Sé que no pudiste despegar la vista de la pantalla y aquí tienes el resto de esta impactante historia, justo donde las sombras se vuelven más densas.
«Hazlo de una vez, mi amor. Tu dinero y tú, al fin serán míos», susurró Vanessa, con un aliento que olía a ambición y a ese perfume caro que Julián le había comprado con la tarjeta de crédito de su esposa.
Julián sintió que el corazón le martilleaba en las costillas, pero no por remordimiento. Era la adrenalina del cazador que está a punto de cobrar su pieza más grande. Miró a Elena, su esposa durante diez años, que yacía inmóvil en la cama de aquella suite privada del hospital. El monitor cardíaco emitía un pitido rítmico, monótono, que a Julián le recordaba al segundero de un reloj contando los minutos que le faltaban para ser libre.
«Se acabó el problema», sentenció él con una frialdad que helaba la sangre. Sus dedos, largos y finos, se cerraron sobre el tubo de oxígeno. No hubo duda en su gesto. Con un movimiento seco, desconectó la toma.
El silencio que siguió fue absoluto. El siseo del gas vital se detuvo de golpe. Julián esperó, conteniendo la respiración, observando cómo el pecho de Elena subía una última vez para luego quedar estático, como una estatua de mármol en un panteón de lujo.
Vanessa soltó una risita nerviosa y se aferró al brazo de Julián. Sus uñas se clavaron en la tela de su saco de diseñador. «Ya está», dijo ella en un susurro cargado de una excitación macabra. «Ya somos dueños de todo, Julián. Las cuentas en Suiza, los viñedos en Mendoza, la mansión de la costa… Todo».
Julián se acomodó la corbata frente al espejo de la habitación. Se veía impecable. Nadie dudaría de su dolor. Nadie sospecharía que el viudo desconsolado había sido el verdugo. Se tomó un momento para mirar por última vez a la mujer que le había dado todo. Elena lo había rescatado de la mediocridad, lo había convertido en un hombre de negocios, le había dado un apellido y una posición. Y él, a cambio, le estaba devolviendo el favor enviándola al otro mundo antes de tiempo.
«Vámonos de aquí», ordenó Julián. «Tenemos que parecer confundidos, ir a buscar un café y luego regresar para ‘descubrir’ la tragedia. Camina normal, Vanessa. No sonrías».
Salieron de la habitación con paso firme pero pausado, cerrando la puerta con una suavidad quirúrgica. El pasillo del hospital estaba sumido en esa penumbra azulada de las madrugadas, donde el olor a desinfectante se mezcla con el aroma de la muerte que ronda las esquinas.
Mientras caminaban, Vanessa no podía contener su lengua. «Ese doctor Mendoza tarda demasiado en hacer sus rondas. Espero que no se le ocurra entrar justo ahora. Ya quiero empezar a usar esa plata, Julián. He visto un yate en el catálogo que nos quedaría perfecto para el verano en Ibiza».
Julián la miró de reojo, molesto por su falta de tacto. «Cállate, mujer. Aún no enterramos el cuerpo y ya estás gastando la herencia. Ten un poco de clase, al menos hoy».
«Ay, por favor», replicó ella con un gesto de desdén. «Elena estaba muerta en vida desde hace meses. Solo le dimos un empujoncito. Además, ella misma decía que lo más importante era que tú fueras feliz. Y yo soy tu felicidad, ¿no?».
Siguieron avanzando por el pasillo infinito. Cada paso de sus zapatos caros resonaba contra el suelo de linóleo como una sentencia. Julián iba repasando mentalmente su coartada. Diría que bajaron a la cafetería porque él no podía soportar ver a su amada esposa sufrir más. Diría que, al volver, la encontró ya partida. Lloraría un poco, quizás pediría un sedante. Los abogados harían el resto.
De repente, una figura blanca apareció al final del corredor. Era el doctor Mendoza. Caminaba con paso apresurado, con una carpeta bajo el brazo y una expresión que Julián no alcanzó a descifrar al principio.
Vanessa se tensó a su lado. «¿Crees que sepa?», susurró con un hilo de voz que delataba su miedo repentino.
«Imposible», respondió Julián entre dientes, forzando una expresión de angustia y cansancio. «Mantén la calma y déjame hablar a mí».
El doctor Mendoza los interceptó justo frente a la estación de enfermería, que en ese momento estaba desierta. El médico se detuvo en seco, ajustándose los anteojos, y los miró fijamente. Julián se preparó para soltar el primer sollozo fingido, pero las palabras del doctor lo dejaron paralizado.
«¡Señor Julián! Qué bueno que los encuentro», dijo el médico con una energía inusual para esas horas de la noche. «Tengo muy buenas noticias para ustedes. Noticias que van a cambiarles la vida hoy mismo».
Julián y Vanessa se miraron por una fracción de segundo. El aire en el pasillo se volvió pesado, como si la realidad se estuviera doblando bajo sus pies.
«¿Buenas noticias?», tartamudeó Julián, sintiendo un sudor frío recorriéndole la nuca. «¿A qué se refiere, doctor?».
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