El sabor metálico de la sangre en su labio fue lo único que Elena pudo sentir durante unos segundos que parecieron eternos.
El eco del golpe aún vibraba en las paredes de mármol de aquella sala que, en teoría, debía ser su hogar.
Afuera, el cielo de la tarde comenzaba a teñirse de un gris plomizo, como si el clima mismo se estuviera preparando para la tormenta que estaba a punto de estallar dentro de esas cuatro paredes.
Elena, con una mano protegiendo instintivamente su vientre de seis meses, levantó la mirada desde el suelo.
Sus ojos, empañados por las lágrimas pero encendidos por una chispa de incredulidad, se encontraron con la frialdad absoluta de Marcos.
Él ni siquiera se veía arrepentido; al contrario, se frotaba la mano como si el contacto con la piel de su esposa lo hubiera ensuciado.
—No me mires así, Elena —escupió Marcos, con una voz cargada de un veneno que ella nunca pensó que él poseyera—. Te lo advertí. Te advertí que no quería tus quejas hoy.
A unos metros de distancia, sentada en un sillón de terciopelo con la elegancia de una reina de hielo, Doña Beatriz, su suegra, observaba la escena mientras sorbía con parsimonia una taza de té.
No hubo un grito de horror, no hubo un intento de detener a su hijo.
Solo hubo un silencio cómplice que dolía más que el propio golpe.
—Marcos tiene razón, querida —dijo Doña Beatriz, dejando la taza sobre la mesa con un clic seco que sonó como una sentencia—. Has sido una carga desde el día que entraste a esta casa.
Elena intentó levantarse, pero el mareo y el dolor en el alma la mantenían anclada a la alfombra.
—Yo… yo solo te pedí que me acompañaras al médico, Marcos —susurró ella, con la voz rota—. El bebé… el doctor dijo que el latido era débil la última vez. Tenía miedo.
Marcos soltó una carcajada seca, un sonido carente de toda humanidad.
—¿El bebé? Ese niño es solo otra excusa tuya para amarrarme, para seguir viviendo de nosotros —respondió él, acercándose un paso más, lo que hizo que Elena se encogiera.
—Eres una muerta de hambre, Elena —intervino la suegra, levantándose y caminando hacia ella con pasos lentos y calculados—. Te dimos un techo, te dimos ropa, te permitimos sentarte a nuestra mesa.
Doña Beatriz se inclinó sobre ella, y Elena pudo oler su perfume caro, un aroma que a partir de ese momento asociaría siempre con la crueldad.
—Pero nunca serás una de los nuestros —continuó la mujer—. Mira este lugar. Mira esta casa. Tú no encajas aquí. Eres una mancha en el linaje de los Del Valle.
Elena sintió que el corazón se le hacía pedazos.
Había pasado dos años intentando complacer a esa mujer, aprendiendo modales que no eran suyos, callando sus propias opiniones, todo por el amor que creía que Marcos sentía por ella.
Ahora, la realidad la golpeaba con la fuerza de un huracán: nunca la habían amado. Solo la habían usado como un adorno, y ahora que el adorno exigía atención, decidían desecharlo.
—Por favor… Marcos, mírame —suplicó Elena, buscando un rastro del hombre que la enamoró en el pueblo tres años atrás.
Él solo la miró con asco.
—Ya me cansé de mirarte. Mañana mismo quiero que recojas tus trapos y te largues. No quiero un divorcio complicado, así que firmarás lo que te ponga enfrente si no quieres que te quitemos al niño en cuanto nazca.
—¡No puedes hacer eso! —gritó Elena, encontrando un resto de fuerza en su instinto materno.
—¿Ah, no? —Doña Beatriz sonrió con malicia—. Tenemos el dinero, los abogados y los contactos. Tú no tienes nada. Eres una huérfana de un pueblo olvidado que nadie recordará.
Elena bajó la cabeza. Era cierto que ella nunca hablaba de su pasado.
Se había presentado como una joven humilde, trabajadora, que había perdido a su madre hacía años.
Marcos siempre asumió que su padre era un campesino pobre que la había abandonado o que había muerto en la miseria.
Elena nunca lo corrigió. Quería ser amada por quién era, no por lo que su apellido representaba.
Pero en ese momento de humillación extrema, mientras las lágrimas empapaban la alfombra de lujo, Elena comprendió que el silencio había sido su peor error.
—Vete a la habitación de servicio —ordenó Marcos, dándole la espalda—. No quiero verte en nuestra cama. Mañana te vas.
Elena se arrastró fuera de la sala, escuchando cómo ellos volvían a hablar de negocios y de una fiesta de beneficencia como si ella no fuera más que un mueble viejo que acababan de decidir tirar a la basura.
Subió las escaleras, cada paso pesaba como si llevara piedras en los zapatos.
Al llegar a la pequeña habitación que Doña Beatriz le asignaba cuando había «visitas importantes», Elena cerró la puerta con llave y se dejó caer en el suelo.
Sacó de su bolsillo un teléfono viejo, uno que Marcos siempre le decía que tirara porque «daba mala imagen».
Con los dedos temblorosos, marcó un número que no había marcado en casi tres años.
El teléfono sonó una vez. Dos veces. Tres veces.
—¿Diga? —Una voz profunda, serena y con una autoridad natural respondió al otro lado.
—Papá… —fue lo único que Elena pudo decir antes de estallar en un llanto desgarrador.
Al otro lado de la línea, el silencio que siguió fue aterrador.
No era un silencio de duda, sino el silencio de un depredador que acaba de confirmar que han tocado lo que más ama en el mundo.
—Elena… hija mía… —la voz del hombre cambió, volviéndose una caricia de acero—. Dime dónde estás. Ahora mismo.
—En la casa de ellos, papá. Tenías razón… tenías razón sobre todo.
—No digas nada más, mi niña. Quédate en un lugar seguro. No salgas. No hables con nadie.
—Papá, Marcos me golpeó… y quieren quitarme a mi bebé.
Se escuchó un crujido de cristal rompiéndose al otro lado de la línea. Don Rodolfo acababa de destrozar el vaso que sostenía.
—En una hora estaré ahí —dijo su padre con una calma que daba más miedo que cualquier grito—. Y que Dios los perdone, porque yo no lo haré.
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