego en los ojos de ese joven y la soberbia desmedida de una mujer que cree que el dinero lo compra todo. Pero lo que viste en el video es apenas la punta del iceberg de una historia que lleva décadas cocinándose entre las sombras de esa mansión.
Elena de la Torre no es solo una mujer poderosa; es una mujer que ha olvidado lo que significa la palabra «no». Acostumbrada a que el mundo se incline ante su apellido y su chequera, nunca imaginó que el humilde muchacho que cuida sus rosales guardaba un arma mucho más letal que cualquier demanda legal: la verdad sobre su propio pasado.
El aire en el jardín principal de la mansión «Los Olivos» estaba tan denso que casi se podía cortar con las tijeras de podar que Mateo sostenía con fuerza. Elena, vestida con un conjunto de seda que costaba más que el sueldo de un año del muchacho, se le acercó tanto que él pudo oler el perfume francés mezclado con el aroma amargo del vino que ella había estado bebiendo desde el mediodía.
—Mírame cuando te hablo, Mateo —le espetó ella, con esa voz que usaba para dar órdenes a sus empleados y a sus amantes por igual—. ¿Acaso te crees muy digno? ¿Crees que ese orgullo te va a dar de comer cuando te eche a la calle con una recomendación que te impida trabajar hasta de barrendero?
Mateo mantuvo la vista fija en un arbusto de azaleas. Sus manos, curtidas por el sol y la tierra, temblaban ligeramente, pero no por miedo. Era una mezcla de asco y una anticipación fría que le recorría la columna vertebral. Él sabía que este momento llegaría, pero no esperaba que ella fuera tan predecible, tan… vulgar.
—Solo le pedí que respetara mi espacio, señora —respondió Mateo con una calma que pareció enfurecerla aún más—. Mi trabajo es el jardín, no entretenerla a usted en sus momentos de ocio.
Elena soltó una carcajada estridente, una risa que no llegaba a sus ojos fríos y calculadores. Se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal, y le puso una mano en el pecho, justo sobre el latido acelerado de su corazón.
—En esta casa, tu trabajo es lo que yo diga que sea —susurró ella, con un tono que pretendía ser seductor pero que sonaba a amenaza pura—. Me gustas. Tienes esa mirada salvaje que no he podido domar, pero hoy se acaba el juego. O me das ese beso ahora mismo, o te juro que para mañana estarás durmiendo debajo de un puente.
Mateo la miró finalmente. Sus ojos oscuros chocaron con los de ella. Por un segundo, Elena creyó que lo había doblegado. Vio cómo el joven cerraba los ojos y suspiraba, como si aceptara su destino. Ella se inclinó, saboreando de antemano la victoria de poseer aquello que se le resistía.
Pero justo antes de que sus labios se tocaran, Mateo retrocedió con un movimiento seco y firme. El rechazo fue tan evidente que Elena se tambaleó, no físicamente, sino en su ego. El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el trino lejano de un pájaro que no sabía el drama que se desarrollaba bajo los pinos centenarios.
—¡Eres un estúpido! —gritó ella, perdiendo toda la compostura—. ¡Un muerto de hambre! ¿Te atreves a despreciarme? ¡Vas a obedecerme porque para eso soy tu jefa! ¡Soy la dueña de todo lo que pisas, incluso de ti!
Mateo no dijo nada. Simplemente la observó mientras ella se desmoronaba en una rabieta de niña rica caprichosa. La vio dar media vuelta y caminar hacia la casa con pasos furiosos, gritando que llamaría a seguridad y que quería sus cosas fuera de la propiedad en diez minutos.
Fue entonces cuando ocurrió lo que nadie esperaba. Mateo, asegurándose de que ella ya no lo viera pero sintiendo la presencia de algo más grande, se giró lentamente hacia el frente. Su rostro, que antes mostraba sumisión, se transformó. La máscara de jardinero humilde cayó para revelar una expresión de una inteligencia afilada y una tristeza antigua.
Miró fijamente, como si pudiera ver a través de las paredes, a través del tiempo, directamente a los ojos de quienes juzgaban su silencio. En su mano derecha, que había mantenido oculta en el bolsillo de su overol, apretó un objeto pequeño.
Era una pulsera de plata vieja, con un dije en forma de luna creciente. Un objeto que Elena de la Torre no había visto en veinticinco años, pero que reconocería en medio de una pesadilla.
«Grita todo lo que quieras, jefa», pensó Mateo, mientras una sonrisa irónica y amarga se dibujaba en sus labios. «Sigue creyendo que eres la dueña de este lugar. Mañana, cuando los abogados toquen a tu puerta y descubras quién soy realmente, desearás que ese beso hubiera sido tu único problema».
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