Sabías que no podías quedarte con la duda tras ver ese primer encuentro: hiciste lo correcto al venir para descubrir toda la verdad.
El rugido de las hélices del helicóptero generaba un torbellino de aire que agitaba violentamente el cabello rubio y perfectamente peinado de Elena. Ella ni siquiera se inmutó; su mirada, cargada de un desprecio gélido, estaba fija en Mateo, el hombre que llevaba quince años cuidando los rosales de la mansión y que ahora, con la ropa manchada de tierra y el rostro desencajado por el pánico, se atrevía a interponerse en su camino.
—¡Patrón, por lo que más quiera, no suba! —volvió a gritar Mateo, su voz apenas audible sobre el estruendo del motor—. ¡Esa máquina es una trampa!
Don Ricardo, un hombre de negocios cuya fortuna solo era superada por su reputación de hombre justo, se detuvo en seco con el pie ya puesto en el escalón de la aeronave. Miró a Mateo y luego a su esposa. La confusión nublaba sus ojos habitualmente sagaces.
—¿De qué hablas, Mateo? —preguntó Ricardo, bajando de nuevo al césped—. Hemos revisado el plan de vuelo tres veces. El capitán Suárez es el mejor.
Elena soltó una carcajada seca, un sonido agudo que pareció cortar el aire más que las propias hélices. Se ajustó las gafas de sol de diseñador y dio un paso hacia el jardinero, señalándolo con un dedo cuya uña perfectamente manicurada parecía un estilete.
—Ricardo, por favor, no me digas que vas a prestarle atención a este pobre infeliz —dijo ella con un tono de voz que destilaba veneno—. Míralo. Está delirando bajo el sol. Seguramente el fertilizante le afectó el cerebro. ¡Mateo, vuelve a tus flores y deja de hacer el ridículo!
Pero Mateo no se movió. Sus manos temblaban, no de miedo a la furia de su patrona, sino de una angustia que le apretaba el pecho. De su bolsillo sucio sacó un sobre dorado, un objeto que desentonaba completamente con su uniforme de trabajo. El sobre estaba un poco arrugado en las esquinas, pero el brillo del papel metálico reflejaba la luz del sol de una manera casi hipnótica.
—No es el sol, señora Elena —respondió Mateo, manteniendo la vista en Ricardo—. Es la verdad. Lo que hay aquí dentro le dirá por qué el motor fallará exactamente diez minutos después del despegue.
Ricardo extendió la mano para tomar el sobre, pero Elena se interpuso con una rapidez asombrosa, tratando de arrebatárselo al jardinero. Mateo fue más ágil y dio un paso atrás, entregándoselo directamente a su patrón.
—¿De verdad le vas a hacer caso al jardinero, Ricardo? —preguntó Elena, su voz subiendo una octava, perdiendo esa calma aristocrática que tanto practicaba—. ¡Tenemos una cena con los inversionistas en la capital! Si llegamos tarde por culpa de las fantasías de un hombre que solo sabe podar arbustos, perderemos el contrato del año. ¡Sube ahora mismo!
Ricardo miró el sobre dorado. Era un sobre que él mismo había visto antes en el despacho de su esposa, parte de una papelería exclusiva que ella mandaba a traer de Europa. El contraste entre la elegancia del sobre y la urgencia rústica de Mateo creó un vacío en el estómago de Ricardo.
—Mateo —dijo Ricardo con voz grave—, sabes lo que esto significa. Si esto es una broma, o si estás tratando de impedir este viaje por alguna rencilla personal, no podré defenderte.
—Lo sé, patrón —asintió Mateo, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Pero si usted sube a ese helicóptero, no habrá nadie a quien defender mañana.
Elena se cruzó de brazos, bufando con impaciencia. Sus ojos se movían inquietos de Ricardo al piloto, que observaba la escena desde la cabina con una expresión impasible, casi robótica. El viento seguía azotando sus ropas, creando una atmósfera de caos inminente.
—Esto es inaudito —masulló Elena—. Ricardo, te lo advierto, si no subes ya, me iré yo sola. No voy a permitir que un empleado de baja categoría dicte nuestra agenda.
Fue en ese momento cuando Mateo, con una valentía que no sabía que poseía, lanzó el desafío definitivo. Miró a Elena directamente a los ojos, ignorando por completo la jerarquía que los separaba.
—Si está tan segura de que miento, doña Elena —dijo el jardinero con una calma que helaba la sangre—, aborde usted primero. Suba, siéntese en su lugar de siempre y pídale al capitán Suárez que inicie el despegue. Si en diez minutos todo está bien, yo mismo me entregaré a la policía.
Un silencio sepulcral cayó sobre el helipuerto, rompiendo incluso la barrera del sonido de los motores. Ricardo miró a su esposa, esperando una respuesta, una burla, o simplemente que subiera para demostrar su punto. Pero Elena no se movió. Su rostro, antes pálido por la rabia, se tornó de un color cenizo.
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