Qué bueno que decidiste acompañarnos para conocer el desenlace de esta historia. Si estás aquí es porque, al igual que miles de personas, sentiste ese nudo en el estómago al ver hasta dónde puede llegar la maldad humana cuando el dinero está de por medio. Prepárate, porque lo que estás a punto de leer te demostrará que la justicia, aunque a veces tarda, siempre encuentra su camino, incluso en las alturas más aterradoras.
El aire dentro de la cabina de la pequeña avioneta Cessna era pesado, cargado de una tensión que Don Aurelio, a sus ochenta y dos años, no terminaba de comprender. Él miraba por la ventanilla, admirando la majestuosidad de los picos nevados de los Andes, esos que tantas veces había cruzado de joven para construir el imperio que hoy sus nietos disfrutaban sin haber movido un solo dedo.
Mateo y Julián, los gemelos, se miraban fijamente. No necesitaban palabras. Llevaban meses planeando este «viaje de despedida», una supuesta aventura para que el abuelo viera por última vez las tierras que lo vieron nacer. Pero en sus ojos no había nostalgia, solo un hambre voraz, una impaciencia criminal que les quemaba las entrañas.
—Abuelo, acércate más a la puerta —dijo Mateo, con una voz que pretendía ser cariñosa, pero que escondía un filo de hielo—. Julián dice que desde este ángulo se ve la vieja hacienda, esa que compraste con tu primer sueldo.
Don Aurelio, con sus manos temblorosas y su caminar pausado, se desabrochó el cinturón de seguridad. Confiaba en ellos. ¿Cómo no hacerlo? Eran su sangre, los hijos de su amada hija que ya no estaba en este mundo. Les había dado todo: los mejores colegios, autos de lujo, viajes por Europa. Todo lo que él nunca tuvo.
—¿Seguro, hijito? —preguntó el anciano, buscando con la mirada el punto exacto entre las nubes—. Casi no veo nada, la niebla está muy cerrada hoy.
Julián, que estaba sentado en el asiento del copiloto, se giró lentamente. Su rostro, que solía ser el de un joven encantador en las fiestas de la alta sociedad, estaba transformado por una mueca de desprecio. Ya no había vuelta atrás. Las deudas de juego, los préstamos con gente peligrosa y la vida de excesos los habían acorralado. El abuelo era el único obstáculo entre ellos y una cuenta bancaria con siete ceros.
—No te preocupes, abuelo —susurró Julián, mientras su mano derecha buscaba la palanca de emergencia de la puerta lateral—. Ya no vas a tener que preocuparte por ver nada nunca más.
Mateo se levantó de su asiento. Con una fuerza desmedida para alguien que decía amar a su familia, sujetó al anciano por los hombros. Don Aurelio sintió el frío del metal de la cabina contra su espalda y, por un segundo, vio el reflejo del mal puro en los ojos de su propio nieto.
—¿Qué hacen, muchachos? Me están lastimando —balbuceó el anciano, con el corazón latiéndole a mil por hora, presintiendo el horror.
—Lo que debimos hacer hace años, viejo —respondió Mateo, empujándolo hacia la puerta que Julián acababa de abrir de par en par.
El rugido del viento entró en la cabina como una bestia salvaje, succionando el calor y la esperanza. Don Aurelio se aferró al marco de la puerta con sus dedos sarmentosos, sus ojos llenos de lágrimas suplicantes buscaban un rastro de humanidad en esos rostros jóvenes. Pero solo encontró piedra.
—¡Por favor! ¡Los perdono! ¡Les doy todo! —gritó el abuelo sobre el estruendo del motor y el viento—. ¡No me suelten!
Un empujón seco, calculado y lleno de odio fue la respuesta final. El cuerpo menudo de Don Aurelio desapareció en la inmensidad del vacío, tragado por las nubes y el abismo montañoso. Mateo cerró la puerta de un golpe, el silencio que siguió fue casi más aterrador que el viento.
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