El regreso a la ciudad fue un ejercicio de actuación digno de un premio. Mateo, al mando de la avioneta, aterrizó con una expresión de fingido terror en el rostro. Julián, por su parte, se encargó de llamar a los servicios de emergencia con una voz quebrada, relatando cómo su «pobre abuelito» había sufrido un ataque de pánico, se había desorientado y, en un accidente trágico e inexplicable, se había precipitado al vacío tras abrir la puerta por error.
Las autoridades, acostumbradas a la prepotencia de los ricos, no cuestionaron demasiado la versión de los herederos de la fortuna más grande del país. Después de todo, eran los nietos favoritos de Don Aurelio. Quién podría imaginar que esos dos muchachos, siempre tan educados en las galas benéficas, ocultaban monstruos bajo sus trajes de diseñador.
Tres días después, mientras las patrullas de rescate peinaban inútilmente la zona montañosa, Mateo y Julián ya estaban instalados en la mansión principal. El luto les duró lo que tarda en enfriarse un café.
—Salud, hermanito —dijo Julián, levantando una copa de cristal de baccarat llena del champagne más caro de la bodega del abuelo—. Por la libertad.
—Y por la inteligencia —añadió Mateo, recostado en un camastro frente a la piscina infinita que daba al valle—. Ese viejo iba a vivir cien años más solo para fastidiarnos. ¿Viste su cara? Casi me da lástima por un segundo.
—¿Lástima? —Julián soltó una carcajada cínica—. Lástima me daban mis tarjetas de crédito bloqueadas. Ahora, en cuanto lean el testamento mañana, seremos los dueños absolutos de todo esto. La hacienda, las acciones de la minera, los edificios en la capital… Todo.
Pasaron la tarde planeando cómo remodelarían la mansión. Querían derribar la antigua biblioteca del abuelo, ese lugar que olía a libros viejos y sabiduría, para construir un gimnasio de última generación y una sala de cine privada. Querían borrar cada rastro de Don Aurelio, como si él nunca hubiera existido, como si su fortuna hubiera brotado de la nada.
Sin embargo, a medida que caía la noche, un ambiente extraño empezó a filtrarse por las paredes de la casa. El viento soplaba con una fuerza inusual, golpeando las ventanas de cristal como si alguien, desde afuera, estuviera intentando entrar desesperadamente.
—Es solo el clima, relájate —le dijo Mateo a un Julián que, de repente, se veía algo inquieto.
—Es que… ¿no oyes eso? —preguntó Julián, dejando su copa sobre la mesa de mármol.
—¿Oír qué?
—Parece… parece un silbido. Como el que hacía el abuelo cuando llamaba a los perros.
Mateo se burló, pero en el fondo, un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Se levantaron para entrar a la casa, pero al pasar por el gran salón, se detuvieron en seco. El retrato al óleo de Don Aurelio, que presidía la estancia, parecía tener una mirada diferente. No era la mirada amable de siempre; bajo la luz de los relámpagos que empezaban a iluminar el cielo, los ojos del cuadro parecían llenos de una furia ancestral.
A la mañana siguiente, el abogado de la familia, el Dr. Santamaría, llegó puntual a la cita. Vestía de negro riguroso y traía consigo un maletín de cuero gastado que contenía los documentos que los gemelos tanto ansiaban.
—Es una tragedia lo que ha sucedido —dijo el abogado, con una voz neutral que no dejaba traslucir sus pensamientos—. Don Aurelio era un hombre excepcional. Siempre decía que la familia era lo más importante, pero que la lealtad se ganaba, no se heredaba.
—Sí, sí, una pérdida irreparable —interrumpió Mateo, con una impaciencia mal disimulada—. Pero vayamos al grano, doctor. Tenemos muchos asuntos que atender y la empresa necesita una nueva dirección de inmediato.
El Dr. Santamaría se acomodó las gafas y sacó un sobre sellado con cera roja.
—Antes de leer las cláusulas económicas, Don Aurelio dejó este video. Fue grabado apenas una semana antes del… accidente. Él insistió en que debían verlo juntos antes de cualquier firma.
Los gemelos se miraron, confundidos. Un video. ¿Qué podría decir el viejo desde la tumba que pudiera arruinar sus planes? Se sentaron en los sofás de cuero, frente a la gran pantalla del salón. El abogado insertó una memoria USB y la imagen de Don Aurelio apareció, llenando la habitación con su presencia.
En el video, el anciano no se veía débil. Estaba sentado en su despacho, con una luz tenue que resaltaba cada arruga de su rostro, cada marca de una vida de esfuerzo.
—Hola, hijos —dijo la voz del abuelo, y a los gemelos se les heló la sangre al notar un tono que nunca le habían escuchado: un tono de profunda decepción—. Si están viendo esto, es porque mi tiempo en la tierra ha terminado. Quizás por causas naturales, o quizás… porque la impaciencia les ganó la partida.
Mateo sintió que el aire le faltaba. ¿Acaso el viejo sospechaba algo?
—He dedicado mi vida a construir este legado —continuó el video—, pero en los últimos meses he visto sombras en sus corazones que me han quitado el sueño. Los he visto mirar mis cuentas bancarias como buitres sobre un cuerpo que aún respira. Y por eso, decidí que nuestro viaje a las montañas sería la prueba final.
Julián se levantó de un salto, con el rostro pálido como la cera.
—¡Esto es una trampa! ¡Corta eso, Santamaría! —gritó, pero el abogado ni se inmutó.
—La prueba era sencilla —decía el abuelo en la pantalla—. Si este viaje terminaba con nosotros regresando a casa para cenar, todo lo que poseo sería de ustedes. Pero si el viaje terminaba de otra manera… si la oscuridad que veo en ustedes los llevaba a traicionarme… entonces deben saber que el verdadero testamento no es el que tiene el Dr. Santamaría en sus manos.
El video se cortó abruptamente. Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. El abogado, con una calma que resultaba insultante, sacó un segundo sobre de su maletín.
—¿De qué está hablando este viejo loco? —rugió Mateo, agarrando al abogado por las solapas—. ¡Danos el dinero! ¡Somos sus únicos herederos!
En ese momento, la puerta principal de la mansión se abrió de par en par. Pero no fue el viento. Fueron hombres uniformados. La policía nacional entró con paso firme, seguidos por un hombre que caminaba con dificultad, apoyado en un bastón, pero con la cabeza más alta que nunca.
Los gemelos retrocedieron, tropezando con los muebles, mientras sus ojos se desencajaban ante la visión de lo imposible.
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