Sabías que esto no podía terminar así, y por eso estás aquí para ver cómo la justicia toma su lugar en medio de tanta soberbia.
El líquido frío golpeó mi pecho con una violencia que no esperaba. No fue solo la temperatura del vino tinto lo que me hizo estremecer, sino el odio puro que emanaba de los ojos de Victoria. En ese salón de mármol, rodeada de las familias más influyentes de la ciudad, sentí cómo el silencio se tragaba la música suave del cuarteto de cuerdas.
Podía sentir el vino escurriendo por el encaje francés, tiñendo de un rojo violáceo el blanco inmaculado de mi vestido. Ese vestido que me había costado meses elegir, que representaba mi ilusión de comenzar una vida con Sebastián. Pero para su madre, yo no era más que un «error en el árbol genealógico» que debía ser podado de inmediato.
—¡Ay, qué torpe soy! —exclamó Victoria, aunque su voz no tenía ni un ápice de arrepentimiento. Su sonrisa era afilada, cargada de un triunfo oscuro—. Pero bueno, querida, míralo por el lado bueno. Ese color te asienta mucho mejor que el blanco. El blanco es para mujeres con linaje, con clase… cosas que tú, por más que te esfuerces, nunca vas a tener.
Miré a Sebastián. Mi corazón latía con fuerza, esperando que diera un paso al frente, que me defendiera, que le recordara a su madre que yo era la mujer que él había elegido. Pero Sebastián bajó la mirada. Estaba ahí, de pie, con su traje de diseñador, pareciendo más un niño regañado que el hombre con el que estaba a punto de casarme.
—Mamá, por favor… —susurró él, pero no hizo nada para tocarme o para limpiar la mancha que se extendía como una herida abierta sobre mi pecho.
—¿»Mamá por favor»? —Victoria soltó una carcajada seca, atrayendo la atención de las tías y las amigas de la alta sociedad que observaban la escena con un morbo apenas disimulado—. Solo le estoy ahorrando el ridículo de caminar hacia el altar pareciendo algo que no es. Jamás serás de mi familia, insignificante. Eres una mancha en esta fiesta, igual que esa mancha en tu vestido.
Me quedé inmóvil. El desprecio en sus palabras era tan denso que casi se podía tocar. Los invitados empezaron a murmurar. «Pobre chica», decían algunos, mientras otros soltaban risitas por detrás de sus copas de cristal. En ese mundo de apariencias, yo era la presa fácil, la «cenicienta» que se había atrevido a soñar con el príncipe, sin saber que la madrastra tenía garras de acero.
Victoria se acercó a mi oído, inclinándose lo suficiente para que solo yo pudiera oler su perfume caro y sentir su aliento gélido.
—Vete ahora mismo, Elena. Sal por la puerta de atrás antes de que la seguridad te saque. No perteneces aquí. No tienes el dinero, no tienes el apellido y, sobre todo, no tienes el poder para enfrentarte a nosotros. Estás sola.
Sus palabras buscaban quebrarme. Quería verme llorar, quería que saliera corriendo tapándome la cara para que ella pudiera decirle a todos que yo no había aguantado la presión. Pero lo que Victoria no sabía es que yo había crecido bajo tormentas mucho más fuertes que su pequeña lluvia de vino tinto.
Sentí una calma extraña recorriendo mis venas. Una calma que nace de la verdad más absoluta. Levanté la cabeza y la miré directamente a los ojos. Victoria frunció el ceño, confundida por la falta de lágrimas en mi rostro.
—Tienes razón en algo, Victoria —dije, con una voz clara que cortó los murmullos del salón—. El blanco no era el color adecuado para hoy. Pero no por las razones que tú crees.
—¿Todavía tienes el descaro de hablar? —chilló ella, perdiendo un poco de su compostura—. ¡Lárgate!
—Me iré —respondí, mientras mis dedos rozaban el pequeño dije que colgaba de mi cuello, una pieza que ella siempre había despreciado por considerarla «baratija»—. Pero antes de irme, hay algo que deberías saber sobre el hotel donde estamos celebrando esta farsa. Y sobre la constructora que salvó a tu familia de la quiebra el año pasado.
Victoria palideció por un segundo, pero rápidamente recuperó su máscara de arrogancia. Sebastián finalmente se acercó, intentando tomarme del brazo, pero yo me aparté con una elegancia que lo dejó descolocado.
—Sebastián, te amé —le dije, mirándolo con una lástima que le dolió más que cualquier insulto—. Pero me alegra que tu madre haya derramado este vino. Me permitió ver que el traje de novio te queda demasiado grande. No eres un hombre, eres un accesorio de tu mamá.
En ese momento, el jefe de seguridad del hotel entró al salón principal, caminando con paso firme hacia nuestro grupo. Victoria sonrió con malicia.
—Ves, Elena. El servicio ya viene por ti. Es hora de que regreses al fango de donde saliste.
Pero el hombre de uniforme no se dirigió a mí. Se detuvo frente a Victoria, pero no la saludó. Su mirada estaba fija en la entrada del gran salón, donde un automóvil negro de cristales blindados acababa de estacionarse.
Mi teléfono vibró en mi mano. Era un mensaje corto: «Estamos en la puerta, hija. Es hora de terminar con este juego».
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